
Antonio Tarragó Ros, entre la música y el raudal de ocurrencias
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"El regreso", recitales de Antonio Tarragó Ros, junto a Angel Dávila (guitarra y voz), Gustavo Catalano (bandoneón), Humberto Lafata (contrabajo) y Agustín Traversa (batería). Grupo invitado: El Cruce, con Oscar Laiguera (piano, arreglos), y el Ballet Municipal de Olavarría, dirigido por Sabina Di Salvo. Producción ejecutiva: Juan Cruz Guillén. Teatro ND/Ateneo.
Nuestra opinión: Muy Bueno
Hace treinta y un años que Antonio Ros apareció en la escena musical argentina con su disco simbólicamente titulado "Chamamé". El compositor, poeta, acordeonista, guitarrista y cantor nacido en Curuzú Cuatiá, estaba predestinado a pergeñar canciones que hoy anidan en la memoria colectiva. Bastará citar solamente "María va", equiparable, en vuelo poético y melódico, a "El viejo Matías", de Víctor Heredia; a "Pedro canoero", de Teresa Parodi; a "Tonada del viejo amor", de Falú-Dávalos; a "Alfonsina y el mar", de Ramírez- Luna; a "La pomeña", de Leguizamón-Castilla; a "Serenata para la tierra de uno", de María Elena Walsh... Ella es uno de los luminosos mojones de nuestra música popular. Tarragó Ros -como se lo nombra- está de vuelta tras un lustro de silencio. Y reaparece con antiguos compañeros de ruta y con invitados.
Pocas veces el ámbito de un concierto se prepara mejor, antes de abrirse el telón. Ya en el momento de ingresar, el público puede disfrutar de la proyección, en pantalla, de videos con pasajes de actuaciones y bailes presididos por nuestro músico-poeta.
Habrá un telonero prestigioso como Oscar Laiguera, con su cuarteto instrumental y su cantante, que cultiva con buen gusto un repertorio testimonial. Inmediatamente irrumpe Antonio por el pasillo, todo de negro, botas, ancho sombrero beige y acordeón, con el inquieto ritmo litoraleño de "El protozoario".
Otro de los aciertos es la proyección de las letras en la pantalla instalada en el fondo. Un modo de repasar los textos de las canciones, que a veces se diluyen en el momento de cantarlas. El primer disfrute es "El cielo del albañil" (un chamamé evocativo que ha soslayado los rasgos contundentes de "Caminito de la obra", de Serrat, y los implacables de "Construcción", de Chico Buarque).
Luego el ritmo correntino irrumpirá con todo su empuje en su clásico instrumental "El toro" y en el "Chamamecito maceta", que canta con gracia natural Angel Dávila.
Sobrevendrá entonces el momento esperado de la introspección y de la belleza melódico-poética, cuando Antonio empuñe la guitarra para cantar "María va". Y como quien prolonga las imágenes y las metáforas, embebidas de ternura, se instala "Ñangapirí", otra bella canción de amor que hizo memorable la garganta privilegiada de Mercedes Sosa.
Como para oxigenar la propuesta queda espacio para que suban a escena sus dos hijas. Laura cantará tangos; Irupé, en teclado y canto, ofrecerá dos inspirados temas propios.
No falta el humor en "Lobizón doctor", el instrumental "La ley", y otro momento -"Carito"- para la pintura de personajes lugareños. Tampoco la danza vistosa y de plástica coreografía con seis parejas que bailan "Riograndense" y "Pa´zapatear, o no". Tarragó se reservará la ocasión para cantar "Corazón perdido", que escribió con Víctor Heredia" y el nostálgico "Tal vez no deba volver a mi pueblo", antes de que se desate la fiesta con el "Curuzucuateño", para dar rienda suelta al baile de todo el mundo, desde la salida, por los pasillos, hasta el hall del teatro.
Antonio habla hasta por los codos. Para él es todo un deleite explicar, anécdotas mediantes, el nacimiento de casi todos los temas, mientras va desgranando humorada tras humorada con la inventiva que lo caracteriza.
Antonio canta. Canta con gusto, con su pequeña voz. No vocifera, como otros intérpretes del litoral. La poesía se expande aquí dándose la mano con la alegría. Por eso, aunque apele a arreglos sencillos (si fuesen enjundiosos podrían fatigar), es un placer escucharlo.






