
Alfred Molina, el camaleónico
Bajo la apariencia del rígido amo y señor de un pueblito francés azorado ante el rebrote sexual de sus habitantes por culpa del chocolate; casi irreconocible como un enloquecido dealer que consume tanta droga como la que vende; con el volumen físico y la poderosa personalidad del mexicano Diego Rivera; bajo la apariencia del supervillano Dr. Octopus, el hombre pulpo que es símbolo fáustico del científico poseído por el demonio de la omnipotencia, o como el inquietante, torturado y patético amante de Joe Orton, Alfred Molina siempre concede a sus personajes algún rasgo de humanidad. No importa la dimensión del trabajo (al fin, llamó la atención con su brevísimo primer papel, el del guía que traiciona a Indiana Jones y termina cubierto de tarántulas en Los cazadores del A rca perdida) ni si le basta la autoridad para dar relieve a un personaje, como le sucedía con el obispo Aringarosa de El Código Da Vinci , él siempre deja que algo de su personalidad briosa y sanguínea contagie a sus criaturas alguna vibración humana. Y basta tomar nota de los films aludidos - Chocolate, Juegos de placer, Frida, El hombre araña 2 o Susurros en tus oídos - para advertir que este actor nacido en Londres en 1953 -hijo de padre español y madre italiana- debe vérselas con personajes de lo más heterogéneos.
Es eso, precisamente, lo que le gusta de la profesión. Ha sido un intérprete camaleónico desde el principio. Desde chico -comenzó en el colegio, donde el teatro era una actividad extracurricular, ideal para aquellos que, como él, no se destacaban en los deportes ni en la actividad académica- supo que no estaba destinado a papeles de galán. Es más: sus modelos no eran Robert Redford y Steve McQueen, sino Anthony Quinn y Walter Matthau. El era siempre demasiado alto, demasiado gordo, demasiado raro, pero no vivió esa realidad como una limitación, sino como una oportunidad. Así haría toda clase de papeles en la National Youth Theatre Company, en la Royal Shakespeare, de la que fue miembro, y más tarde en Broadway ( Art fue uno de sus trabajos premiados). Según dice, salvo su esposa (la actriz Jill Gascoine, con quien se casó en 1986), nada lo hace más feliz que meterse en papeles que ponen a prueba su versatilidad.
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Quizá por el origen de sus padres -que se conocieron en la posguerra cuando trabajaban en el mismo hotel londinense- o por el barrio colmado de inmigrantes en el que creció, confiesa que de chico nunca se sintió demasiado inglés (ahora tiene también la nacionalidad norteamericana y reside en Los Angeles). Encima, como se le dan muy bien los extranjeros ("pronto supe que si aparecía un personaje griego, sudamericano, palestino o judío, sería para mí"), no es muy habitual que interprete a ingleses, como el que le ha tocado ahora en Enseñanza de vida . Aquí vuelve a lucirse como el padre de la adolescente que posterga sus estudios para conocer el mundo de la mano del caballero seductor que la enamora. Y exhibe una rara química con Carey Mulligan, la revelación del film.
Pronto será un sheik del siglo VI en El príncipe de Persia , Stefano en una versión de La tempestad dirigida por Julie Taymor, o Tartini en un Vivaldi confiado a Joseph Fiennes. Más transformaciones.
No hace mucho comentaba risueño: "En los Estados Unidos, los periodistas me preguntan si no me molesta que la gente se refiera a mí no por mi nombre sino como el tipo que hacía de tal o cual personaje. ¿Cómo va a molestarme si es un cumplido? Señal de que el actor desapareció detrás del personaje".
Exactamente lo que él busca.


