
Acher, entre vientos y cuentos
El músico presentará desde mañana un espectáculo con relatos de toda especie.
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El arquitecto Acher suele darse vacaciones en sus tareas de proyectar y construir edificios sonoros. Primero abandonó la comicidad musical del paradigmático Les Luthiers. Luego se alejó de aquella simpática Banda Elástica que hizo época. Y más tarde se dedicó, desde 1993, a los unipersonales. Finalmente se dejó tentar por la radio para plasmar sus "Rincones de Acher".
Incansable, Acher está poseído por el don del humor. No por el del chiste barato de la televisión. Porque el humor implica ingenio. Y el ingenio es un signo de inteligencia. Y la inteligencia es lo que no pide la TV. Por aquello de "el que piensa, pierde".
Lo cierto es que Acher colgó por un tiempo -nunca se sabrá cuánto- sus instrumentos favoritos: el saxo barítono, el clarinete, el clarón y el trombón, con los que alegró la vida a mucha gente, para internarse en la historieta, la anécdota; esto es: el cuento. Y así empieza por contar: -Me invitó la sociedad italiana de Belgrano, de Moldes 2157, donde hay interesantes propuestas culturales.
-Allí vas a ofrecer tu show...
-Sí. Desde mañana, a las 19.30. Esta vez me convencieron para repetir aquel "Humor, con Acher", que ofrecí desde 1993 en Merlín. Mi espectáculo está un poco aggiornado y puesto al día.
-Así sacás punta a tu veta de comediante...
-Claro. Además resulta divertido porque es un ida y vuelta con el público. Se supone que es una conferencia involuntaria sobre el humor. Como es involuntaria, se torna caótica y delirante. Se mezclan los papeles, se embrolla el discurso y no queda otro recurso que apelar al cuento. La gente se anima y me pide determinados cuentos. Allí surgen sorpresas. Ninguna noche se parece a la otra.
-¿Nada, nada de música?
-No, ni un sonido. Y fijate cómo funcionó. La primera vez tenía previsto actuar sólo dos sábados en Merlín. Y se prolongó por dos años.
-Al margen del costado histriónico ¿por dónde anda la música?
-Tengo cosas muy fuertes. El 3 de septiembre dirijo la Orquesta Sinfónica de Córdoba en el Teatro San Martín. Con sus músicos hice el año último un homenaje a Gershwin, junto a Jorge Navarro y Baby López Fürst. Después lo repetimos durante tres funciones en San Pablo (Brasil). Con la Sinfónica dirijo bromas musicales y hago música clásica, como la obertura de "El murciélago", de Strauss, y algo de Martucci. El año que viene dirigiré otro homenaje a Gershwin con la Filarmónica. También hay conversaciones para llevarla a Los Angeles con la American Jazz Philharmonic, apadrinado por Henry Mancini. Además, en noviembre dirigiré con la Colón Opera Concerto (miembros de la Orquesta Estable), en el Colegio de Escribanos, unos arreglos que escribí para un doble quinteto de vientos sobre obras de Mozart, Piazzolla y Dvorak. El doble quinteto funciona de diversas formas, buscando el mayor colorido tímbrico posible. Este proyecto es muy interesante y trataremos de prolongarlo en el 2000.
Acher no se consagra a la composición, a pesar de que su poema sinfónico Molloy, que estrenó Pedro Ignacio Calderón en 1981 en el Colón, tuvo excelente acogida. El músico prefiere reconstruir edificios sonoros para otorgarles su impronta. Puede tratarse de eufóricas y ocurrentes "Veladas espeluznantes" para orquesta, o sorprendentes hallazgos para tangos como "La última curda". Acher tiene buena formación y mejor información sobre la música de todos los tiempos. Y sabe volcarlas en sus eufóricas invenciones. No es cuento.
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