"Ayudo a los pacientes a reescribir su historia"
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"Una frenada me sacó bruscamente de una especie de ensueño de fraternidad universal, realizable a través de la concientización progresiva de los tapsistas, habida cuenta de su enorme poder de difusión. Apenas vi pasar, sonriendo burlonamente, al conductor de una camioneta que le había ganado la bocacalle a mi chofer", lee Rolando Martiñá, educador, psicólogo y autor de La paciente impaciente, su primer libro de cuentos.
Martiñá estudió en el Instituto Mariano Acosta, ejerció como maestro y fue director de escuela. Paralelamente, cursó Psicología y al recibirse trató de encontrar una síntesis entre sus dos profesiones: educador y psicólogo. Desde entonces trabaja en el Programa Nacional de Convivencia Escolar.
"Un día tomé un taxi y el chofer, tras una violenta frenada, lanzó un insulto y comenzó a pasar de Dr. Jekyll a Mr. Hyde, mientras repetía sin solución de continuidad todo tipo de imprecaciones. De repente, y dándose vuelta con los ojos inflamados y las palabras pasando a duras penas entre sus dientes apretados, me dijo, yendo del pianissimo al fortissimo: Por eso, ¿sabe lo que extraño yo, señor? ¿Sabe lo que extraño? ¡El ómnibus escolar!" (Ríe.)
-¿Qué es un tapsista?
-Un término que inventé y que significa taxista psicólogo. Porque, a veces, el taxi es como un consultorio rodante. En el relato, entre el chofer y yo habíamos entablado un diálogo que hermanaba nuestras profesiones y que interrumpió la violenta frenada.
-Se dice que la educación está en crisis. ¿Es así?
-No es de ahora, es un proceso que venimos arrastrando desde hace tiempo. Las causas son muchas, pero hay dos que me parecen importantes porque son dos actitudes que se enfrentan. Por una parte, nuestra educación tiene un exceso de intelectualismo y, como consecuencia, de intelectualoides. Es dogmática y cerrada, poco realista y soberbia. Recuerdo que cuando estudiaba en la Universidad un profesor nos dijo muy suelto de cuerpo: "Este es un esquema verdadero, y si la realidad no entra en él, peor para la realidad".
-¿La otra causa?
-Algo típicamente nuestro, la falta de apego a las normas. No sólo no nos gusta respetar la ley, sino que suponemos que el que la respeta es un verdadero idiota. Las normas están para usarlas si convienen, y si no, para violarlas alegremente. En otros países, el respeto a la ley es fundamental, y no porque sean mejores que nosotros; es que saben que quien no respeta la ley tendrá que dar la cara y será castigado.
–¿No tenemos nada positivo?
–En otro orden de cosas, logramos desarrollar una convivencia que parecía difícil en un país que salía de una guerra civil de 60 años. Desde el célebre día de los tres gobernadores, en 1820, hasta 1880, cuando el país entró en un período de crecimiento, transcurrieron 60 años de sangrientas guerras civiles con miles de muertos.
-¿Cómo nace su vocación de escritor?
-Se despertó en mi infancia, a los 9 años, cuando cursaba tercer grado, por un divertido incidente familiar. Mi madre me había dado plata para que fuera a la verdulería a comprar verdurita, como se le llamaba a un manojo de hierbas para dar sabor a las sopas. Por otra parte, tenía una estrecha relación con mi abuelo Domingo, italiano, amante de la música, pero algo sordo. Cuando salí para hacer el mandado, él estaba en la puerta de calle y me preguntó adónde iba. Le respondí que a comprar verdurita, pero entendió figuritas. Entonces, me dio un discurso: ¡Siempre comprando figuritas! Cuando conté la anécdota en mi casa todos se rieron. Pero esa semana tuvimos que hacer una composición con tema libre, y yo narré la historia. Fue un éxito y la mismísima directora me invitó a la dirección para que leyera la composición. Como el colegio era mixto, por unos días fui el ídolo de las chicas. Estaba muy contento y tomé una decisión secreta: ¡sería escritor!
-¿Cómo congenia su vocación de escritor con la de psicólogo y educador?
-A partir de la síntesis entre educación y psicología publiqué tres libros: Escuela y familia: una alianza necesaria, La comunicación con los padres y Cuidar y educar. Después traté de encontrar una nueva convergencia entre psicología y narrativa. Buscando alternativas cayó en mis manos una novela de título atrayente, El día que Nietzsche lloró. El autor es Irvin Yalom y era profesor de Psiquiatría en la Universidad de Stanford. Pero lo que me entusiasmó fue que utilizaba la literatura en su terapia. La denominaba terapia narrativa. Una consecuencia de esta nueva síntesis es La paciente impaciente.
-¿Qué es la terapia narrativa?
-La que considera el proceso terapéutico como narrativa. Hay dos narradores: el paciente y el terapeuta, que se unen, cada uno con su historia, para escribir una nueva historia. El terapeuta ayuda al paciente a introducir modificaciones en su narración. Y el paciente es dado de alta cuando es capaz de seguir escribiendo solo su historia. Ayudo a los pacientes a reescribir su historia, pero mientras lo hago, yo también reescribo la mía. Porque desde el momento en que nos encontramos, cada uno pasa a formar parte de la historia del otro. Es decir que el terapeuta también es paciente.
-¿Cómo es usted como terapeuta?
-No soy ese psicólogo que se balancea en un sillón, con los ojos entrecerrados y diciendo ajá… ajá…ajá como única respuesta a lo que le cuenta el paciente. Intervengo activamente, dialogo; propongo lecturas, películas; hago comentarios. Porque todo eso también es parte de la terapia narrativa.






