
Austin Powers, el nuevo culto
La anécdota es bien difícil de certificar, pero Mike Myers asegura que el ya fallecido rey Hussein de Jordania era un verdadero fanático de Austin Powers. Y que, ya muy enfermo e internado en una clínica de los Estados Unidos, una de las primeras cosas que pidió fue que proyectaran en su habitación el video con el primer film de la serie. También cuenta que Hussein una vez fue al Pentágono para una reunión de altísimo nivel sobre la compra de armas y dijo: "Señores, quiero veinte aviones F-16 y un miiillóoon de dólares", imitando la voz del doctor Evil, otro personaje del film, mientras levantaba como él el dedo meñique y se lo llevaba a la boca.
Myers, un comediante nacido en Canadá que se hizo famoso en Estados Unidos desde que fue uno de los protagonistas de "El mundo según Wayne", hoy consigue hablar al mundo gracias justamente a Austin Powers, convertido en objeto de culto desde hace dos años, cuando se estrenó su primer film con este personaje, que parodia las películas de James Bond y recupera modas, comportamientos y estilos de los alegres y sicodélicos años 60.
La secuela de ese film, que acaba de conocerse en la Argentina, sorprendentemente llegó a opacar en Estados Unidos la mismísima aparición de "Star Wars: Episodio 1", que lleva recaudados sólo en ese mercado más de 200 millones de dólares y que es motivo de conversación (como lo demuestra la historia del comienzo) en los ámbitos más diversos e inesperados.
Pero mucho más que el propio Myers, quienes más sonríen con este humor absurdo e inocente, aunque a veces cuestionado por alguna carga escatológica, son los responsables de las empresas y organizaciones que se subieron a la ola de atracción generada por el personaje y convirtieron a éste en ejemplo de un nuevo tipo de modelo industrial y comercial dentro de la poderosa industria del entretenimiento.
* * *
El milagro de transformar "una película pensada para un grupo de amigos a los que les gustan los Monty Phyton, Woody Allen y los viejos personajes de Peter Sellers" (al decir del director de los dos films de la serie, Jay Roach), en una fuente inagotable de ganancias es hoy, probablemente, el ejemplo más contundente de una estrategia novedosa.
Que comienza con invertir más dinero en campañas promocionales y publicitarias que en el rodaje propiamente dicho del film, sigue asociando el estudio de cine con una lista de empresas asociadas y culmina acompañando el estreno con una oportuna campaña en la que el nombre del protagonista aparece en todo momento y en todo lugar, haciendo que no se hable más que de él.
La influyente revista norteamericana Entertainment Weekly afirma que las ideas imaginadas por Myers y su coguionista Michael McCullers, para esta secuela que el público argentino acaba de conocer, se convirtieron automáticamente en una valija llena de dólares (específicamente 30 millones) para la productora del film, New Line.
La cifra equivale al dinero que recoge como derechos para la explotación de la marca en una multitud de productos. Entre ellos libros, corbatas, relojes, copas, pantuflas, juguetes y hasta un momentáneo cambio de denominación para las aerolíneas Virgin, que de Atlantic pasaron a llamarse Shagatlantic, en asociación con la palabra "shagadelic", que acompaña el título en inglés de la secuela. Esta última empresa, según los datos que maneja la revista especializada en medios Brill´s Content, invirtió diez millones de dólares en la campaña publicitaria del film y ganó 20 dólares en concepto de promoción por cada dólar gastado.
El propio Myers, vestido y maquillado como Austin Powers, es el mejor vehículo para dar a conocer nuevos productos: con el curioso lenguaje de su personaje promociona el nuevo modelo de una marca japonesa de automóviles, sugiere al público la necesidad de consumir más leche, expone la conveniencia de adquirir una tarjeta de crédito que lleva su nombre y explica cómo la búsqueda por Internet puede hacerse más excitante si se hace caso a sus sugerencias.
Todavía no hay señales de que el personaje tenga una tercera aventura cinematográfica, pero mientras tanto su extraña dentadura y su ropaje estrafalario recorren en buena parte del mundo las pantallas de TV, las tapas de las revistas y los espacios destinados a la publicidad (gracias en gran parte a la poderosa capacidad de difusión del multimedios Time Warner, al que pertenece la productora del film) como muestra cabal de que se puede construir una marca registrada a partir de un personaje que nació con expectativas mucho más modestas.
* * *
Pero estar en boca de todos también tiene su lado oscuro y junto a los dividendos también llegaron algunos dolores de cabeza, porque no todos disfrutan o aceptan el uso comercial de un tipo de humor destinado fundamentalmente al público adolescente.
Se planteó, por ejemplo, más de un cuestionamiento por parte de pasajeros molestos por la connotación sexual que se le dio a algunos de los avisos utilizados por Virgin Atlantic, y en el Estado norteamericano de Georgia, una mujer demandó a la cadena de jugueterías Toys R Us después de que su hija de 11 años compró un muñeco de Austin Powers, cuya voz al activarse pronunciaba palabras de doble sentido.
Estas muestras de disconformidad, en el fondo, pueden llegar a encender la llama de la saturación, posibilidad siempre latente cuando se machaca una y otra vez alrededor de la misma cosa y no se deja escapatoria alguna. Si las cosas toman esta dirección, el hombre común (que en estos casos se multiplica por millones) estaría más cerca de sentirse cada vez más acosado o hastiado de ver siempre una misma cara y de escuchar siempre una misma voz, aunque tengan los simpáticos, pintorescos y aparentemente inofensivos rasgos de un personaje de comedia llamado Austin Powers.







