
Brad Pitt filmó en La Plata en Mendoza
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MENDOZA.- La experiencia es una fiesta para los sentidos y un atentado contra los más elementales principios del razonamiento ya que a juzgar por lo visto, la utopía existe y queda en Mendoza.
En las afueras de la localidad de San Martín, un enorme predio donde funcionaba un complejo de depósitos, es tierra liberada para el rodaje de "Siete años en el Tíbet", el film de Jean-Jacques Annaud, protagonizado por Brad Pitt. Inútil es buscar aquí algún vestigio de realidad, de coherencia geográfica, de lógica temporal. Aquí la vida trasncurre en dimensión onírica.
Evidentemente, se trata de un sueño de grandeza. Gigantescas estructuras de caños metálicos y madera; escaleras que desafían al cielo; una típica calle tibetana; un edificio de tres pisos que lleva al corazón del mundo oriental; Brad Pitt hablando por un teléfono celular mientras camina a cielo abierto, después del almuerzo y antes de regresar al set.
Un grupo de hombres tibetanos, vestidos de soldados y aguardando su turno para filmar con la segunda unidad, se recuesta en el césped, frente a la megaestrella, dejándole vivir su vida con todo respeto, como si no estuviera en la Argentina del acoso y las avalanchas; un reguero de vehículos utilitarios siempre listas para partir donde la producción indique; un puñado de vehículos que han renunciado a su destino de movimiento para travestirse en motor-homes, esa suerte de casas trashumantes que alojan a los actores durante las largas horas de espera que implica toda filmación; galpones capaces de abrigar bajo un mismo techo templos budistas, una casa austríaca de los años "50 y el despliegue de una troupe de rodaje contemporánea que trabaja aquí y ahora, para contar una historia que sucedió allá lejos y hace tiempo.
Yendo del Tibet a Austria
Es jueves 18 de enero, el anteúltimo día de filmación en tierras mendocinas. La ciudad de fantasía ha amanecido a las ocho, con la llegada del equipo y el director.
A las nueve, Jean-Jacques Annaud recorre el set donde dará rienda suelta, durante doce horas, a su gusto por contar mundos inventados. Desde allí ve llegar a la cronista de La Nación -el único medio argentino que compartió una jornada de filmación en Mendoza-, y se acerca a saludar.
A juzgar por la buena disposición con que se ofrece para acompañar a recorrer una serie de decorados a la única periodista que ese día presencia el rodaje, nadie diría que este hombre vestido con jeans, camisa y zapatillas, es quien carga sobre sus espaldas con la responsabilidad de una superproducción de 60 millones de dólares, para la que llegaron a trabajar, simultáneamente, 700 personas, provenientes de 23 países.
"No se preocupe. Ya está todo hecho. Sólo falta filmar", bromea Annaud.
Llegar al templo tibetano, que el realizador elige como punto de partida de la visita, implica atravesar una serie de construcciones laberínticas donde la luz se va tornando cada vez más escasa. Annaud se mueve en la oscuridad con la destreza de un jugador que pisa una cancha donde ha gastado varios botines.
De pronto, en la penumbra, surge el templo en todo su esplendor. Vano es esforzarse en pensar que sólo se trata de una escenografía, que en pocos días más cada detalle de ese santuario será desmontado, que todo ha sido edificado dentro de un galpón en la provincia de Mendoza. El caprichoso mundo de las sensaciones sucumbe al señuelo de una ambientación superlativa: cualquiera juraría que la espiritualidad oriental flota en el ambiente, que se respira un aire sagrado.
Basta salir a la luz del día, para retomar contacto con el mundo occidental: obreros cargando enormes listones de madera, otros levantando las mesas donde se ha servido el desayuno.
Al cabo de unos metros, el director propone subir una escalera y dejarse llevar por las curvas de un camino empinado. En un abracadabra, desaparece todo indicio de cualquier geografía familiar. Sólo hay silencio, paredes blancas y una calllecita de forma zigzagueante.
"Estamos en una calle del Tíbet -aclara Annaud con la naturalidad de una guía turística-. Allí está armado el interior de la casa en la que habita el personaje de Brad Pitt cuando vive en el Tíbet. La fachada, en cambio, la filmamos en Uspallata". Dentro del decorado lo espera parte del equipo. Annaud observa con detenimiento. Hace una obser- Ayer, el interés de fotógrafos y periodistas coincidía con el de las fans: acercarse al guapísimo Brad Pitt. La prensa había sido citada al interior de la estación de trenes de La Plata, donde hasta el próximo jueves se filmará "Siete años en el Tíbet", de Jean-Jacques Annaud. Las fans, se habían invitado por cuenta propia e hicieron guardia desde la madrugada.
Pitt llegó a la estación de trenes a las 8. Vestido con un jean negro y remera blanca, hizo un recorrido por el lugar. Un grupo de adolescentes coreaba su nombre, sin creer que obtendrían respuesta. Pero sucedió todo lo contrario:Brad se dio vuelta, les regaló una sonrisa y levantando la mano, las saludó.
La prensa sólo pudo verlo fugazment,e pasado el mediodía. Su aparición frente a los flashes y las cámaras de TV, dura lo que un suspiro. Pitt se limita a cruzar de un andén -donde está ubicada a la prensa- al que está enfrente. El actor lleva puesta la ropa de Heinrich Harrer, el personaje del alpinista que interpreta en la película. Eso le exige soportar un traje de lanilla y un sweater beige, a pesar de la muy elevada temperatura de este mediodía de verano.
Brad Pitt hace un viaje de película
Después de rodar en Mendoza, la estrella de "Siete años en el Tibet" llegó a La Plata, cuya estación parece austríaca
Eugenia Falco es una adolescente que viajó desde la localidad bonaerense de San Antonio de Padua con el único propósito de ver de cerca a Brad Pitt. "Me acompañó mi mamá porque tengo 16 años y no me deja venir sola", contó.
Ella es apenas una de las cientos de fans que montó guardia desde ayer a la madrugada frente a la estación ferroviaria de La Plata. Como Soledad Bordón y su amiga, Alejandra Peta, ambas de 14 años, promete permanecer en el lugar durante los tres días de filmación.
La aparición de la estrella, frente a los flashes y las cámaras de TV, dura al mediodía lo que un suspiro. Pitt se limita a cruzar de un andén -donde está ubicada a la prensa- al que está enfrente.
Allí, el equipo técnico y el director se mueven en medio de un hervidero de extras, vestidos de época. Están ultimando los detalles para rodar la escena con la que se abrirá el film:el momento en que Harrer (Pitt), se despide de su esposa que está embarazada y parte junto a su amigo Peter Aufschnaiter (David Thewlis) para intentar escalar uno de los picos más altos de los Himalayas, el Nanga Parbat.
Evidentemente, Pitt se siente más seguro en el andén donde filmará junto a sus colegas, que en aquel en que debe trabar contacto con la prensa. Saluda con un breve "Hola", y corre, seguido por tres personas de seguridad, a un territorio en el se siente a salvo de los flashes a los que por experiencia, sospecha siempre indiscretos.Hace un par de años, un paparazzi lo siguió hasta el refugio de Saint Bart, donde suele ir a descansar con su novia, y fotografió a los dos desnudos. Desde que vió aquellas imágenes publicadas en la prensa amarilla, Brad prefiere alejarse de los reporteros gráficos.
Hacer las paces
En los alrededores de la estación, no sólo había adolescentes suspirando por el bueno de Brad, sino también un considerable número de varones que trataban de ver al actor. Alejo Velázquez, de 17 años, trabaja en un local de la avenida 1, y confesó que lo que más le interesaba de la situación, era observar cómo gritaban las mujeres.
El calor y las horas de espera, provocaron algún desmayo aislado entre las adolecentes que, inmeditamente fueron socorridas por las ambulancias privadas que rodeaban el edificio de la estación del ferrocarrill.
Seguramente como prenda de paz, después de las largas discusiones entre la producción del film y los comerciantes platenses, sobre la vereda de los negocios de la calle 1, se había colocado un cartel que decía:"Welcome to Argentina, Brad Pitt".
El comienzo de la filmación alteró en parte el ritmo cotidiano de la ciudad de La Plata. Muchos taxistas tuvieron que alterar la ubicación de sus paradas tradicionales, pero varios automovilistas coincidieron en que, si no se transitaba con apuro, no había grandes dificultades.




