
Alejandro Sanz, música e histeria
Recital de Alejandro Sanz acompañado por Ludovico Vagnone (guitarra y dirección musical), Maurizio Sgaramella (batería), Luis Dulzaides (percusión), Agustín Gereñu (bajo), Josep Salvador (guitarra), Alfonso Pérez (piano) Pierpaolo Vallero (teclados y saxo) Lulo Pérez (trompeta, teclados y percusión), Carlos Martín (trombón), Jon Robles (saxo), Helen de Quiroga, Luis Miguel Baladrón y Meritxell Sust (coros). El sábado en el estadio de Vélez. Nuestra opinión: Bueno
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Faltan cuatro o cinco temas para el final del show y Alejandro Sanz entona: "Quema, tu nombre quema mi voz, Buenos Aires me dolió". Pero, ¿qué es lo que duele en esta canción o en muchas otras de su repertorio? Hay algo que quema, eso es evidente. Quizá sea el eco de las 30 mil personas que devuelven cada palabra que el cantante enciende desde el escenario; cada vez que dice "Quién me va a curar el corazón partío" o "Cuando nadie me ve pongo el mundo al revés".
Sanz eligió a Buenos Aires para cerrar el primer tramo de su extensa gira de presentación del álbum "El alma al aire". La elección no ha sido casual. En su flamante CD hay un tema que evoca a Piazzolla y a Gardel, "Llega, llega soledad". Además, sabía que sería una buena plaza para cargar las pilas luego de un periplo de más de veinte conciertos en menos de un mes y medio. Porque aquí tiene un público fiel que lo acompaña en todas sus canciones y lo sostiene cuando su garganta no puede disimular el cansancio.
Baladas como "Me iré" serán buenos momentos para aflojar las cuerdas por un rato, casi un recreo previo a esos temas en donde el músico se entusiasma con los agudos. El repertorio de Sanz a veces tiende a una monotonía que corta con piezas que adquieren cierta energía rockera, con las cadencias de rumba de "El alma al aire" y con una bulería, donde sólo aparecen su voz y su guitarra.
Su público, que lo ve como un divino, no repara en las cualidades musicales ni en la reiteración. Al contrario, para esta numerosa platea femenina y juvenil cada tema es una emoción diferente, aunque, en el fondo, sea parte de lo mismo. Y el cantante es el más consciente de todo lo que provoca. Disfruta con ese coro que lo sigue en todas la canciones. Recorre la pasarela que sale desde el frente del escenario en busca de los suspiros que se esparcen por el campo. Y cuando deja por un rato su rol protagónico pone al frente a sus músicos, entre ellos, un saxofonista fachero. Pero Sanz está tranquilo, aquí nadie le quitará el trono de galán.
La diferencia
Hasta aquí, ésta podría ser la descripción de cualquier intérprete carilindo de música pop romántica. Pero este español marca diferencias que hacen de su labor un trabajo personal. Las luces, la escenografía y los movimientos sobre el escenario son parte de una puesta acorde con un espectáculo de estas características, pero no muestran recursos efectistas ni apuestan al deslumbramiento. Sanz carga todo el peso del recital sobre su figura y encuentra una buena contención en su banda. Y, como tiene ganadas las miradas de antemano, apunta a los oídos. Sabe, desde hace muchos años, que lo suyo no es el piano, por eso sólo se sienta detrás del teclado para entretenerse en "Lo ves". También sabe que con ser devoto de la música flamenca no alcanza para convertirse en el más grande cantaor ; pero es capaz de volcar en su música, y con buen gusto, muchos matices de esta expresión gitana.
Y lo que más juega a su favor es que él mismo escribe todas las canciones que interpreta. Esas palabras que hablan de un amor apasionado, que tocan las heridas, el dolor, y que el músico siempre encuentra cuando su voz sube hasta el borde del desgarro. Hasta ese "Corazón partío" que guarda para la despedida. Sanz sabe lo que tiene que hacer y hasta dónde puede; conoce la manera y lo hace.




