
Algo de Hamlet, en esta bella experiencia llena de verdad

EL ADIOS NO SE DICE / Libro y dirección: Sergio Albornoz / Intérpretes: Sharon Luscher, Florencia Quintana, Juan Tupac Soler / Vestuario: Josefina Romanel / Asistencia de dirección: Liza Taylor / Sala: Silencio de Negras, Luis Sáenz Peña 663 / Funciones: Domingos, a las 20 / Duración: 50 minutos.
Nuestra opinión: Muy buena
En Hamlet, el príncipe danés urde un plan extravagante para hacer que su tío, Claudio, confiese un homicidio: decide armarle una obra teatral. En esa obra se reproducirá su crimen. Hamlet sospecha que, al verla, Claudio emitirá señales que indicarán su culpabilidad. Entiende que hay una verdad en el teatro que atraviesa la escena y llega directo al espectador, que mirar al que está mirando es una forma de encontrar algo oculto en él. Esta confianza en que lo verdadero puede expresarse desde lo teatral atraviesa El adiós no se dice, de Sergio Albornoz.
La anécdota es breve: una pareja se separa. No hay que buscar la progresión en el texto sino en las decisiones de la puesta. El espacio que se utiliza es casi un pasillo, un lugar de paso de una condición a la otra. Está decorado con luces colgantes, un televisor, unas copas, una botella de vino y una canción que se repite. Todo allí genera un clima de fin de fiesta que encaja bien en el tono de la obra.
Hay una clara influencia de los recientes trabajos de Guillermo Cacace que se deja ver en un mecanismo aparentemente sencillo: el actor mira al público. No es romper la cuarta pared sino ir más allá, centrar una mirada en alguien. Así, lo que sucede se vuelve personal para el actor y el público. La sala chica potencia ese contacto directo. Los intérpretes manejan bien el recurso, en especial Juan Tupac Soler. Existe verdad cada vez que clava los ojos, sabe dejarse influenciar por la energía que recibe. No busca nada ajeno a lo que está y genera una enorme ambigüedad desde la fuerza de su mirada, que permite imaginar el peso de lo no dicho, de lo pendiente. Cada vez más, en lo cotidiano se pierde la posibilidad de mirar y ser mirado, esta obra recuerda la potencia que allí se guarda.
Un actor le muestra un fragmento de su arte a Hamlet. Al final, recordando a Hécuba, la esposa de Príamo, el actor llora. Hamlet pregunta: ¿Qué es Hécuba para él, o él para Hécuba, para que haya de llorar por ella? En esa duda entra buena parte del misterio del teatro. ¿Por qué el actor y el público siguen emocionándose por personajes que no existen, por una historia ajena que nunca ocurrió de esa forma? Porque, de alguna forma, son mentiras que encierran algo verdadero. La honestidad de la propuesta guarda aquí ese misterio de lo verdadero en el arte, aquello que se mantiene aunque lo que se diga no sea científicamente cierto. Hay verdad cuando el actor no se miente a sí mismo ni al espectador, cuando cuenta el cuento mirando con ojos siempre nuevos lo que ocurre allí. Las actuaciones y la dirección de El adiós no se dice parecen acceder a esa verdad y encontrar mecanismos para compartirla con el público.






