Alberto Rojo: "Mi música se nutre de lo que pienso como científico"
El músico y físico tucumano, que vive en los Estados Unidos y admira a Borges y Eduardo Falú, regresa para tocar en el Viejo Mercado
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Alberto Rojo es músico y es físico. Nació en Tucumán y da clases en la Universidad de Oakland (Estados Unidos). Escribe sobre la física cuántica y compone obras que cantaron Mercedes Sosa y Pedro Aznar. Su vida transcurre en mundos paralelos: entre la teoría de las cuerdas y el estudio de la zamba; entre Borges y Eduardo Falú; entre la pintura con acuarelas y la escritura. Alberto Rojo podría estar en este momento dando clases en Michigan, donde vive actualmente, o visitando a su familia en Tucumán, como en navidad, pero está sentado en el Bar Roma del Abasto, atendido por un mozo asturiano que tiene un delantal azul como el que llevan los profesores de química en la secundaria. Alberto Rojo mira por el gran ventanal y pinta en su cuaderno. De la otra mesa le llegan conversaciones de viejos inmigrantes españoles que escaparon de la Guerra Civil. Parece un pasajero en tránsito en su propio país. Algo extrañado, algo maravillado por las cosas cotidianas de este bar: el estaño, la heladera con mesada, el retrato de San Martín impregnado de humedad.
Su segundo disco, Para mi sombra (2003), producido por Pedro Aznar y con la participación de Charly García, en el que interpretaba temas propias, también produjo un extraño asombro en el medio. Después de tomar distancia de los escenarios locales, el músico toca hoy y el próximo jueves, a las 21, con su nuevo trío, en el Teatro del Viejo Mercado (Lavalle 3177), y empieza a preparar un nuevo disco, sucesor del maravilloso Tangentes (2009), donde cantaba Mercedes Sosa, amiga y promotora de sus temas. "En los dos últimos años estuve produciendo un programa de artistas de la ciencia para una señal de cable y me volqué mucho a la divulgación científica. Escribí los libros de ciencia para Siglo XXI, uno basado en la vida cotidiana y otro de Borges y la física cuántica. Pero ahora quiero mantener más regularidad con la música", apunta Rojo.
-¿En los Estados Unidos tocás?
-Sí, allá toco con un trío en lugares lindos, como el Museo de Arte de Detroit, donde está el mural de Rivera, y ahora nos vamos al Festival Cervantino en Guanajuato. Son músicos norteamericanos con los que toco desde hace años. Ellos tocan la chacarera con acento jazzero porque yo también soy un poco eso, una mezcla de las dos cosas. El percusionista es profesor de jazz y un académico. Ser músico académico es una bendición y es una restricción porque no estás forzado a conseguir trabajo. Es raro decirlo, pero, a veces, para jugarse más uno necesitaría ser más libre. Es una esposa de oro tener un trabajo fijo.
-¿Por qué nunca te decidiste?
-Porque me encanta lo otro. Además lo mío es la conjunción de las dos cosas. Esto es lo que soy yo. Mi pasión está en escribir sobre ciencia, pensar en la ciencia y hacer música. Hago las dos cosas. Estoy buscando algo intermedio que cruce esos dos mundos. Mi música se nutre de lo que pienso como científico y de la literatura. Busco esa unión. No quiero dedicarme a una cosa y dejar la otra.
-¿Cómo ingresa la ciencia en el mundo musical?
-La idea de que el arte sirve a las emociones y la ciencia a la razón es una caricatura. Si te fijás, las posturas de los grandes científicos tienen mucho criterio estético. Los científicos buscan la teoría más linda, la más simétrica. Hay una gran motivación estética en la matemática y la ciencia. Ése es un punto de contacto con la música. Por su parte, la música es armonía y la gramática musical, incluso, es matemática. Cuando yo compongo estoy pensando en la ciencia. La canción "Qué bonito" (popularizada por la Negra Sosa) es un himno al asombro, porque las cosas son raras. Yo creo que el planteo de estar asombrado frente al mundo es común a la ciencia y al arte, y eso es lo que yo busco en mis canciones.
-Esa mirada del asombro es parecida a la mirada de los chicos también.
-Es exactamente así. ¿Qué es un científico? Es alguien que no ha dejado de hacer las preguntas de niño. Los grandes innovadores son los que no han perdido esa curiosidad infantil y la ingenuidad, que es la clave de la innovación. Si sos canchero, la transgresión tuya es pintar una pared; si sos ingenuo, la transgresión tuya es inventar Internet o inventar un género nuevo en la música.
-¿Cómo te transformaste en músico?
-Me interesó la música de muy chico. En mi casa se escuchaba mucha música y mis viejos me pusieron a estudiar piano a los 6 años. No fue una buena experiencia y recién a los 11 la música me gustó más. Estudié flauta en el conservatorio de Tucumán, pero fue la guitarra la que me enamoró en la adolescencia temprana. Estudiaba los discos de vinilo de Eduardo Falú y Segovia. Los frenaba con el dedo y los iba sacando nota por nota. Me enseñé bastante a mí mismo.
-¿De dónde viene tu sonido?
-Creo que de Eduardo Falú, que para mí fue el número uno. Después vienen Yupanqui, Andrés Segovia y Ralph Towner. Pero todos mis amigos se acuerdan de cuando me la pasaba hablando del sonido de Falú. Yo lo hablé con él, quería saber cómo hizo. Le pregunté como usaba el trémolo. Quería saber cómo llegó a ese sonido. A él también lo influyó Segovia y hay mucho contrapunto de Bach en su obra. Era esa combinación de lo intuitivo con el estudio, que también lo tiene Yupanqui, otro al que también le gustaba Bach. Eso es lo que me gustaría tener, una conexión bien de adentro de la tierra. Lo que sería el subtexto en la literatura. En Yupanqui es tan importante lo que dice, tanto en su poética como en la guitarra, como lo que no se dice. Es una poesía sencilla, pero que abajo tiene la línea de un cimiento que va hasta el centro de la tierra. Es imposible para mí tocar y que no haya referencias de ellos. Pero no está en nosotros imitarlos. Pienso que cada uno tiene que buscar su propio sonido, como lo tenía Falú.






