
Baladas de amor al aire libre
Diego Torres: ante un público adolescente, el músico se presentó en Buenos Aires Vivo 2, junto al grupo Los Rancheros.
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Una plácida noche está despidiendo a enero. Las esquivas estrellas compiten con las lucecitas intermitentes de los aviones que de tanto en tanto pasan rugiendo como bólidos por sobre el bosque. Una ligera brisa nos libera del tórrido, impredecible verano de El Niño, y a su vez se encarga de expandir las bocanadas de rock que desde el escenario arrojan con entusiasmo Los Rancheros.
Los miles de teenagers que pueblan ese rincón de Pampa y Figueroa Alcorta no fueron por estos teloneros de la reunión sino por ese muchacho catapultado a la fama, más que por méritos propios, por el prestigioso apellido de mamá Lolita.
Sin embargo, serán Los Rancheros los que mostrarán la mayor vitalidad de una propuesta ligada al rock, con temas ecológicos como "El mensaje del río", o con "Cuando un amor se termina", "El Che y los Rolling Stones" y "Será", para despedirse con un descolgado y escasamente celebrado "Rancho Ôe la Cambicha", que a pesar de su terrorífica impronta anacrónica pareciera constituirse en su insólita marca en el orillo.
La tranquilidad de un público formado por parejas y una mayoría de hermosas chicas entre quince y veinte que parecen de paseo sólo es alterada por las vociferaciones y algunos empujones de los brutos vendedores de gaseosas, cervezas, pirulines y vinchas fosforescentes.
Arriba del escenario se lee "Gobierno de la Ciudad - Vamos a vivir mejor en Buenos Aires", y en la consola de sonido, en medio del verde, cartelitos de Radio Uno. Este es otro encuentro de "Buenos Aires Vivo 2", organizado por la comuna, que ha logrado una apetecible convocatoria.
Diego, el héroe de la noche
Un verdadero suspenso como para recibir al mismísimo Mesías precede la llegada de Diego Torres. En un momento se colocan cuatro columnas romanas y cualquiera pudo pensar que nos mostrarían aquel circo.
Una parafernalia de luces y sonido similar a Encuentros Cercanos indica que se aproxima el héroe de la noche.
Diego aparece de ambo oscuro y camisa blanca en medio de sus músicos, su corito femenino y algún chillido de los que se tributan a los baladistas carilindos (Diego, por cierto, no lo es) para cantar "Dame una razón". Es el primer pop-rock que tira buenas ondas con versos enteramente convencionales.
Cuando acomete su segunda canción "Por la vereda del sol" su público femenino empieza a engancharse, y se entera de paso que su pequeño ídolo vino a cantar gratis y que se dará una tregua de escenarios para grabar su próximo disco.
El sello Diego Torres se completa con la tercera entrega "Luna nueva".
Cualquiera que no haya seguido sus pasos por la canción podrá preguntarse por su éxito. Pero sería como pretender dilucidar por qué se ríe Roberto Giordano.
Diego Torres -lo confirma aquí, en esta noche de verano- es dueño de una voz pequeña y de escasas armas de conquista, si uno se atiene a su poca gracia cuando se mueve y gesticula al cantar (ya que parece no animarse con ningún instrumento).
Las chicas ni trepidan cuando Diego deja el saco para cantar en camisa, mientras un planeta y unas nubes juegan a entrecruzarse en el fondo del escenario.
La fórmula del amor
Las baladas de Diego suenan iguales en sus buenas ondas y en su verso pedestre. Que nadie busque en ellas esa "belleza convulsiva" que reclamaba André Breton, ni esa insolencia que es la verdadera arma de la creatividad. Nada de agitar o de inquietar a la gente.
En ellas -en "Deja de pedir perdón", en "Estamos juntos", ya sobre el final- sobreviven las palabras gastadas por el uso, que desembocan inexorablemente en el lugar común y en la pura fórmula de la canción de amor. Sólo dos instantes salvan a Diego del pensamiento estancado. Cuando acomete los aires españoles de "Alba", grabado junto a Ketama, y cuando se anima con el difícil tango "Nostalgias", en ritmo de balada, respetando incluso algunos semitonos.
"Sean sucios, proclamaban en las paredes los del Mayo francés, pero azucarados, jamás". De esto no se enteró Torres. Ni de que la imaginación es el objeto de conquista por excelencia.
Torres incluso se despachó con su caballito de batalla: "Penélope", de Serrat, en su versión baladística estirada, planchada, mórbida, onanista, a la que le ha quitado notas y ese fuego intenso de una historia desgarrante que los chicos jamás han de conocer por su boca.
Diego no grita y esto es un buen punto en su favor. Pero este pastiche, que es un tibio remedo de Lerner y un sucedáneo light de Nebbia y Fito Páez merece remontarse -si hay inventiva- en busca del valor originario de la palabra, de la magia del verbo, de la conquista del don melódico para escapar del sentimentalismo de supermercado.
De todos modos, cuando Torres se estuvo despidiendo, reclamó con énfasis de los poderosos que nos gobiernan un país más justo y solidario. Esta arenga ciudadana dignifica su propuesta artística.
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