
Ana Padovani: “En cada uno de nosotros hay un narrador escondido”
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Las historias que más le gusta contar son las de brujas y de terror. "Es que el miedo es un sentimiento muy fuerte que puede ayudarnos a huir del peligro o bien transformar nuestras vidas en un infierno", reflexiona Ana Padovani, psicóloga, autora, profesora de música y actriz especializada en narración oral.
–¿Cómo lo hace?
–Tal vez la clave sea la manera de administrar los silencios. Los silencios crean amenazas, insinúan, preparan, prolongan el efecto de las palabras. No siempre es necesario un ambiente crepuscular: el miedo puede sobrevenir en lugares cotidianos o a través de insospechados héroes infantiles.
–¿Qué es un narrador de cuentos?
–Un personaje que aparece en la historia con el hombre. En realidad, todos lo somos, en cada uno de nosotros hay un narrador escondido que no siempre tiene la posibilidad de expresarse. El narrador recibe y transmite, pero su relato tiene un toque personal y así las historias van cambiando, haciéndose más trágicas o más cómicas, viviendo varias vidas. Recuerdo un congreso de narradores donde Gabriel García Márquez era uno de los invitados especiales.
–¿Contó alguna historia?
–Gabo contó una vieja historia que comienza en la carnicería de un pueblo donde alguien, entre los que esperan para ser atendidos, se pregunta, medio en broma medio en serio, qué pasaría si hubiera un incendio en el pueblo. El comentario es malinterpretado por un paseante curioso que comenta que escuchó que se estaba incendiando el pueblo. Al rato, todo el mundo huía desesperado ante la inminencia de la catástrofe imaginaria, incluso los clientes del carnicero y, por supuesto, el asombrado autor de la pregunta.
–¿Cómo se le ocurrió ser narradora?
–Siempre tuve habilidad para contar lo que veía. Desde muy chiquita, tenía 3 años, imitaba a mis vecinos: el zapatero italiano, el almacenero español, etcétera. Lo hacía en la intimidad, pero a medida que fui creciendo descubrí que también a la gente de afuera le divertía lo que hacía y comencé a hacerlo en cualquier parte, a veces en las propias narices del que imitaba. Entonces, mis tías, un poco preocupadas, me convencieron de que era mucho mejor dejar mi habilidad para la gente de la casa.
–¿Cómo sigue la historia?
–Iba a un colegio de monjas en Escobar, mi pueblo, y todos los años, cuando terminaba el curso, las hermanas organizaban un festival que incluía una obra de teatro. Eran unos melodramas increíbles, donde ocurrían cosas tristísimas y a mí siempre me daban un papel importante. Recuerdo un año en que me asignaron el personaje de una cieguita huérfana que iba por el mundo buscando a su mamá. El primero que me animó a ser narradora fue Augusto Fernández, mi maestro de teatro. Hice mi debut en una carpa que Eudeba había instalado en Miramar, durante un festival de teatro infantil: narraba historias acompañada con un laúd. Pero el espaldarazo definitivo me lo dio el actor italiano Marco Balioni durante una visita a Buenos Aires. No sólo a mí, sino también a otras buenas narradoras como Ana María Bovo, Elba Llorente, Juana La Rosa y Elba Marinanceli.
–¿Cómo atrapa al público?
–Con el público nunca se sabe, es totalmente imprevisible. Sobre todo, el adulto que puede poner cara de póquer y una no sabe qué está pensando. De todos modos, la experiencia dice que es fácil atraer al público infantil, el gran problema es lograr mantener su atención. Algo difícil, porque siempre hay que mostrarles algo nuevo, si no se aburren y lo expresan sin ningún problema. Los adolescentes son difíciles, de entrada toman distancia, pero cuando la propuesta les interesa se apasionan. Recuerdo una vez que me invitaron a un colegio inglés de chicas para una celebración de Halloween y les anuncié que contaría historias de brujas. Se miraron entre ellas y después una cuantas se levantaron; me corrió un frío por la espalda, ¿qué pasaba? Fueron hasta las ventanas y las cerraron. El salón quedó a oscuras. "¿No es mejor así? Los cuentos de brujas necesitan oscuridad, se disfrutan mucho más con un poco de penumbra", explicaron, y se volvieron a sentar.
–¿Podría narrarnos algo?
– Final para un relato fantástico , un relato muy breve de I. A. Ireland, otro escritor inglés.
–¡Qué extraño! –dijo la muchacha, avanzando cautelosamente–. ¡Qué puerta más pesada! –La tocó, al hablar, y se cerró de pronto, con un golpe.
–¡Dios mío! –dijo el hombre–. Me parece que no tiene picaporte del lado de adentro. ¡Nos has encerrado a los dos!
–A los dos no. A uno solo –dijo la muchacha.
Pasó a través de la puerta y desapareció.
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