Artistas para ver: Mel Muñiz

Mel Muñiz y su bolero falaz
Mel Muñiz y su bolero falaz Crédito: Florencia Daniel
José Totah
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12 de enero de 2021  • 09:40

Podría ser un personaje de una de David Lynch o la presencia que inquieta en un cuento de Carver. Con su pollera amarilla y amaderada -a lo Log Lady-, que no llega a cubrir los empeines tatuados, Mel Muñiz se planta frente al micrófono y canta un bolero; de fondo, se cocina una maroma de vientos orquestados. Lo esperable de una cantante de boleros es que lleve una flor gigante en el pelo, que diga cosas desgarradoras en plan desamor y que, para empezar a hablar, ande por encima de los 50 o 60 años. Con Mel pasa algo curioso: se mete con géneros centenarios -sones, valses, rancheras, boleros, guarachas o swing hawaiano- con la misma soltura que si surfeara un rocanrol de tres acordes. Y es extraño, pero suena muy actual, tanto que Spotify la reconoció como artista Radar al Sur para Sudamérica. A ella y no al trapero de estación. "La gente piensa que hago rock pero hago boleros; me gusta que la estética choque", avisa. En diciembre presentó un nuevo tema, "Constelación", que en verdad es una versión bolerizada y chacha de "Stardust", el tema compuesto en 1927 por Hoagy Carmichael, con letra adaptada por el escritor Pedro Mairal.

Todo transcurre en una vieja casona de Núñez, sobre la calle Pedraza, que limita con un parque de skaters. Ya desde el vamos resulta extraño que ahí dentro suenen afrosones orquestados a nueve vientos mientras, a una medianera de distancia, se estrolan patinetas contra la pared. Nada de eso alcanza para desconcentrar a Mel Muñiz, que está grabando en un cuarto, junto a la consola, aislada del resto de los músicos. Tiene una remera que dice "Harta" -uno de los temas del disco-, está descalza y cuando no canta se la pasa sacando fotos con una máquina antigua. Cuenta que siempre tuvo la voz "aireada y medio ronca"; y que, cuando tenía ocho años, su profesora de música le dijo que tenía "la voz enferma". Macanuda la maestra.

Desde el living de la casa la acompaña una formación que incluye contrabajo, piano, trompeta, violín y güiro. Todos, salvo ella cuando canta, llevan barbijo y se cuidan de estar a distancia. "Es una grabación en modo burbuja", advierten, y son estrictos en este punto. Ese día tienen pensado registrar cinco canciones -reversiones del primer disco de Mel- para sumar invitados especiales en distintas jornadas de grabación: Sotftot, de Fémina, la ascendente Acus, Rulo (David Edelstein, bajista de Mon Laferte), de Chile, y Pehuenche, de México.

El disco solista de Mel Muñiz salió a la luz en septiembre pasado. Se publicó en forma independiente en todas las plataformas digitales, aunque la distribución editorial corrió por cuenta de Sony y la parte audiovisual estuvo comandada por la agencia creativa Arco.

Que la gente piense que hace rock, como ella dice, tiene varios anclajes. Tatuada del cuello a los empeines (un búho en uno de ellos), su rostro hace acordar un poco a Gwen Stefani. Y es verdad que sus viejos escuchaban Deep Purple y The Beatles, y que la primera banda que tuvo era de punk melódico, pero no fue por ahí la mano. "Me gusta todo lo viejo: las cámaras, los vinilos, los micrófonos, las orquestas", declara.

Tan fan de Hoagy Carmichael que en el cuello se tatuó un pajarito, de la especie Baltimore Oriole, título de la canción que Hoagy compuso en 1942. Mel orientó su carrera a redescubrir géneros musicales que la anteceden en por lo menos un siglo. "Tal vez habité esos géneros en vidas pasadas", dice bastante en serio (quizás sean las conexiones que hace cuando estudia el tarot de Marsella por las noches). En la práctica, se hizo fuerte en La Familia de Ukeleles, un sexteto de swing, calipso y música hawaiana; y forjó sus armas con las Bourbon Sweethearts, trío de swing femenino con arreglos vocales de la década del 30, y con su quinteto de swing, junto al pianista Rodrigo Núñez.

Quizás sirve ver el video del tema "Aguerrida" para entender la propuesta a nivel conceptual. Rodeada de una orquesta, con vestido blanco y capucha negra, cual sacerdotisa del amor, canta que está "sola, muy sola, tan sola". Acto seguido, lame un puñal y, acodada en una barra, empieza a beber. "Te has ido. Yo que tú no vuelvo donde no soy querido", dice después, mientras teje un conjuro en un altar con velas. "La música de Mel remite a otra época, pero el relato es el de una mujer empoderada, bebiendo en un bar cerrado. No está llorando, es desafiante", analiza el director del video, Facu Plaga. El concepto, entonces, sería cómo revisitar géneros del pasado, mezclarlos en una gran ensaladera y orquestarlos en modo huracán, para deconstruirlos con una mirada actual y un abordaje bastante rockero. Si el cruce de coordenadas temporales y discursivas suena inquietante, mucho mejor.

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