
“Al Sol lo vemos como era hace 8 minutos”
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¿Qué pasaría si uno de los átomos que integran nuestro cuerpo hablara y contara su historia? José Emilio Salgado se formuló la pregunta una tarde, en el nuevo Planetario Hayden, en Nueva York, cuando un visitante le pidió ayuda para encontrar, entre la enorme cantidad de globos que colgaban representando el universo, el Sol y la Tierra. "Al señalárselos, le propuse verlos como lo que son: dos partículas perdidas en el cosmos. Una amarilla y brillante, el Sol, y otra azul, más pequeña y pálida, la Tierra. De ese contraste, entre lo infinitamente grande y lo increíblemente pequeño, surgió la novela", sonríe el autor de Calcio, biografía de un átomo.
Salgado es ingeniero químico y en 1962, a los 33 años, comenzó a enseñar en las facultades de Ingeniería y de Ciencias Exactas. Su carrera como profesor universitario duró poco, en 1966 fue una de las víctimas de la Noche de los Bastones Largos. Se integró a la industria y terminó fundando su propia empresa, una fábrica de paneles solares para producir electricidad. Comprometida, actualmente, con un proyecto ambicioso: iluminar las escuelas del país que carecen de energía eléctrica.
–¿Por qué Calcio ?
–Porque es uno de los átomos más conocidos, forma parte de sustancias muy comunes en la naturaleza. Entre otras, el fosfato de calcio, un importante componente de nuestros huesos. Pero el tomar al átomo como protagonista nos permite incursionar en otros temas apasionantes. Por ejemplo, el hecho de que en la composición de nuestro cuerpo nuestros átomos no son los mismos luego de un año. Seguimos siendo nosotros, pero nuestros átomos no. Al mismo tiempo, antes de formar parte de nosotros esos átomos fueron parte de una roca, un pájaro, una flor. La naturaleza es un intercambio constante.
–¿Y lo infinitamente grande, el universo?
–El panorama del cielo es como un conjunto de viejas fotografías, cada una tomada en tiempos distintos, como en un gran collage. Cuando miramos el firmamento estamos observando una historia del universo, viajando en una máquina del tiempo. Al Sol lo vemos como era hace 8 minutos, el tiempo que su luz tarda en llegar a la Tierra; a Júpiter como era hace 43 minutos; a Sirio, la estrella más brillante, como fue hace 8 años. Y una de las galaxias más lejanas, compuesta por más de 100.000 millones de estrellas, nos muestra la figura que tenía dos millones de años atrás. Cuando esa imagen inició el viaje por el espacio todavía no existían los seres humanos sobre la Tierra. La visión del cielo es como una foto trucada en la que aparecería mi nieto parado al lado mío, pero yo con pantalones cortos y su misma edad en una fotografía tomada en mi infancia.
–¿Cree que hay vida en otros planetas?
–Hay un gran sistema de antenas poderosas en distintas partes del planeta barriendo el cielo y buscando indicios de vida. Es el proyecto SETI (Search for Extra Terrestrial Intelligence, o Búsqueda de Inteligencia Extraterrestre), uno de los objetivos de la astrobiología, una de mis materias preferidas, pero la comunicación sería algo muy difícil. Porque supongamos que un día recibimos señales de un planeta habitado que está a 100 años luz de la Tierra; que no es mucho. Bien, nuestra respuesta demoraría 100 años luz en llegar al planeta y su contestación, otros 100 años luz. Es decir, la iniciación del diálogo son 200 años luz. Recuerde que la luz se desplaza a una velocidad cercana a los 300.000 kilómetros por segundo, en consecuencia, la distancia año luz es equivalente a 10 billones, 10 millones de millones, de kilómetros. Ejemplos, la Vía Láctea, nuestra galaxia, formada por 100.000 millones de estrellas, tiene 100.000 años luz de diámetro. Cuando discuto estos temas suelo hacer un chiste.
–¿Cuál?
–¿Qué ocurriría si al cabo de 200 años luz recibimos un pedido que dice: No entendí bien, por favor, ¿podría repetir el mensaje?
–Muy bueno. ¿Algo que le haya sorprendido como científico?
–Siempre me llamó la atención una frase de José Saramago: El caos es un orden por resolver. Recuerdo una vez que estaba en Pinamar mirando cómo el viento jugaba con el follaje de un árbol. Le comenté a un amigo que todo ese caos no era algo azaroso, que estaba predeterminado. "¡Dejá de embromar!", me respondió. "¿De dónde viene el viento?", pregunté. "Del Sur", contestó. Y yo le dije: "Entonces, ¿hacia qué dirección se mueven las ramas? Al Norte, no podrían ir al Sur. Y si seguimos, tomando cada rama y calculando su flexibilidad y otros datos, terminaremos por predeterminar los movimientos del follaje".
–¿Qué le pareció?
–Me siguió mirando con cara incrédula. Intenté otra demostración con algo que también veíamos desde la terraza donde estaba nuestro observatorio, una enorme bandera con publicidad. Y le dije: "Si pusiéramos sensores en la bandera, tendríamos una información que nos permitiría predecir todos sus movimientos en una pantalla de PC". Tuvo que comenzar a darme la razón. La bandera aparecía como algo más simple, menos caótico. No quise recordarle que el movimiento de las olas del mar también está predeterminado porque me pareció mucho para un solo día (ríe). Hay un dicho que sostiene que mueve las alas una mariposa en California y llueve en los Himalaya. Es científicamente cierto.
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