Benigni, el nuevo niño mimado de la Academia
Nadie le podrá discutir a "Shakespeare apasionado" el título de gran triunfadora de la noche de los Oscar. La asisten los números -siete premios-, la importancia de las categorías que conquistó -dos de las cuatro principales- y hasta la opinión de los especialistas. En su último número, la revista Premiere consultó a algunos de los más conocidos críticos norteamericanos para establecer cuáles eran, a su juicio, los cien films más notables de la temporada 1998 y la deliciosa comedia de John Madden que hace conjeturas sobre la vida sentimental del joven Shakespeare se ganó el primer lugar por encima de "Rescatando al soldado Ryan", "Un romance peligroso", "Felicidad" (ambas olvidadas por la Academia), "Dioses y monstruos" y "The Truman show".Sin embargo, a todos nos queda un poco la impresión de que el protagonista de la fiesta fue, en realidad, Roberto Benigni, y de que sus tres estatuillas, tanto como el eco ruidoso con que la platea de invitados celebró cada una de sus alborozadas ocurrencias, no hizo sino corroborar algo que ya venía olfateándose en el ambiente del cine: el expansivo cómico toscano es el nuevo niño mimado de Hollywood. Y la Academia, con su triple reconocimiento, acaba de declararlo formalmente.
* * *
Atrás quedaron los recelos que despertó en principio el tono de su film -una tragicomedia sobre el Holocausto-; atrás las polémicas, que probablemente agitaron más a la prensa especializada que a los espectadores. "La vida es bella" -también puede comprobárselo en nuestro país, donde ya la han visto más de 400.000 espectadores-, enternece con el romanticismo ingenuo de su protagonista, hace reír con su humor chaplinesco y con su caricatura burlona del fascismo, pero sobre todo conmueve al descubrir el hondo sentimiento que lleva a un padre a exponerse a todos los peligros y atreverse a los mayores disparates con tal de proteger a su hijo de los horrores de la realidad.Podrá haber mil discusiones en otras tantas mesas redondas sobre si es lícito o no llevar el humor al ámbito sombrío de un campo de concentración, podrá enjuiciarse la actitud ética del personaje y la del cineasta que lo imaginó -o tal vez lo construyó a partir de los recuerdos de su propio padre-, pero no podrá dejar de reconocerse la entrañable humanidad que anima toda la historia. ¿No es acaso comprensible que ante un mundo entregado al espanto, el odio y la locura, un padre prefiera esconder la verdad y disfrazarla ante los ojos de su hijo con la vestimenta de un juego que obliga a muchos sacrificios pero promete recompensas fantásticas?Cabe sospechar -como sucede muy a menudo en el Oscar cuando llega la hora de premiar interpretaciones- que ese personaje de la ficción se haya confundido en el corazón de los votantes con el comediante sensible y jovial que le prestó en la pantalla su espíritu juguetón y también con ese exaltado y simpático Benigni de carne y hueso que se sale de todos los libretos y desacartona todas las ceremonias.Al comediante, aunque nunca alcanzó antes tamaña popularidad, ya se lo conocía del lado de acá del Atlántico. Había estrenado su slang anglotoscano, a las órdenes de Jim Jarmusch y al lado de su inseparable principessa (Nicoletta Braschi), hace trece años, en "Bajo el peso de la ley". Supo trabajar a la sombra de dos grandes -Federico Fellini (en "La voz de la luna") y Bernardo Bertolucci ("La luna")- y hasta heredó un apellido de cómico linaje cinematográfico: el de Clouseau, en "El hijo de la Pantera Rosa", de Blake Edwards.Al hombrecito dicharachero que se define "flaco, feo, sin dientes y un poco peludo" Hollywood lo empezó a conocer más tarde. Quizás el fulminante romance que acaba de hacerse público empezó a crecer aquella noche de mayo en que -¿anticipo de su estrepitoso show del domingo último?- Benigni hizo trizas el elegante protocolo del Festival de Cannes, saltó al escenario hecho una tromba y se postró a los pies de Martin Scorsese, para evidenciar su admiración, su gratitud y su emoción tras recibir el premio del jurado.
* * *
Los tres -el librero judío de Arezzo en la ficción, el actor y director nacido en 1952 que se fogueó en el teatro y la TV antes de revelarse como uno de los mayores talentos cómicos de Italia y este torbellino imparable que se metió en el bolsillo a la privilegiada platea del Dorothy Chandler Pavilion y a la multimillonaria teleplatea mundial- se parecen bastante. Hollywood le declaró su amor y no hubo ojos para la sutileza de Ian McKellen ni para el vigor expresivo de Nick Nolte. (En cuanto a Tom Hanks, es probable que se haya quedado perplejo al comprobar que la magia de Hollywood alcanza para hacer que un tanque solo pueda más que todo el ejército aliado).
* * *
Puede que al film de Benigni -derroche de originalidad y de atrevimiento- le falte la chispa de poesía que a su idolatrado Chaplin parecía brotarle con tanta naturalidad y en las situaciones más inesperadas. Pero la Academia supo reconocer que "La vida es bella" traía -como "Shakespeare apasionado"- lo que a Hollywood parece estar haciéndole más falta y que otros cines están en condiciones de proporcionarle: ideas nuevas.Como le gusta decir a Benigni, hay que confiar en ellas porque son las únicas armas con que cuenta el cine europeo para hacer frente al avance de la gran industria. Y porque está visto que siguen siendo "los efectos especiales más poderosos".






