
Algunas intimidades del mundo termita
Estrategias y anécdotas de esos invitados sin invitación
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Con la frente en alto y la actitud prefabricada de parecer Pancho por su casa, y no precisamente Pancho Dotto; muchas veces apelando al arte teatral, acompañados por la naturalidad que otorga el sentirse dueño del lugar o del evento; munidos del sigilo necesario con que eligieron la vestimenta y sin temor a ser desenmascarados, ingresan y se mezclan a hurtadillas con los verdaderos invitados a cuanta comida de gala, vernissage, lanzamiento de producto o sarao de cierta jerarquía haya. Ya los pintó al detalle Isidoro Blaisten en su cuento Los termas. Y con ese nombre los conoce el mundo de las relaciones públicas, y con su diminutivo, más simpático, termitas, debido a que, tal como esa plaga, llegan sin invitación y terminan con cuanto canapé o copa de champagne se les presente. Y, si es posible, se llevan los souvenirs destinados a los invitados: corbatas, perfumes, libros, vales..., todo será bienvenido.
También conocidos como colados, los miembros de esta tribu urbana que no perdona evento, siempre que se brinde y deguste, se multiplican en anécdotas.
El relacionista público Alejandro Raineri tiene mucho que contar: "No son tantos, pero se hacen notar y yo ya los conozco. Cuando me ven, huyen. En nuestro trabajo estamos muy atentos, porque el cliente es muy exigente con los invitados, y hoy estudian el perfil del público mucho más que nunca".
Para saber adónde ir, el mundo termita se informa llamando a las agencias de prensa y relaciones públicas, y a las embajadas, donde preguntan día y hora de cada evento. También leen las guías culturales de los diarios o intercambian datos con otros compañeros termitas. "Muchas veces llaman a mi estudio diciendo que son colaboradores de un medio zonal, radial o gráfico, y explican que les llegó la invitación, pero que no recuerdan bien la dirección ni la hora del evento", detalla Raineri. Y sigue: "Saben que si existe el patrocinio de una marca importante habrá comida y bebida. También recorren los lobbies de los hoteles de las cadenas más importantes de Retiro y Recoleta para ver las carteleras que anuncian los eventos del día. En esos casos, si pueden, se meten, porque las recepcionistas no están preparadas para el escándalo, y eso los termitas lo saben: siempre están dispuestos a ofenderse y defenderse esgrimiendo tarjetas o resaltando la amistad con personajes invitados, generalmente de la farándula, o presentando credenciales truchas".
Más de una vez, Raineri los descubrió en alguno de los encuentros que organiza. "La última vez que tuve que pedirle que se retirara a un no invitado , me respondió: Termino la copa y me voy. Y se fue sin chistar."
Estilo asistente
Entre los desafíos de los termas, las comidas a beneficio constituyen uno de los más buscados. "Generalmente se sientan en una mesa donde casi no hay invitados y se hacen pasar por periodistas. Aprovechan la desorganización y se mezclan con grupos de gente que no se conoce entre sí y disfrutan de la fiesta hasta que son echados", cuenta Raineri, que podría escribir tranquilamente el manual de Cómo detectar termas.
Para entrar, a veces sólo tienen que caminar bien cerca de algún personaje sumamente conocido, simulando ser su secretario, asistente o dama de compañía, según el caso.
Pero el mundo terma llega a tocar las puertas del cielo durante las veladas de los Gallery Nights, esos recorridos nocturnos de galerías de arte a puertas abiertas por Recoleta o Palermo. Ahí, de galería en galería, se ponen al día en una noche.
Cronistas de Gran Aldea
La curadora Lucila Insaurralde también habla de su experiencia con esta tribu nómada que une el arte con la supervivencia. "Siempre será un tema. Pero la idea es estar distendidos, no preocuparnos por lo que pueda hacer esta gente extraña al evento. Nunca tuvimos problemas. A veces sí un mal rato, pero la fiesta debe seguir."
Durante los años 80, dos conocidas señoras elegantes mantuvieron como íntimo divertimiento, después de comer en el Club Criadores de Caballos de Pura Sangre, colarse en las fiestas de casamiento en una institución militar sobre la misma calle Quintana. Caminaban unos metros y se instalaban para ver uno de esos casamientos deslumbrantes. Las dos, de más de 70 años, se hacían pasar por cronistas de la desaparecida revista Gran Aldea. Chochas con la picardía, jamás fueron invitadas a alejarse del festejo al que concurrían en forma non sancta.




