
Barboza, el embajador del chamamé
El acordeonista radicado en París cuenta sus experiencias en Europa y anticipa sus actuaciones de la semana próxima
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"Pocas veces hay una sola razón", dice Raúl Barboza con su voz cálida, casi tan agradable como los sonidos largos de su acordeón. Se refiere a los motivos por los cuales hace doce años se radicó en Francia, y a los que lo trajeron otra vez a la Argentina. Barboza volvió para presentar su última producción, "La tierra sin mal", el 5 de febrero en La Trastienda, y luego en varias localidades de Entre Ríos, Córdoba, Santa Fe y Chaco.
Durante su ausencia, el artista produjo música, cosechó premios y difundió el chamamé en Europa. Ahora está de vuelta con su acordeón. Pero su permanencia será breve porque en Francia lo esperan nuevos compromisos, entre ellos la edición del disco que grabó junto al guitarrista Juanjo Domínguez.
Sonidos en el fueye
En Buenos Aires, el músico se hospeda en una casa del barrio de Colegiales que le prestó un amigo. Allí recibió a La Nación para hablar de las cosas que lo mantuvieron ocupado durante la última década, y de los sonidos que trajo guardados en el fueye de su acordeón para mostrarle al público argentino.
"Pocas veces hay una sola razón -repite, alargando los silencios entre cada palabra-. La partida a París tuvo varias. Por un lado, no quería seguir haciendo el mismo tipo de música. Pero en ese momento también me parecía importante ir a otro lugar para mostrar la cultura guaraní. Así llegamos con mi esposa a Francia, donde tuve que aprender el idioma y explicar qué era lo que tocaba".
En Francia sabían que Barboza era músico y argentino. Por eso rápidamente relacionaron: Argentina-bandoneón-tango. Pero de estos tres elementos el único que le correspondía era el primero. Fue por eso que el artista debió responder muchas preguntas: ¿qué es el chamamé?, ¿qué significa y de donde viene?, ¿se baila y se canta? "Me decían que mis rasgos eran distintos de los de los argentinos que ellos conocían -recuerda-. Entonces les dije que tenía ascendencia aborigen. Eso no lo escondo, al contrario. A pesar de que nací y crecí en Buenos Aires, y tuve amigos de infancia porteños, fui criado como un chico provinciano. Con los años, uno se da cuenta de algunas diferencias, como la manera de hablar y de caminar".
El acordeonista tiene un currículum musical frondoso que comienza en 1950. Ese año fue cuando el pequeño Raúl, de 12 años, grabó el tema "La torcaza" (de su papá) con el grupo Irupé. Más tarde llegaron los conjuntos propios, los trabajos junto a músicos como Hugo Díaz, Mercedes Sosa, la cantante de Cabo Verde Cesaria Evora, y las giras por Brasil, Japón y la Unión Soviética. También participó en la primera grabación de la "Misa Criolla" que Ariel Ramírez registró con Los Fronterizos, y años mas tarde fue convocado para la versión que lleva la voz del tenor José Carreras.
La mudanza a París fue una forma de empezar de nuevo. No tenía contratos ni la posibilidad de comunicarse fluidamente con palabras. Sin embargo, se colgó el acordeón al hombro y salió a mostrar su música. "En ningún momento me sentí mal -confiesa-. Estaba haciendo, a los 50, el trabajo que hacía cuarenta años atrás, con mi padre, Adolfo, que tocaba la guitarra. Imaginé que estaba reanudando una nueva época de mi vida. También pienso que lo que comencé a hacer en Europa fue lo que hicieron mis mayores. Hablo de mi padre, de Ernesto Montiel, de Cocomarola o Esquivel. Allá por el 25 vinieron desde Corrientes hasta Buenos Aires para hacer escuchar el chamamé. En aquella época, venir desde Curuzú Cuatiá tomaba más tiempo que lo que hoy se tarda de Buenos Aires a París". Además de difundir el chamamé, desde que está radicado en Europa Barboza pudo exhibir su talento como instrumentista. Esto quedó demostrado en discos, en festivales como el de Jazz de Montreal, el Alte Oper Frankfurt y el Montreaux de Suiza; y con premios como el diapasón D´Or, o Choc le Monde de la Musique.
Según el acordeonista, las músicas son "primas o hermanas". Y como él es un músico que tiene los oídos abiertos para recibir diversas expresiones, es habitual que se reúna para tocar con sus colegas árabes, africanos, japoneses, judíos y españoles. "Busco el punto común de las música y a partir de allí salimos tocando. Es como encontrarse y dialogar, cada uno desde su ángulo. A veces toco con Pedro Soler, un gran amigo de Yupanqui. Hace flamenco, que parece totalmente opuesto al chamamé, pero existen cosas en común; yo lo acompaño con mi música guaraní, con mis ancestros, y él pone toda la música de sus gitanos".
En busca de los orígenes
La vida de Barboza está plagada de referencias a lo ancestral (a los indios guaraníes, sus antepasados) y de recuerdos de su niñez en Buenos Aires. "Toqué en los lugares donde nacieron mis ancestros, en el monte, donde todavía hay indígenas, porque quería estar con ellos. Logré compartir con la tierra y mostrarle al árbol, al pájaro y al indio qué es lo que estoy haciendo. Ahora vuelvo a tocar en Buenos Aires, la ciudad donde viví la mayor parte de mi vida y donde aprendí lo que sé. Porque, en realidad, nunca me fui. Partí hacia Francia, un país que me abrió las puertas, pero mi sangre está acá".
-¿Qué va a escuchar el público que lo verá en las próximas presentaciones?
-Voy a tocar solo y algunas cosas junto al guitarrista Osvaldo Aguilar. En Europa toco mucho solo y me imaginé que aquí tendría que hacerlo también. En cuanto a lo que verá el público, es evidente que la edad hace que el cuerpo cambie. Mi mano no se mueve con la arrogancia de los 20 o los 30 años. Ahora tiene el andar de un abuelo, que no es un andar decrépito. Estoy tranquilo. Sé que la gente podrá digerir mi música. Hoy tengo más cosas en mi valija para mostrar".
Barboza perdió la arrogancia de los 20 y adquirió la madurez de los 60; y dice que, en el arte, la maduración es muy importante: "Es como esperar el momento para arrancar la fruta del árbol y servir la comida una vez que la carne está cocida. Primero es necesario encontrar el camino. Una vez que se encuentra, hay que tratar de que las fuerzas materiales no lo desvíen. Si no se puede vivir del arte hay que hacer otra cosa, yo lo hice, pero cuando uno toma el instrumento para tocar debe pensar que los ojos de sus abuelos lo están mirando".
Un disco con sabor indígena
"La tierra sin mal", la placa de Barboza que próximamente se editará en la Argentina, está mayormente inspirada en las creencias de los indios guaraníes. "Hice algunos temas pensando en la búsqueda que ellos hicieron de una tierra sin mal -confiesa el acordeonista-. Los imaginé en el bosque, esperando partir, cantando y pidiendo al gran espíritu creador que los guíe, los ayude a alimentarse, les evite las enfermedades. Casi todos los temas tienen que ver con este misterio".
Uno de los temas, "El último ona", está dedicado a los antiguos habitantes de Tierra del Fuego, pero con él Barboza también rinde tributo a todas las comunidades aborígenes de la Argentina. "Es un homenaje al indio. Cuando hablo del guaraní o del ona también estoy pensando en el toba, el mataco, el mapuche o el colla. No necesito tocar un carnavalito para referirme al colla porque hoy todas las comunidades tienen los mismos deseos y sufren los mismos males. Son pobres, muy pobres, y sus corazones son abiertos y generosos", asegura.
Barboza mantiene una estrecha relación con una comunidad guaraní de Misiones. Uno de los motivos de su visita es un bautismo que se celebrará hoy según el rito de este pueblo. "En el 96 les pedí a unos amigos que me acercaran a una comunidad guaraní. Fue agradable y se dio una gran amistad. Hicimos música, cantamos y tocamos. Me sentí como en mi propia casa. Y hace poco, el maestro bilingüe Catalino Martinez me pidió que fuera padrino de su hija. Es por eso que viajamos con mi esposa para las celebraciones".
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