
"Blade", un cazavampiros encerrado en la historieta
"Blade, cazador de vampiros" ("Blade", EE.UU./1998, color). Producción hablada en inglés, presentada por Warner-Fox. Basada en los personajes Blade y Deacon Frost, creados por Marv Wolfman y Gene Colan para Marvel Comics. Guión: David S. Goyer. Intérpretes: Wesley Snipes, Stephen Dorff, Kris Kristofferson, N´Bushe Wright, Donald Logue, Udo Kier, Traci Lord. Fotografía: Theo van de Sande. Música: Mark Isham. Diseño de producción: Kirk M. Petruccelli. Dirección: Stephen Norrington. Duración: 120 minutos. Calificación: sólo apta para mayores de 16 años. Nuestra opinión: regular.
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Las cosas han cambiado mucho en el tenebroso mundo de los vampiros. Antes, eran almas sin sosiego, criaturas que habían sido herejes, criminales o suicidas y que salían de sus tumbas por la noche (sólo por la noche: la luz los aniquilaba), para beber la sangre de los humanos. No tenían sombra ni se reflejaban en los espejos y bastaba con enfrentarlos a un crucifijo para neutralizar sus poderes.
Ahora, en cambio, no hay cruz que los detenga, de la luz se resguardan bajo los negros cascos de los motociclistas o untándose con alguna pantalla solar de alto factor de protección. Además, el mestizaje ha dejado su huella: los pura sangre son cada vez menos, y hasta existe una suerte de curso preparatorio -colmado de exigencias, claro- para los aspirantes a vampiro. Que los hay, incluso en la policía.
Sólo el modesto ajo, preferentemente inyectable pero ajo al fin, conserva sus nobles propiedades. Aunque, de todos modos, cuando hay que enfrentarse con los chupasangre, que están infiltrados por todas partes y se disponen a terminar con los mediocres humanos y apoderarse del planeta, conviene estar bien entrenado en artes marciales, contar con modernísimas armas cargadas con balas de plata capaces de pulverizarlos y, si es posible, combinar -como dice la propaganda del film- "el poder de un inmortal, el alma de un hombre y el corazón de un héroe". Además de los músculos de Schwarzenegger, la destreza acrobática del Van Damme de los buenos tiempos, el oficio para abrirse paso con el pesado sable de un samurai y un imponente atuendo negro todo cuero y metal, capa incluida.
Como Blade. Nadie mejor pertrechado que él para enfrentar a los malignos. Primero, porque siendo mitad vampiro mitad humano tiene todos los poderes de los seres nocturnos pero ninguna de sus flaquezas.
Segundo, porque lo anima una motivación personal: quiere vengar la muerte de su madre, atacada por un vampiro poco antes de su propio nacimiento. Tercero, porque cuenta con el respaldo técnico y moral del fraternal Whistler, el veterano hippie cazador de vampiros que lo ha adiestrado y que es su única familia.
Deprisa, deprisa
Que en la vida del Caminante Diurno aparezca una mujer -médica, experta en hematología y reciente víctima de los colmillos de un aparente moribundo- no quiere decir que habrá romance. Blade no es demasiado sensible a los encantos de la morocha. El acercamiento erótico más inquietante se producirá cuando ella le ofrezca su yugular al héroe para que recupere las fuerzas en una escena cuya sugestión, de todas maneras, escapa a la hiperkinética dirección de Stephen Norrington.
El realizador británico, fogueado en la precipitación del videoclip, se ocupa de que todo suceda a gran velocidad, vigila que no haya escena sin remate de gran acción, sobredosifica un horror que sólo será eficaz en plateas predispuestas al susto, supervisa el derroche de líquido rojo y se entusiasma con las cámaras aceleradas o lentas, con los combates de compleja coreografía y con las imágenes propias del cómic.
Blade viene de ahí, y Norrington no lo pierde de vista para la concepción visual de su aventura.
Lástima que no aproveche esa misma condición para poner en juego verdadera fantasía -la ambigua naturaleza de Blade está desperdiciada- y se conforme con la acción típica de los productos de Hong Kong y la mera acumulación de efectos, que a veces parecen ingenuos y a veces, francamente torpes.
Wesley Snipes -músculos de piedra, rostro ídem- está al frente de un elenco del que apenas pueden rescatarse la desenvoltura de Kris Kristofferson y la exasperada perversidad de Stephen Dorff, un vampiro mestizo, ambicioso y conspirador que husmea legendarios secretos vía computadora mientras se entretiene en fiestitas decadentes donde la sangre se sirve con canilla libre.






