
Durante todo este año su hotel se convirtió en un epicentro rockero en ebullición de celebridades. Pero él prosigue en su ambiciosa obra y, lejos de las frivolidades, dice trabajar para el reconocimiento en el futuro.
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A simple vista, hay contraste: entre ese aspecto de fiesta excesiva y lujuriosa que tienen las noches en el Faena Hotel+Universe (así se llama realmente) y el look sobrio de las salas con diseño norteamericano y empleadas coquetas, plenas de arquitectos y planos, donde el presidente del Faena Group –el propio Alan, obvio– tiene su centro de operaciones. Digamos que es como ir de la atmósfera de las veladas secretas del film Ojos bien cerrados (Stanley Kubrick, 2002) a los despachos de cualquier película sobre Wall Street. Como suele ocurrir, en uno y otro escenario pueden desfilar los mismos personajes: empresarios internacionales de una glamorosa esfera de los negocios.
Pero el contraste, dijimos, es a simple vista. El punto de contacto entre ambos mundos es, justamente, el hacedor de este delirio llamado Faena Art District. Como primera aproximación vale un dato nada superfluo: se viste igual, de impecable blanco y sombrero texano, no importa el ámbito en el que esté, las noches de las fiestas repletas de invitados talentosos o célebres y los días de negocios millonarios y arquitectos y empresarios no menos talentosos ni célebres. El, valga la explicación, es él.
Puedo arriesgar hipótesis, por ejemplo, sobre su sombrero. Remite a la idea del maverick, una tradición de los campos de Texas (de donde son originarios algunos de sus principales socios-inversores): se trata de pioneros, conquistadores, que abrazaron una tarea (la de la ganadería organizada) allí donde ningún otro había entendido verdadera y profundamente ese negocio. Pero imagino que a Faena no debe tentarlo esa comparación. Quizás algo más, por ejemplo, la de Dardo Rocha, un masón visionario quien hacia 1880 plantó el diseño urbano de la ciudad de La Plata, famosa por sus diagonales. En rigor, quizá tampoco esa comparación le agrade. Cuando él habla de la faraónica (esa metáfora debe hacerle más gracia) tarea que emprende, además de hablar siempre de “nosotros”, tiene su propio universo de referencia: el de las grandes exhibiciones internacionales que se hacían a finales del siglo XIX y en el que cada gran ciudad –París, Londres– se plantaba ante el resto del mundo desarrollado de esos días mostrando sus potencialidades futuristas. Exposiciones monumentales que mezclaban el arte, la tecnología y la ciencia de la época. Es más: si nos dejamos ubicar por su discurso expansivo, ambicioso, entusiasta, dan ganas de ponerlo en la tapa de este anuario como Artista, como Hacedor, como Creador. Su obra, compleja, difusa, no es menos que el diseño, la puesta en marcha y la ejecución minuciosa de un barrio al que, nada menos, le puso su nombre, acaso por exceso de divismo, acaso para demostrarles a inversores hasta qué punto él está metido en el proyecto.
Son ocho largas cuadras de Puerto Madero a las que él llegó en el año 2000, cuando apenas había silos destruidos en la margen del río. Imaginó esas calles reconvertidas en una ciudadela híper moderna, construida por los mejores arquitectos, equipada con la más alta tecnología, ambientada por los artistas más renombrados de la nueva generación, en la que puedan generarse experiencias vitales de una naturaleza diferente (ya como huésped de hotel, propietario de viviendas en los edificios que construye o como simple transeúnte), curado –todo– por él mismo. A eso, detalle más, detalle menos, se refiere él cuando habla de La Visión.
“Queremos mostrarle nuestra ciudad, nuestro barrio al mundo. Nosotros somos curadores de toda una tarea. La obra total implica manejar los egos de muchos talentos y ponerlos al servicio de esa Visión que nosotros tenemos. Nombres de arquitectos como Philippe Starck y Norman Foster a quienes hacemos interpretar nuestra filosofía y los ponemos al servicio del proyecto. Y también involucramos a artistas locales que suman su talento y diseñan veredas y aportan obras; y a marcas de las que forman parte las mentes creativas de la época, que nos ayudan a completar las experiencias con aportes tecnológicos como áreas gíreles y pantallas de la mejor calidad en los espacios públicos, como tienen Tokyo o Nueva York.”
El caso, indudablemente, se presenta complejo para el análisis cultural. El que habla es un mortal que apenas una década atrás tenía una marca de ropa (Via Vai) y hoy ocupa un lugar protagónico en esta faena, cuya definición excede claramente el marco artístico pero también lo incluye. Repasemos: solamente en 2005, su hotel, además de ganarse un lugar en el mapa del turismo internacional, tuvo en sus pequeños y exclusivos escenarios no sólo a algunos de los nombres más salientes del rock local (Charly García –un abonado–, Spinetta, Cerati, Fito Páez), sino también a figuras internacionales del jazz, la electrónica y la bossa nova, y shows propios como el cabaret de El Rebenque. Además, el ámbito del l.e.a., el Laboratorio de Experimentación Artística que dirige la curadora Ximena Caminos, se plantea como una propuesta que no sólo pone en crisis (aun más) el circuito de distribución de arte, sino que también altera los roles de artista, curador y sponsors trabando relaciones tan complejas como acordes con la época.
Para la tarea reclutan a nombres que figuran entre los más destacados de los artistas jóvenes de la última década: Pablo Siquier (está desarrollando veredas que serán adaptaciones de sus obras en un espacio público), Nahuel Vecino (está trabajando en unos vitraux para uno de los edificios, también visibles desde la calle), el Grupo Mondongo y Emiliano Miliyo. En eso de administrar egos ajenos y ponerlos al servicio de la Gran Obra, Faena insiste en un ejemplo que también es una filosofía: “No es que le rechacé siete veces el proyecto a Starck. Fue el tiempo que tardamos en que él entendiera cuál era la idea que queríamos dejar; queríamos que interpretara con su talento la Buenos Aires de otros tiempos”. Aclaración, acaso innecesaria: Starck es uno de los grandes nombres del diseño contemporáneo. “El mejor ejemplo es El Molino, un edificio de 1902 que parecía un Machu Picchu de juncos. Es una referencia de cómo se veía esta ciudad a comienzos del siglo pasado y de lo que somos capaces de hacer en este siglo”, sigue Faena. Y remata Caminos: “En esa época le dábamos de comer harina al mundo, ahora le daremos otra cosa”.
Los proyectos artísticos del l.e.a. prometen, cuanto menos, el sólido vínculo de artistas y patrocinadores con un centro de experimentación donde, explica Caminos, reconociendo cierta influencia del ámbito experimental del Centro Cultural Recoleta de otros tiempos, “los artistas podrán trabajar sin las presiones comerciales”. Habrá una especie de centro cultural, se entusiasman, y grandes exhibiciones. “Queremos que entren en el calendario mundial”.
El escepticismo de aquellos que se preguntan por el origen de los fondos que solventaron los emprendimientos sobre terrenos que ya duplicaron su valor y que ahora se venden a precios y velocidad excepcionales, las desconfianzas por la sola apariencia de Alan Faena o por los prejuicios sobre su fama mediática (¡este año llegó a aparecer en tapas de revistas como el padre del hijo de Leticia Brédice!), más las casi deliberadas confusiones sobre su sexualidad y los enigmas de su estampa calva y prolija, todos pueden estar de algún modo justificados. Pero también están, concretamente, las obras, ésas que todavía sorprenden a las familias que salen a tomar sol a la Reserva Ecológica de Puerto Madero.
“Lo primero que me diferencia de los desarrolladores inmobiliarios es que yo no tengo como único afán el dinero. Claro que también somos excelentes administradores de dinero, pero eso no es lo que nos mueve. Nos mueve construir un legado para el Tricentenario de la ciudad de Buenos Aires y el respeto intelectual de las generaciones que nos sigan, cuando nosotros ya no estamos acá y vean sólo nuestra tarea.”




