Alberto Sordi, el usurpador
Qué es Roma? Lo único que puedo hacer es tratar de decir lo que pienso cuando oigo la palabra Roma... Y más o menos lo sé. Pienso en una gran cara rojiza que se parece a Sordi..."
Quien esto decía tuvo bastante que ver con el afortunado destino del eterno Albertone nazionale en el cine. Impresionado por sus destrezas mímicas y desatendiendo la opinión de unos cuantos expertos que juzgaban a Sordi "un tipo antipático al que la gente rechaza", Federico Fellini le confió en 1952 el papel de un héroe de fotonovelas en "El Sheik". Volvió a convocarlo un año después para "Los inútiles", a pesar de que los distribuidores le sugirieron que no pusiera el nombre de Sordi en los afiches porque con eso sólo lograría ahuyentar al público.
La predicción falló, ya se sabe. Metido en la piel de un joven bromista, vago y tarambana, el hombre de voz grave y rostro de mascarón no sólo pasó a la historia del cine con su famosa escena de la burla a los obreros madrugadores ("Lavoratori...") o con su grotesca escena del baile, envuelta su figura en ropas femeninas y coronada con una enorme cabeza vacía de papel maché. También ganó, y muy justamente, el Nastro d´Argento al mejor actor de ese año y pegó un salto formidable en su carrera artística, que desde entonces no tuvo pausas ni desmayos.
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Que alguna vez se hubiera hablado de la antipatía o la impopularidad de Sordi pareció, desde entonces, un mal chiste. El, que se había fogueado en la radio y en el teatro de revistas y había ingresado en el cine poniendo sólo la voz (hizo doblajes de muchos intérpretes norteamericanos, entre ellos de Oliver Hardy), supo construir a partir del empujón de Fellini su romanísimo personaje de patético vividor y descubrirle infinitos matices sin apartarse nunca de sus rasgos psicológicos esenciales.
Sordi lo define mejor que nadie: es un "pequeño burgués frecuentemente llorón, a veces pretencioso, básicamente hipócrita y casi siempre próximo al ridículo, que no puede ocultar su desolación interior". Con ese bagaje esencial, el personaje fue en su nacimiento joven ocioso y después abogado, moralista, mafioso, turista decadente, médico de una mutual; fue a la guerra, vivió aventuras en Africa, viajó por el mundo y en los momentos más luminosos de su carrera se atrevió a pisar el resbaladizo terreno de la tragicomedia. Y lo hizo, claro, con el paso firme que sólo son capaces de dar los grandes actores. Hay tres ejemplos inolvidables: "Una vida difícil", "Un burgués pequeño pequeño", algún episodio de "Los nuevos monstruos". El propósito era siempre el mismo: mostrarles sus defectos a los italianos con el eco burlón de una risa sarcástica.
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Siempre se reservó una parte importante en la creación de sus personajes y por eso sigue considerándose también un autor. "Nunca esperé que alguien me dijera lo que tenía que hacer ante una cámara", volvió a decir hace unos días, cuando la Academia Filodramática de Milán le rindió homenaje. La prestigiosa institución, casi dos veces centenaria, quiso así reparar un error cometido hace 63 años, cuando le negó a Sordi el ingreso por su fuerte acento romano.
El, que hizo de ese pecado uno de los soportes de su celebrada construcción dramática, tan inequívocamente romana como juzgaba Fellini, se lo tomó en broma: "Quiere decir que hasta ahora estuve usurpando el título", comentó risueño, recordando quizá tantas otras miopías similares que han pasado a la historia. Y anunció que en septiembre, cuando ya haga cumplido los 80, empezará una nueva película. Esta vez sin correr el riesgo de que lo acusen de ejercicio ilegal de la profesión.






