
Atahualpa Yupanqui, el folklore a flor de piel
El 23 de mayo se conmemoran diez años de su fallecimiento y se lo recuerda como uno de los grandes referentes de la música popular
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Atahualpa Yupanqui nació en Campo de la Cruz, en el partido bonaerense de Pergamino, el 31 de enero de 1908. Su verdadero nombre era Héctor Roberto Chavero, pero durante su adolescencia adoptó el seudónimo que lo acompañó a lo largo de su vida y con el que se hizo popular.
Compositor, guitarrista y cantante, su alma de poeta lo impulsó a expresar la conciencia del pueblo luchador. Desde siempre, sus coplas reflejaron las duras vivencias del hombre común y los paisajes de las diversas provincias argentinas. Autor de más de mil doscientas canciones y de variados libros de poemas, se definía como «un autor de artes olvidadas».
Con el tiempo, sus obras musicales lograron formar parte del cancionero popular y, quizás sin pretenderlo, consiguió que su canto, aún hoy, se reavive espontáneamente en el pueblo argentino; y es que siempre que subía a un escenario surgía ante sus seguidores la imagen de un hombre símbolo de la patria argentina.
«El hombre es tierra que anda» solía decir Yupanqui, y gracias a su exquisita condición artística, logró recorrer extensos caminos argentinos y depositar en ellos la tradición del folklore nacional. En sus largos viajes a caballo, muchas letras quedaron fundidas en la tierra, aunque la mayoría llegó a destino y recibió el ferviente reconocimiento del público. Con sus manos deformadas por la artrosis, subía al escenario y dejaba escapar de su guitarra, acordes que poblaban de magia el ambiente.
Tucumán fue una de las provincias que más lo cautivó. En una villa llamada Raco, a 44 kilómetros de San Miguel de Tucumán, compuso varias melodías que alcanzaron expresar el cariño que tenía por esa región que lo supo albergar en momentos difíciles. Luna Tucumana o La Raqueña son sólo algunas muestras de ese hondo sentimiento. No obstante, su vida estuvo signada por grandes recorridos y su larga peregrinación resulta ardua de enumerar.
En 1947 su afiliación al Partido Comunista lo llevó a un silencio forzoso. Sus canciones fueron prohibidas y en múltiples ocasiones estuvo preso. Sin embargo, su época de militante duró hasta 1953, momento en el que decidió adoptar una postura políticamente independiente. Durante ese tiempo, comenzó sus viajes a Cerro Colorado, provincia de Córdoba, en donde deslumbrado por la belleza del paisaje decidió edificar su casa. Mimetizado con las costumbres y el paisaje nacional, se dispuso transportar su música hacia nuevos horizontes.
En los albores de 1950 comenzó sus viajes por Europa, lugar que lo hospedó durante su exilio, y en donde logró que su música fuera ampliamente reconocida. Eligió París para pasar varios años de su vida, sin embargo, su alma de viajero lo encaminó por todo el mundo. Países como Japón y Alemania supieron escuchar sus coplas y se maravillaron con sus actuaciones. Pero el mismo suelo argentino, que alguna vez le había dejado marcar la huella de su paso, lo esperó ansioso para escuchar nuevamente esa tonada tan rústica, y a la vez, natural. Yupanqui decía: «cuando estoy fuera de la tierra es porque la tierra está dentro de mí», y quizás por eso lograba distanciarse de sus pagos y descubrir el éxito en otros continentes.
Este hombre, casi leyenda, junto a su inseparable guitarra, simplificaba en su rostro uno a uno los lugares por donde había acarreado su música. Para él esas seis cuerdas poseían una presencia significativa, eran el complemento ideal para los momentos de inspiración. En una de sus canciones le canta a este instrumento que conoció gracias a su padre y con el cual mantenía un gran romance. «Hoy les ruego silencio, simplemente hoy les pido silencio, porque debo en esta noche celebrar guitarras» invocaba Yupanqui en una de sus composiciones. Sin embargo, su auténtico amor fue su mujer Antonieta Paula Pepin Fitzpatrick -más conocida como Nenette- con quien tuvo un hijo, y a quien durante casi cincuenta años le escribió cartas cuando la distancia los separaba.
"Don Ata", como así lo recuerdan afectuosamente, enhebró sus creencias en cada una de sus letras. Clásicos como Camino del indio o El Arriero, reflejan la importancia que le dedicó al aspecto social. Pasó sus últimos años de vida en Francia, en donde falleció el 23 de mayo de 1992, a los 84 años. Sus cenizas fueron esparcidas en su casa de Cerro Colorado, en donde actualmente se ubica un museo en su memoria.
Su lugar en el mundo
Quizás el destino lo acarreó a esos montes o, tal vez, el mismo pueblo necesitó de su obra; lo cierto es, que luego de recorrer el mundo entero, Atahualpa Yupanqui encontró en Cerro Colorado el lugar indicado para levantar su casa. En medio del agreste paisaje, el poeta descubrió la fuente de inspiración para componer grandes poemas.
En este lugar, ubicado a 160 kilómetros al norte de la ciudad de Córdoba, Yupanqui encontró un atractivo especial. En ese cerro convive el presente junto con los vestigios de una cultura indígena, que legó al arte una obra inconmensurable. Allí está grabada la historia de un antiguo pueblo que dejó testimonio de su práctica con cientos de pictografías rupestres. Hoy, ese mismo lugar, alberga también, la semblanza de este poeta que alguna vez cantó con y para el pueblo.
Cuando Yupanqui cumplió 81 años, su casa se convirtió en museo y sede de la Fundación que lleva su nombre. En esa vivienda se guardan las obras y objetos del artista (puñales de su abuelo, ponchos, aperos, regalos que le fue dando la gente), pero principalmente sus memorias.
Marta Elías, directiva del museo e integrante de la Fundación, relató cómo “don Ata” llegó a este lugar que lo maravilló: "Su presencia allí tal vez estuvo determinada por un destino. Fue mi tío quién lo llevó a Cerro Colorado y un paisano de la zona -luego de escuchar los acordes de la guitarra- le cedió un terreno. Con esa profunda sensibilidad que tiene la gente simple, el paisano lloraba cuando Atahualpa tocaba y le decía: «usted no se puede ir de acá, usted se va a tener que quedar» Fue como un mandato que él cumplió de corazón. Entonces yo me pregunto: ¿Atahualpa eligió el lugar o el lugar lo eligió a Atahualpa?."
Desde entonces, ese terreno dado de palabra -cuando la palabra valía más que los protocolos- fue el lugar elegido por Yupanqui para alejarse cuando comenzaron las persecuciones y para hallar una alianza entre él y el paisaje. "Sentadito en una silla de caña, en la galería, se quedaba hasta tarde esperando que saliera la luna llena. Desde el patio del cerro hizo unos poemas increíbles. Ahora, cada vez que estoy allí, en donde primeramente aparecen la luna y el sol, me acuerdo cuando él estaba con su mujer, Nenette", recordó Elías. Y sus vivencias no se agotan en aquella residencia, ella lo inmortaliza constantemente: "Cuando yo era chica (lo conoció cuando ella tenía 5 años) caminábamos por las piedras del cerro y él poniéndose a la altura de mi comprensión me decía: «ves esas huellas en la piedra, son las huellas del sol» y yo, hasta el día de hoy, cuando camino por allí pongo los pies por esas huellas y me parece sentir un calor que me ordena que hay que seguir adelante".
Juan Carlos Chébez, naturalista y conductor del programa radial Tierra que anda -que se emite los sábados por Radio Nacional- confesó que Cerro Colorado tiene un sentido especial en su vida: "Yo llegué a tratarlo en esos cerros y ahora está enterrado en aquel lugar, así que no es difícil imaginar lo que significa para mí. Además, para él era una zona mítica y gran parte de su obra tiene su origen allí”.
Yupanqui era un hombre reflexivo, tal vez su mismo espíritu lírico lo obligó a transitar por la profundidad de la vida, en especial de lo natural. Los que lo conocieron aseguran que lograba mirar todo con visión de poeta. Elías lo recordó "como un pensador capaz de traducir esas cosas sublimes que cuestan poner en palabras" y Chébez, por su parte, aseguró que fue el hombre que mejor logró representar una simbiosis con la naturaleza: "son muy pocos los personajes que logran esa intimidad. A él le molestaba enormemente el cantor que nombraba un lugar en una canción y no sabía de qué hablaba, y no lo hacía por subestimarlo sino, simplemente, porque él lo había vivido a pie o a caballo y de esa manera, había mamado el paisaje".
"Don Ata" tenía una convivencia fascinante con los paisanos. Tanto es así, que este año, Marta Elías, junto con varios integrantes de la fundación, organizó una reunión en la casa-museo para revivir aquellos tiempos en los que el maestro compartía ese mismo cielo. Ella comentó al respecto: "Vamos a invitar a toda la paisanada y recoger todas sus vivencias, para ver si de alguna manera podemos volver el tiempo atrás." Pero la misma realidad revela que el tiempo los alejó del pasado. El 6 de junio de 1992 enterraron allí sus cenizas, bajo un inmenso roble, que plantó Nenette.
Pero su casa aún colmada de aire poético mantiene viva su existencia. Pareciera ser, entonces, que aquel lugar amparó su tarea, y es que en sus mismas palabras descansa el amor que tuvo por esas tierras, y como cantó en Chacarera de las piedras: "No hay pago como mi pago. ¡Viva el Cerro Colorado!".




