
Ivan Noble, de los Caballeros de la Quema.
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Ivan Noble nació a fines de la década del 60 en Ituzaingó, oeste del conurbano bonaerense, barrio de clase media enhebrado por el ferrocarril Sarmiento.
Yo también.
Vivió su infancia junto a su familia en un chalet con parque, a pocas cuadras de la estación del tren. Fue socio del club Gimnasia y Esgrima de Ituzaingó.
Yo también.
Cursó el colegio primario en la Escuela Nº 6 de Ituzaingó. El secundario, en el Nacional Manuel Dorrego, de Morón. Luego se inscribió en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.
Yo también.
En 1989 formó una banda de rock llamada Caballeros de la Quema. Desde entoces editó cuatro discos; vendió más de 100 mil copias de su último álbum; tocó en todo el país; compartió escenarios con las Madres de Plaza de Mayo; mantuvo un breve pero muy promovido romance con (la estrella de tevé) Natalia Oreiro, y hoy es un sex symbol, abonado a la sección "Vidriera" de todas las revistas de actualidad.
Yo no.
No soy amigo de Ivan Noble. Es, simplemente, el tipo del barrio que se hizo famoso.
Conozco a –o mejor: sé de la existencia de– Iván Noble desde que se llamaba Iván Alvarez Noble, vivía a tres cuadras de mi casa y jugaba al tenis en el club del barrio.
La primera pregunta que tengo para hacerle no es si Natalia está buena.
–¿Seguís jugando al tenis?
–No. Desde los 12 años que no toco una raqueta.
Entonces me cuenta que jugaba bien y que, contra su voluntad, era mejor tenista que futbolista. Su futuro deportivo se decidió a los 11, cuando el club River Plate le ofreció incorporarse en su equipo de tenis. "Núñez me quedaba muy lejos y tenía que ir todos los días, así que tuve que optar: tenis o estudio. Y elegí estudiar."
La segunda pregunta tampoco tiene que ver con las curvas de Natalia.
–No me acuerdo de las maestras del primario. De los profesores del secundario sí. ¿Lo tuviste a Aguirre? Uno de los pocos que valía la pena. Sigue, ¿sabés? El otro día me mandó saludos... Me acuerdo de estar estudiando Instrucción Moral y Cívica a los 14 años... ¿Vos te acordás del libro de Angela Luchenio? ¡Nefasto! Mirá vos la educación que hemos tenido.
Noble se cuelga. Yo también.
Le gusta mucho hablar mucho. Habla rápido, como atropellado por las palabras. Habla como escribe, eso sí. Le gusta usar metáforas llanas, a veces futboleras, para describir sus sensaciones. Aunque no lo parezca, piensa muy bien cada término. Su lunfardo suena más natural que en sus can-ciones. Es pícaro; sabe del valor agregado que puede tener cualquier frase si es dicha con el lenguaje preciso. Y puede irse por las ramas tratando de profundizar en aquello que empezó a analizar. Por ejemplo...
–Yo suelo charlar con pendejas de 18 años, y les cuento que cuando yo iba al secundario no podía usar el pelo largo. No lo pueden creer. El quiebre generacional es muy grande. Uno no se da cuenta, pero... Es una generación muy rara la nuestra, ¿no? La de los treinta y pocos no es la generación desaparecida, de los que querían un mundo mejor y hasta se colgaron un fusil, y tampoco es la generación de los pibes de ahora...
–Además atravesamos un momento extraño, el entusiasmo por el fin de la dictadura, la euforia democrática...
–El entusiasmo duró tres años, del 83 al 86. Un polvo. ¡El juicio a las Juntas! Eso es impensable hoy. Yo no militaba, pero había muchos pibes que sí. De ahí salió [Martín] Sabatella, el nuevo intendente de Morón. La vida nos lleva por caminos raros... Pero somos una generación extraña. Ayer iba en el auto con un amigo mío y dos chicas de 21 años. Paramos en el semáforo de la esma, y les pregunté: "¿Saben qué es esto?". "No." Y ojo, no son tontas; son chicas, hermosas niñas y buena gente... Nosotros, en cambio, sabemos muy bien quién fue Galtieri, quiénes fueron Massera, Alfonsín, Menem...
Suena el timbre. Iván vuelve con dos estampitas en la mano. "Cada tanto me enganchan con estas cosas. Prefiero comprarles antes que ponerme a discutir y decirles que eso no sirve para nada." Luego retoma su reflexión generacional, y se ofusca con un tío de pasado de militancia y exilio y presente menemista a bordo del Tango presidencial. La cuestión familiar me permite aclarar una tercera duda. Que tampoco involucra a la uruguaya más famosa.
–¿Qué pasó con tu primer apellido?
–No me lo saqué para disimular mi alcurnia; alcurnia que no tengo, además. No es como creen en [la revista] Los Inrockuptibles, que suponen que me cambié el nombre para que no parezca de la aristocracia bonaerense... ¿Viste que en el colegio siempre te llaman por un solo apellido? Desde entonces quedó. Y en la sala también nos llamamos por el apellido. Siempre fui Noble. Pero algunos especulan con la idea de que me saqué el doble apellido para ser más del palo. ¡El palo en el orto! ¿Y por qué Charly García se ocultó el Moreno? Yo no puedo creer que esas cosas sean materia de discusión.
Tiene razón. En la sala de ensayo, los Caballeros se nombran por los apellidos. Guerra es Pablo, guitarrista stone mezcla de Cucho Decadente y Gabriel Carámbula. Méndez es Martín, también guitarrista, ex compañero de secundaria de Noble y miembro fundacional de la banda. Ellos son los más ruidosos. Patricio Castillo toca el bajo como camina: tranquilo, como ausente. El tecladista Ariel Caldara no lleva hoy su trajinada remera azul de Superman, y nunca se saca la gorrita. Javier Nene Cavo le da a la batería y se ocupa de que, del otro lado del doble vidrio, su mujer y su beba –colorada, redonda, hermosa– lo esperen cómodamente sentadas detrás de la consola de sonido. Y el saxofonista Carlitos Arín se encarga de los chistes. Y hace reír. El catering incluye galletitas dulces, un mate lavado, jugos en cartón y una pipa de caña larga.
Los Caballeros están ensayando canciones nuevas. Algunas no tienen letra; otras están recién escritas. Cuando Iván no lee sus versos, sanatea. Y todos tocan. Todavía no hay solos ni partes definidas. Durante el verano, los siete músicos se internarán en una quinta para darles las puntadas finales a los temas de su quinto álbum de estudio. Aún no saben dónde grabarán, pero sí saben que eso ocurrirá en marzo del 2000, en coincidencia con el nacimiento del primer hijo de Martín Méndez.
Ivan Noble: Por ahora estamos tocando las estructuras de las canciones. Todavía no están los arreglos, no tienen introducción ni final... Ese es un laburo que hacemos con Afo [Verde, productor y director artístico de bmg]: la orquestación, la forma de los temas...
Martin Mendez: Cuando memorizás la armonía, te inventás nuevos caminos para llegar a los mismos lugares, y así empezás a buscar sensaciones secundarias a la canción, más allá de la letra o el ritmo. Pero como somos siete, se necesita un árbitro. Ahí aparece el productor.
–Por lo que pude escuchar, en los nuevos temas optaron por profundizar aún más en el formato tradicional de estrofa/estribillo. No parecen preocupados por estructuras complejas.
Ivan: Ojalá que sea así; ojalá que no haya demasiados atajos, ni manos y contramanos para terminar una canción. Que salgan redondas. Yo voy por el concepto canción a full, me interesa eso. Me niego a pensar que la canción es un género menor. Al contrario, es muy difícil hacer canciones. Me parece que tipos como Leonard Cohen, Lou Reed, Bob Dylan, Lennon, McCartney, se acercan mucho a un tipo de belleza muy especial con el concepto canción. Es cuestión de gustos. Hay otras músicas que son enormes en cuanto a recursos técnicos, pero yo, la verdad, prefiero seguir escuchando a Tom Petty antes que a Keith Jarrett. No tiene que ver con la complejidad de la música, porque también disfruto a [Astor] Piazzolla y es un quilombo tocarlo. Pero para mí no hay con qué darle al tipo que escribe canciones con una linda melodía, una buena armonía, una buena letra y una buena orquestación. Me gusta. En estos años, en nuestra banda hemos aprendido a valorar eso. "Loco, nos gustan las canciones." ¡Bob Marley! La verdad es que yo, a los 31, ya me saqué casi todos esos prejuicios de encima. Y me ayudó mucho leer a algunos escritores, poetas. No sé: Octavio Paz. ¿Acaso un poeta no va escribir la palabra amor en su poema si quiere decir eso? Para no decir eso, ¿qué vas a escribir?
–Y siguen fieles a la idea de contar historias de calle.
Ivan: Nunca fue una decisión estudiada. Y tampoco excluye la posibilidad de la ficción; la ficción de contar una historia que no te ocurrió. Pero si uno no habla como es, ni toca como es, no sé a qué se termina pareciendo. A mí me gusta mucho que los discos se parezcan a nosotros. Prefiero eso antes que a esa escuela de músicos que tocan rock y que dicen que no quieren que sus canciones sean como el periódico; me parece una torpeza enorme decir eso. Si lo cotidiano no formara parte del arte, no hubieran existido Van Gogh, ni el neorrealismo italiano, ni Galeano, ni Bukowski. Creer que el vuelo poético no tiene absolutamente nada que ver con el tiroteo de la esquina me parece una visión enana de las cosas...
El ensayo se termina. Después de algunos autógrafos ("Para Natalia", pide una chica; "Depende: ¿Natalia qué?", sonríe Iván) y una amigable conversación con las putas dominicanas que paran en la esquina de la sala, la banda parte caminando hacia la estación de Flores. El tren los llevará hasta Ituzaingó, donde está la canchita de ocho en la que los Caballeros juegan a la pelota –¡hay equipo, con Adidas como sponsor y todo!– y sacuden un poco sus huesos de rockers. Pero Iván no sólo patea al arco. También va al gimnasio.
–¿Estás haciendo fierros?
–Voy una vez por semana a correr en la cinta y a bajar la panza. Hago un poquito de fierros, pero no para sacar lomo. Ni en pedo. El equilibrio. Quiero cuidar el cuerpo un rato.
–La imagen es importante, también.
–Un tipo que canta en una banda de rock está loco si cree que su imagen no influye en el todo. La imagen puede ser cualquiera: el más lindo de la cuadra o el más feo. Tom Waits es un antihéroe, pero también edifica una imagen de eso. La diferencia es que en otros géneros musicales si no hay una imagen no hay nada. La pata fundamental del laburo de esos tipos es la imagen, no las canciones. Y acá creo que es al revés. Si las minas vienen al show y les gusta ver al que está arriba, que vengan. Pero no creo que la quintaesencia de la banda sea la imagen. Y la verdad, tampoco creo que tengamos el porte de los Chili Peppers.
–Pero si no querés tener panza, ¿cuál es el problema de ir a un gimnasio?
–Claro. Concretamente: no quiero tener panza. Después de los 30 años, si no quiero tener panza, tengo que moverla. Si vos decidís tenerla, me parece perfecto. Hay gente que dice: "Voy a tener panza, voy a ser Marlon Brando". Bárbaro. Pero después de un tiempo uno empieza a tomar conciencia de la salud. ¿Hasta cuándo voy a cantar? ¿Podré cantar hasta los 60? ¿Tendré voz, no tendré voz? De verdad: yo no quiero morirme a los 35. Ese mito del rock que propone vivir rápido, morir joven y dejar un cadáver elegante, metételo en el orto.
Iván está construyendo una casa nueva con jardín y pileta en Parque Leloir, un barrio arbolado, de casas quintas y calles sin asfaltar, ubicado detrás de Ituzaingó. Mientras la termina, vive solo en su dos ambientes pequeños, cocina y patio, en Castelar, a treinta cuadras del hogar paterno. La suya es la "casita del fondo", y se llega luego de atravesar un pasillo. Enredadera, pajaritos, plantas, una manguera. En el comedorcito, sobre la mesa de madera, está el pasacasete del auto, un teléfono celular verde y dos libros: Cruzando el Paraíso, de Sam Shepard, y Canciones y poemas, de Leonard Cohen. Un par de sillas y tres puertas: el baño; el living (alfombra, almohadones y un mesa-bar apenas provista de whisky y vino tinto); y "el matadero". Así llama Iván a su dormitorio. Suena Tom Petty de fondo.
Son las dos de la tarde y Noble no almorzó. La heladera vieja sólo ofrece cuatro milanesas de soja. Vamos de compras: agua, jugo de naranja y salsa en lata en el supermercado; el Clarín en el kiosco de la esquina. En la tapa, la foto de Charly García saliendo de la comisaría de... Ituzaingó.
Kiosquero: Qué cosa, Charly, eh. Parece que venía seguido por acá a buscar a la piba...
Ivan: Anoche lo vi a Charly, en un bar...
Kiosquero: ¿Y? ¿Qué tal? ¿Tipo raro, no?
Ivan: Y, sí... ¿Sabés que lo llevaron al hospital de mi viejo para hacerle los análisis?
Kiosquero: ¡No me digas!
Ivan: Sí. Dice mi viejo que tenía una mugre como de cinco días...
El padre de Noble es el director del hospital público de Ituzaingó. Su madre es psicóloga social. Iván estudió Sociología pero no se recibió: hace siete años que debe cuatro materias. Se dedicó a componer canciones y cantar en los Caballeros de la Quema, pero despunta su vocación analizando, opinando, debatiendo acerca del rock. Hasta se lo puede leer en el sitio que la banda tiene en Internet (caballerosdelaquema.com.ar); allí Iván polemiza y responde a quienes lo acusan de hacer "temitas de amor" para la fm 100. En los últimos años ha reflexionado mucho en público acerca de los límites que impone el rock, el "fundamentalismo" de muchos fans y la relación de la música con la industria cultural.
–Es que siempre me gustó reflexionar sobre el rock. Como charlatán de feria, pero me parece que está bueno pensar el rock. Generalmente no se llega a ninguna conclusión, pero es como pensarse uno. En mi caso, es ponerme a pensar qué carajo estoy haciendo en mi vida. Nos pienso como laburantes del rock, aunque "laburante" suena a proletario y esto no tiene nada de proletario. Somos tipos que tienen una banda. Y hoy es jodido tener una banda de rock: si te va mal, es jodidísimo. ¿Cuántas bandas buenísimas se tienen que desarmar porque al fin y al cabo el baterista tiene que trabajar en la empresa del padre? Los tipos que te llevan en el taxi y te dicen: "Uh, sabés que yo tenía una banda, pero, viste, con los pendejos...". Son historias muy grises, pero también son elecciones. Yo creo que, para fracasar, primero hay que fracasar en lo que te gusta. Primero mirále la cara al fracaso con lo que te gusta; no pegues el volantazo en la mitad por las dudas para poner un kiosco. Nosotros sacamos la sortija este año, pero hace ocho que estamos dando vueltas en la calesita. Tocábamos, sacábamos discos, a veces ganábamos guita, pero cada vez que tirábamos la mano, la sortija decía "ooóle". Pero tampoco es sencillo pensarse como una banda de rock a la que le va bien. "A mí con este gobierno me va bien…"
–Suena a culpa.
–No tengo ganas de que sea así. Pero se instala un estado de sospecha porque te va bien... Es una relación muy complicada la que se arma con los fans. Es verdad que son parecidos a vos, aunque tengan doce o trece años menos… Pero también es verdad que no se te parecen mucho, porque vos tenés la suerte de dedicarte a lo que te gusta y que te vaya bien, mientras que a la mayoría de los que van a verte no les va bien. Entonces tu vida no se parece mucho a la suya. Hoy fui al banco de Ituzaingó a pagar un impuesto. Dejé el auto estacionado cerca de los colegios secundarios, y cuando salí del banco a buscar el auto todos pibes salían de las escuelas. Un quilombo de pendejos. Algunos me reconocieron y empezaron con los autógrafos, pero había algunos que me miraban, miraban el Corsa, y ponían cara de "Eh, ahora tenés auto...". Y pensé: "Pendejo de mierda: ¿desde cuándo tengo que darte explicaciones sobre cómo me compré el auto? ¿Desde cuándo tengo que pedirte perdón porque la minita a la que vos corrés en todos los recreos viene a pedirme un autógrafo?". Pero también lo entiendo, porque el pibe pensará: "Este hijo de puta...". Tendrá cierto rencor...
–Cuando te referís a tu banda, decís que son músicos entre comillas. ¿También sentís culpa por eso?
–Creo que, a nuestra manera, somos músicos. Nos dedicamos a la música, somos artesanos de eso que se llama música, por más que nuestra plastilina sean pocos acordes. Lo que pasa es que si yo me siento a una mesa con [Horacio] Salgán, me va a dar no sé qué decir: "Hola, qué tal, yo soy colega suyo, soy músico como usted". Algunos chicos de la banda sí son músicos, pero yo escribo canciones, y a algunas les pongo acordes. Soy absolutamente consciente de que mis recursos son muy limitados, pero también sé que con siete acordes la combinación es infinita, y que se pueden hacer entre diez y veinte canciones hermosas. Bueno: las estoy buscando. Cuando las tenga, me daré por hecho.
–¿Creés que ya tenés alguna?
–Sí. Tengo un par...
Noble siente que ha evolucionado como cantante. "Antes era un vikingo, directamente", reconoce. Su estilo al cantar, áspero, aguerrido, grave, lo tomó de Tom Waits. Dice que empezó a cantar sabiendo que no sabía cantar, pero que artistas como Waits, Lou Reed y Bruce Springsteen lo animaron. "Me pareció que, pese a no ser un dotado técnicamente, podía sostener desde la emoción las letras que escribía." Pero queda claro que no se conforma con el rock. "Yo empecé a cantar rock porque era la música que escuchaba", dice. "Además, el rock te da un changüí de desprolijidad y roña que otros géneros no te ofrecen." Sin embargo, de a poco, se va colando en terrenos ajenos. Escribió letras de tango para Gabriela Torres, cantó folklore con Liliana Herrero, y compartió tablas con su admirado Joaquín Sabina. No amenaza aún con una carrera solista, pero tampoco la descarta. "A mí me fascina el tango, pero sé que no puedo ser cantante de tango. Eso no significa que no pueda cantar tango. Es decir: no voy a poder ser cantante de tango, pero quizá pueda ser un cantautor que interpreta sus tangos. Si quisiera ser como Frank Sinatra, tengo malas noticias para mí. Nunca voy a poder cantar así. Nunca voy a ser cantante en el sentido más estricto de la palabra."
En la última fila de la platea del Opera se ubica una pareja veinteañera, puro barrio, típicamente stone. El: gordo, pelo largo, brazos como los de Maradona, vaso de cerveza, siempre fumando. Ella: carterita de hilo, jeans ajustados, musculosa, flequillo y melena. En cada uno de los silencios entre tema y tema, el pibe, siempre de pie, putea: "¡Dale, puto, pelá!". Cuando empieza cada canción, salta y desafina a los gritos. Desde el escenario, Iván le advierte al público: "Lo único que tiene una banda de rock para darles a ustedes son canciones". El gordo salta de su asiento y grita, enfurecido: "¡No! ¡No! ¡Huevos!". Está enojado. Pero cuando arranca "Primavera negra", vuelve a saltar y a cantar. Ahora Iván anuncia "Avanti morocha". El gordo, ya en el pasillo de la platea, levanta sus brazos y baja los pulgares. Su novia menea el culo delante de él, pero no hay caso: el gordo no baila. Hasta que llega "Oxidado" y el gordo inicia el pogo más violento del concierto.
Los verdaderos fans de los Caballeros de la Quema –chicas y chicos– son una hinchada de fútbol. Llevan trapos, agitan las remeras y cantan: "Ponga huevo, Caballeros,/ ponga huevo y corazón/ que esta hinchada se merece/ se merece rocanrol". Excepto los del gordo de la última fila, esta vez no hubo abucheo ni silbidos para "Avanti morocha". Tampoco ovación. El hit de La paciencia de la araña; el que puso a los Caballeros en las radios de todo el país y logró ese crossover necesario para que una banda de rock trascienda el gueto de su público natural y acceda a la masividad y a los Discos de Platino, hoy es una canción más del repertorio del grupo. La tormenta pasó.
El Opera es una fiesta de mil quinientas personas subidas a sus asientos. Sobre el escenario, la banda suena firme cuando levanta temperatura con sus funks más potentes. Los lentos y hasta los talk blues sangrientos son de lo mejor; los reggaes no se lucen tanto. Con "Rajá rata", los Caballeros no dejan dudas: así debe sonar una banda de rock.
El cd doble Caballeros de la Quema en vivo/Obras es fiel testimonio del desempeño de la banda en escena: contiene todas las canciones que el grupo interpretó en su show del 12 de junio de este año en el estadio de Núñez. Según cuenta Pablo Guerra, no estaba prevista la edición de un álbum doble, "pero a Afo le gustó tanto, que salió así". Allí están, en versiones afiebradas, 26 de las 54 canciones que el grupo grabó en sus cuatro discos. Se trata de un material para fanáticos y coleccionistas, ya que sólo fueron editadas unas 20 mil copias. La idea, claro, es no "embarrarle la cancha" –como dice Iván– al disco de canciones nuevas, que saldrá en mayo del 2000.
Debe ser la decimocuarta vez que Iván y Martín Méndez dicen que el viernes 12 de noviembre tocan con su grupo en el teatro Opera, Corrientes al 800 y todo eso. Las ruedas de prensa son así: durante cinco horas, los artistas se someten a preguntas de compromiso, se sacan fotos y anuncian sus actividades inmediatas. Ahora, la pareja responde acerca de los shorcitos desflecados que Iván suele usar en los shows, y hasta se divierten recordando aquel concierto en el que Noble levantó demasiado una pierna, el breve pantaloncito se rompió por lo más delgado y el short se transformó en minifalda. En este caso, Iván y Martín están en la terraza del Hard Rock Café de Buenos Aires, frente a una jovencita petisa y oxigenada que, micrófono en mano, sonríe después de cada pregunta. Y se muestra rendida ante la presencia de Iván.
No es chiste. El tipo es un seductor. Le gustan las mujeres y le gusta que las mujeres gusten de él. Tiene cierta predilección por las jóvenes –"las de 30 traen la mochila demasiado cargada", se excusa– y por ahora no tiene ningún interés en formalizar. Entre las famosas, hoy los medios le adjudican un idilio con Anabel Cherubito, española pequeña de curvas grandes que suele trabajar en tevé. Entre las no famosas, quién sabe.
Siempre dice que armó una banda de rock con el objetivo de levantar chicas, y ahora que las cosas se han facilitado, aprovecha. Los medios encontraron en él a un galán desprolijo y rebelde, con perfil de perdedor y fama de ganador. Y así suele aparecer. "«Sólo soy fiel a mi deseo»: Iván Noble habla del amor y las mujeres", dice un titular de la revista Caras. "El autor de «Avanti morocha» tiene 31 años, vive solo en Castelar y dice que su estado civil es «merodeador permamente»", dice la contratapa del suplemento "Mujer" del diario Clarín. El ya no se soprende al verse allí, pero suele enojarse cuando le inventan declaraciones, y hasta analiza la posibilidad de hacer juicios. Su última rabieta la generó Caras, que tomó algunas declaraciones suyas en una conferencia de prensa, reprodujo fotos de archivo y armó una nota que, dice Iván, nunca concedió.
Muy distinto fue hace un año, cuando el entonces "nuevo novio" de Natalia Oreiro fue la noticia de la semana.
–Yo pensaba: "¿Cómo carajo salgo a la calle?". El termómetro era el contestador de mi casa. Llamaban minas para insultarme: "¡Cómo estás con esa puta!". Minas que no sé quiénes eran, anónimas. Y también algunas ex novias. Me acuerdo de que una noche me llamó nuestro manager y me dijo: "Agarráte. Mañana sale esto", y me empezó a leer una nota por teléfono. Y yo: "¡La concha de la lora! ¿Y hay una foto mía?". "Hay una foto tuya de una página." Abrías la Gente y estaba yo, de remera negra, mirando a cámara, en una foto que había hecho para una producción de El Gráfico sobre rock y fútbol, pero esta vez más grande. Y en la página de al lado estaba Echarri [Pablo, actual pareja de Oreiro], de negro, mirando a cámara, en la misma posición. Y decía: "Parecidos, pero distintos" (risas). Durante todo el fin de semana del Día de la Madre del año pasado hubo dos autos en la puerta de casa esperando que yo saliera. Y yo salí, solo. Fui a charlar con los tipos. Les dije: "Muchachos, es el Día de la Madre. ¿No tienen ganas de estar con sus viejas, sus hijos..?". Y los tipos me dijeron: "¿Y vos te pensás que no tengo ganas de eso, flaco?". Está bien, es su trabajo, no sé qué onda, pero la obediencia debida a gente sin alma...
Iván se enoja y se ríe. Se enoja con los fotógrafos que ofrecían 500 dólares por una foto suya con cualquier chica, y se ríe al recordar el día que un barrabrava de Morón lo saludó con un "Bien, Noble: el Oeste merecía comerse ese bomboncito".
–La monada lo tomó como una victoria personal. Ahí empecé a entender que con los pibes iba a estar todo bien.
–Desde entonces sos un personaje de la farándula.
–Y... Para esas revistas soy un personaje. Pero, la verdad, no sé por qué no me sacan de ahí. Un día encaré a unos fotógrafos y les dije: "Muchachos, ya no estoy más con Natalia. Ya está". Y me dijeron: "No, ahora el personaje sos vos". Fue como un bautismo.
–Ahora tomás ciertas precauciones. En la rueda de prensa le advertiste a un periodista que no querías hablar de cuestiones personales.
–Sí, más bien; por eso el pibe no preguntó. No quiero responder a esos medios que quieren saber "¿Con quién estás saliendo?". O dan vueltas: "¿Y hasta cuándo vas a ser soltero? ¿Nunca estuviste enamorado? ¿Cuándo? ¿Hace un año?".
Más risas.
–Algunos pensaron que, como los Caballeros y Natalia Oreiro pertenecen a bmg, todo podría haber sido una jugada de marketing.
–Sí, ya sé que hay gente que pensó eso. Pero yo soy el primero que sabe que no (risas). Salir en el programa de Lucho Avilés, en Gente, es una movida riesgosa. No sé si fue taaan beneficioso. Si a mí me lo propusieran...
–Y el éxito de "Avanti morocha" coincidió con el romance...
–No, fue después. El quilombo fue en octubre, y "Avanti morocha" empezó a sonar en febrero. Pasaron cinco meses. La verdad es que si yo hubiera empezado a salir con Natalia y a la semana hubiéramos vendido 100 mil discos, habría dicho "¡A la mierda!". Pero no fue así ni en pedo. ¡Lo que disparó el disco fue la canción, man! Así de corta. Lo otro sirvió sólo para que la señora que vive en frente de mi casa, que antes no me prestaba el canasto de la basura, ahora me diga "Si lo necesitás, poné tu bolsa acá". El vecino de al lado, que antes me miraba con cara de orto, desde que vio salir a la quía de acá, me cuida el auto, me saluda. Pero ninguno de ellos fue a gastarse 22 mangos para ver cómo canta el novio de Natalia Oreiro. Mi palabra no tiene ningún tipo de objetividad, pero yo sé que no fue una movida de prensa sino otra cosa.
–Una movida personal...
–Claro, fue un "¿Se conocen?" y tac, tac. Eso fue. Como la mina canta, y el productor de su disco es el mismo que el del nuestro, y un día jodiendo me dijo "Te la voy a presentar", y yo "Bueno, sí, claro...". Hasta que un día me la presentó y ¡bingo!
Subo al auto con Iván. Vamos hacia la sala de ensayo. Pone un casete con un mezcladito de Dire Straits. Dice que admira a Rod Stewart. Que le gustan el hit de Sugar Ray y "The Way", de Fastball. Que no entiende cuando lo acusan de "políticamente correcto". Descubro que maneja mal. Dice que apenas si toca la guitarra. Comentamos algo acerca de las diferencias entre los jumpers y los guardapolvos. Me cuenta que se negó a protagonizar una publicidad del Banco Provincia y que, por estar de gira, se perdió de hacer de camionero en la serie Gasoleros.
Al final no le pregunté si Natalia está buena.




