Adiós a Gino Paoli: el gran creador italiano que le cantó al amor con una bala alojada a centímetros de su corazón
El compositor de temas inmortales y protagonista de una vida tormentosa, murió a los 91 años; sobrevivió en 1963 a un intento de suicidio y compartió sus grandes éxitos con Ornella Vanoni.
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La única gran injusticia que registra el largo y maravilloso romance entre el público argentino y la mejor música popular italiana de las décadas de 1960 y 1970 fue no haber conocido en plenitud a uno de los mejores cantautores de aquella insuperable generación. De Gino Paoli, fallecido en la madrugada del martes en su hogar de Génova a los 91 años, solo perdura en la memoria de quienes disfrutaron todo ese arte entre nosotros un puñado de extraordinarias canciones llevadas al mundo con la voz de Ornella Vanoni, la mujer que marcó buena parte de su vida.
Vanoni fue musa, amiga, amante y compañera de innumerables aventuras musicales del inspirado creador de himnos de la canción italiana como “Senza fine”, “Sapore di sale”, “Il cielo in una stanza”, “Che cosa c’é”, “Domani é un altro giorno”, “Sassi”, “Una lunga storia d’amore”, “Ti lascio una canzone” y muchísimas más. La mayoría perduran en la voz inigualable de Vanoni, que murió el 21 de noviembre pasado, también a los 91 años.
Tanto se parecían el uno al otro que Paoli no soportó quedarse solo mucho tiempo después del adiós de su mejor compañera artística. Así lo cree toda Italia, que hoy llora la pérdida del último de los grandes representantes de una época irrepetible de poesía y música concebida alrededor de giras, pantallas (no debe haber lugar más fértil que Italia para los programas y shows musicales televisados) y sobre todo festivales, con San Remo a la cabeza.
Todo parecía escrito para que Paoli y Vanoni compartieran un mismo destino. Hasta nacieron con apenas horas de diferencia en 1934 (ella, el 22 de septiembre; él, el 23). Cuando se encontraron por primera vez, Paoli atravesaba una crisis matrimonial y Vanoni, la experiencia de haber descubierto el arte y las “canciones de la mala vida” que le regaló su primer mentor, el director Giorgio Strehler. La atracción fue irresistible y el triunfo artístico no tardó en llegar.
Paoli y Vanoni pasaron los siguientes 40 años entre idas y venidas, distanciamientos y reencuentros, y sobre todo un pacto tácito de amistad entrañable que perduró más allá de cualquier moda. La mejor muestra llegó en 2005 con “Noi due, una lunga storia”, un proyecto múltiple (libro, álbum, gira) que incluyó todos los éxitos compartidos sobre el escenario.
El mejor elogio que recibieron, según recordó en estas páginas Fernando López, fue una frase de Maurizio Costanzo, responsable artístico del show con el que recorrieron toda la península. Dijo que no recordaba haber oído a Vanoni y Paoli cantar “Senza fine” dos veces de la misma manera. Lo mismo podría decirse del resto de las grandes canciones del creador que acaba de fallecer. Basta un recorrido por el archivo visual de las presentaciones en distintas épocas que se conservan en Internet para comprobarlo.
Los versos de Paoli y sobre todo su manera de cantar definen una personalidad única. Escribió canciones que aluden sobre todo a la imposibilidad de atrapar para siempre el sueño de un amor capaz de superar al tiempo. Describen hermosos momentos de felicidad junto a sutiles pinceladas del destino siempre doloroso, ingrato y hasta trágico de esas vivencias, frágiles por naturaleza.
El propio cantautor experimentó en carne propia todos esos vaivenes del corazón, con los que llegó hasta el límite. Su primer éxito, “Il cielo in una stanza”, la historia de un amor prohibido, lo encumbró más allá de todo lo imaginable y le cambió la vida. Tuvo que refugiarse en el alcohol para enfrentar un tiempo de cambios vertiginosos y rápida exposición pública.
Esa montaña rusa emocional lo arrastró en 1963 a una decisión extrema. En medio del colosal éxito de “Sapore di sale”, canción que se convirtió en clásico absoluto de la música melódica italiana, intentó suicidarse con un tiro en el corazón. La bala no llegó a atravesarlo, pero tampoco pudo ser extraída por completo de su cuerpo. Esa esquirla quedó por el resto de su vida alojada en el pecho para recordarle el motivo de una decisión arrebatada de la que terminó arrepintiéndose. “Quería saber qué había del otro lado. Fue una idiotez monstruosa. Me desperté en el hospital mientras un cura me daba la extremaunción. Lo mandé a la m….”, recordaría años después.
Cuatro años después, otra célebre figura de la canción italiana, Luigi Tenco, siguió sus pasos y se quitó la vida luego de una frustración artística en el Festival de San Remo que no pudo soportar. Tenco y Paoli, amigos y contemporáneos, fueron los máximos exponentes de la escuela de la canción genovesa (a la que también pertenecieron entre otros Bruno Lauzi y Umberto Bindi) que definió buena parte de la música melódica italiana de los años 60.
Paoli sobrevivió a aquel intento de suicidio, a varios otros excesos (más alcohol, cocaína, el gusto por manejar a altísimas velocidades) y a una tormentosa vida afectiva. En 1964 fue padre dos veces. Tuvo ese año un hijo, Giovanni, con su primera esposa, Anna Fabbri, y otro con Stefania Sandrelli, futura gran estrella del cine italiano, de la que se enamoró cuando ella todavía era menor de edad. De esa unión nació Amanda Sandrelli, hoy una reconocida actriz. Stefania tenía apenas 18 años en ese momento.
No fue ese el único escándalo que lo involucró en medio de la atención mediática de toda Italia, mientras las mujeres más bellas de la península suspiraban por ese ídolo trágico que le cantaba al amor fugaz e imposible. Todavía se habla de aquella mañana en la que encontró a su primera esposa, Anna, y a Ornella Vanoni, sentadas una al lado de la otra en una mecedora aguardando su llegada. “Te toca elegir, o te vas con ella o te quedas conmigo”, dicen que le dijeron las dos mujeres, una después de la otra. La leyenda, que el propio protagonista siempre se esforzó por alimentar, cuenta que Paoli se quedó mudo frente al doble ultimátum, no supo qué responder y salió corriendo.
Luego tuvo otros dos hijos con Paola Penzo, la mujer con la que alcanzó por fin la estabilidad afectiva. “Paola soportó de todo porque en esa época llegué a tener una novia en cada ciudad –reconoció años después el cantautor al Corriere della Sera-. La última que se resignó fue una chica de Turín. Paola la amenazó con un cuchillo”. Con el tiempo fue superando uno a uno todos los excesos a excepción del cigarrillo, que mantuvo hasta el final.
“Parte de mi éxito radica en no haber exprimido del todo la intensidad. Tampoco me gusta plantear respuestas, sino preguntas. No podría ser de otra forma, mi única certeza es la duda”, dijo una vez sobre su estilo en una entrevista con el diario español El País. En el escenario, solo o con alguna ilustre compañía (Vanoni en la mayoría de los casos, pero también Mina o Patty Pravo) siempre se mostraba sereno, ajeno al torbellino de su vida, cantando siempre hacia adentro, con los ojos cerrados, como si guardara para sí las emociones más profundas como la muerte de un hermano, víctima del alcoholismo, y la pérdida el año pasado de su hijo mayor por un infarto.
Seducía con la voz, con su poesía y una imagen completamente ajena al prototipo de la apostura varonil: no era muy alto, lucía una calva prematura y tenía un frondoso bigote que con el tiempo (y las canas) se convertiría en su marca más identificatoria. Nunca quiso escribir canciones “comprometidas” o sobre temas de actualidad, pero fue durante seis años (entre 1987 y 1992) diputado por el Partido Comunista.
Su lugar en el mundo estaba en el escenario. Y allí vivió a lo largo de las últimas décadas varios regresos triunfales, entre ellos una gran aparición final en San Remo 2023. La impresionante vigencia de su arte no sorprendió a nadie. Como escribió Aldo Cazzullo al despedirlo en el Corriere della Sera, las canciones más famosas de Gino Paoli tienen más de 60 años, pero parecen haber sido escritas ayer.
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