
Borges, el otro, el mismo, el de las milongas
Yo no vivo encerrado en una torre de marfil, le replicó hace años Jorge Luis Borges a ese estudiante francés en el Collége de France, en París.
Borges ratificaba, en la ciudad cultural por antonomasia, aquello que había puntualizado en el prólogo de "El informe de Brodie".
Aquella imagen del Borges eminente, inalcanzable, es la que han multiplicado los desdeñosos comentarios de quienes no lo han leído, o que apenas han hojeado alguno de sus cuentos, poesías o ensayos.
El Borges metafísico, hermético, insondable, universal de "Historia de la eternidad" y "Otras inquisiciones" se encargó de esconder al otro, al mismo: al olvidado escritor profundamente argentino, ese cuasi apócrifo Borges (para el estudiante francés) que dictó la odiosa pregunta.
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Para conocer su prolífico y polifacético genio es menester emprender un camino de ida y venida por sus mundos reales e imaginarios, sus visiones, sus obsesiones. Echar una mirada retrospectiva desde la filosofía y las abstracciones de su "Historia de la eternidad" (1936) -que abrió el camino hacia sus más célebres ficciones- hasta el temprano "Fervor de Buenos Aires" (1923), y otra prospectiva -que afianza esta primeriza declaración- hacia esas milongas que habitan en "Para las seis cuerdas", escritas en 1965.
No ha de ser una visión cronológica. Tampoco el inútil gesto del panegírico, ni la exaltada defensa del creador anatemizado a veces desde lo ideológico. Borges no lo precisa.
Lo ideal es acercarnos, o redescubrir, al Borges entrañablemente nuestro. Al que empezó confesando, casi prosaico, en "Fervor...". "Y sentí Buenos Aires./Esta ciudad que yo creí mi pasado/es mi porvenir, mi presente; los años que he vivido en Europa son ilusorios,/yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires".
Desde allí habremos de llegar, finalmente, a ese punto exacto del Borges de la milonga. Del Borges colado subrepticiamente en la primigenia música ciudadana nacida en las orillas de Buenos Aires; en la mismísima música popular.
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La memoria colectiva ya hizo suyo aquellos versos anticipatorios de "Fundación mítica (mitológica) de Buenos Aires", de 1929 -los treinta años de Borges-: "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires: la juzgo tan eterna como el agua o el aire". O la cita recurrente de "Buenos Aires" (precedida por otra poesía homónima, evocativa, no ominosa como esta segunda) en "El otro, el mismo", de 1964: "No nos une el amor sino el espanto; será por eso que la quiero tanto".
Otros muchos han de recordar, sin duda, la antológica milonga "Jacinto Chiclana" con notas de Astor Piazzolla, que difundieron hace años las voces del Cuarteto Zupay.
Es menester partir de "Fervor..." para encontrar al Borges buceador de zaguanes, aljibes, patios, calles, plazas y atardeceres de arrabal, en una ciudad -la verdadera, la entrañable, con su lenguaje y costumbres- muy próxima al campo.
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Hay una frase increíble de quien, como él (con su mitad de sangre inglesa), disfrutaba con "la música verbal de Inglaterra", en "El tamaño de mi esperanza": "A los criollos les quiero hablar, a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa...,ellos son los gringos de veras...,y con ellos no habla mi pluma. Quiero conversar con los otros, con los muchachos querencieros y nuestros que no le achican a la realidá (sic) a este país".
Ya estamos inmersos desde los poemas de "Luna de enfrente" (1925) hasta este "Cuaderno San Martín", de cuatro años después, y el ensayo sobre el amigo "Evaristo Carriego", del treinta, en esa orilla de episodios y personajes, de evocación elegíaca o épica de las muertes que recogieron los cementerios de la Chacarita y la Recoleta, y de aquel Palermo de infancia, con su predestinación de guapos del cuchillo y del coraje.
Ya vamos camino de la milonga.




