Brisky hace memoria
Tras regresar al cine en el film más reciente de Alejandro Agresti, el actor pasa revista a una vida pasada entre compromisos y exilios
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Una noche cualquiera en un restaurante de la zona de Corrientes y Montevideo. En una mesa vecina, el premiado director argentino Alejandro Agresti preside una comida con abundantes comensales: varios actores y el productor Pascual Condito. El tema central de las conversaciones es la activación de la posproducción de "La cruz", la última película del realizador.
Tras el brindis -era un viernes, a las dos de la madrugada-, Agresti nos incluye en una invitación: "¿Vamos a mi casa a ver "La cruz"? Tengo una doble banda y podemos apreciarla bastante bien". Entre los invitados, uno de los de la mesa grande, estaba Norman Briski, el protagonista de esa película. Tuvo un temblor cuando escuchó que todos accedieron complacidos.
La caminata fue breve. A pocas cuadras, en el pasaje Rivarola, en casa del director, un televisor gigante permitió, por encima de todo, admirar el trabajo de Briski, su juego constante en la elaboración de una espontaneidad jocosa y crispada, intensa y desgarbada, finalmente trágica.
La improvisada platea se deshizo en aplausos con la promesa de una conversación posterior con Norman Briski para hablar sobre la película.
"Prefiero que tu deseo sea hablar conmigo. Después, la película." Así aceptó Norman.
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El diálogo con Norman Briski es simple y, a la vez complejo. Es verborrágico y palabrero en la constitución permanente de una inteligente jerga desde la que define situaciones, habla de sí mismo y recuerda los momentos gratos -o no tanto- de su vida.
Con la palabra "entre" designa la capacidad del actor de trabajar de a dos, como única posibilidad de encuentro creativo. Otro vocablo, "estados", le sirve para indicar el método de Agresti para producir situaciones dramáticas sin meterse a contar una historia al modo tradicional. Tampoco estamos seguros de la traducción de esos términos -y de otros- sea la correcta. Lo mejor es escucharlo.
"Agresti se metió en mi vida cuando creía que ya era imposible conseguir nuevos amigos, verdaderos amigos". Briski sólo cree en los amigos de siempre: "Tato Pavlovsky y los otros, los viejos, los de siempre. Vos, ¿podés imaginar que uno pueda hacerse de nuevos amigos como si fueran los de aquella época."
Conoció a Agresti por Laura, ex mujer del actor que trabajó en otras películas del director. "Sintonizamos en seguida. Me citó en el café de la librería Gandhi y cuando llegué lo encontré jugando al ajedrez. Me acerqué y creo que eso fue mágico: nos conocimos jugando y eso fue suficiente y por eso llegamos a una comunicación inmediata y profunda. Empecé de a poco a entrar en su mundo, que se parece tanto al mío."
El primer proyecto juntos fue realizar una película en el Sur, pero no pudo ser. "El proyecto queda y, si Alejandro se lo propone, no va a fallar." Briski venía de trabajar en la película que el argentino Ciro Cappellari dirigió en Ingeniero Jacobacci, también en el Sur, con Angela Molina. "La propuesta era regresar a una tierra conocida", añade el actor.
La relación con Agresti se dio así, "como se daban antes las amistades: ir a comer y seguir hasta cualquier hora, comiendo, tomando vino y coincidiendo."
"Agresti no filma como todo el mundo -Briski es testigo, en carne y hueso-, deja a un lado el cuentito, la historia, para filmar estados y sólo eso. Es lo único que a mí me interesa: encontrar estados para actuar, para crear esas situaciones que dese antes tenemos escritas dentro de nosotros y que sólo toman forma con la actuación... o con la dirección, en el caso de Alejandro, que es como mi hermano menor".
Le preguntamos qué son esos estados. "Es lo que supera lo imaginable".
Según Norman, Agresti se hace amigo de todo el mundo, "hace lo imposible; hasta se mete en la bañera mientras filma en el baño y desde allí nos habla y sugiere cosas. Alterna el rodaje con palabras y e indicaciones y está cada vez más cerca, habla y habla y se ríe y goza mucho. Tuvo que cortar una toma terminada porque se metió su propia risa en el sonido directo. ¡Imagináte, tener que eliminar lo hecho porque quien se rió fue el director! Los directores siempre han sido gente seria. Agresti juega, juega... y filma. Hubo un entre muy profundo a través de este trabajo; fue meternos en una coincidencia total."
Del escrito al hecho
Suponemos que había un guión para hacer "La cruz". "Un guión... un guión, sí, claro, había un libro escrito y bien cerrado. Lo seguimos, por supuesto, pero de un modo no convencional. Lo mismo me pasa con Rodolfo Ledo, mi guionista de televisión en el programa de Guillermo Francella: me tira unas líneas, creamos un estado y lo desarrollamos. Es la coincidencia total."
En el momento de recordar algunos aspectos del pasados artístico y profesional de Briski, el Di Tella no puede estar ausente. "Tampoco hay que olvidar que mi proyecto teatral fue siempre, sin excepción, político, sobre todo en los años sesenta y setenta. Yo me metí en el peronismo de base y mi deseo, como el de otros muchos, era meterme socialmente en la actuación."
"Pero el Di Tella me trae reminiscencias impostergables -Briski se atraganta, cruzado por una emoción que delata la profundidad de los recuerdos-. Yo no estaba de acuerdo con Romero Brest, que dirigía el Di Tella, aunque su pensamiento era muy moderno, seguramente ya posmoderno: su pensamiento estaba muy estructurado y creo que no estaba para nada de acuerdo con nuestro modo de hacer teatro. La sala estaba a cargo de Roberto Villanueva y éste es quien se lleva todos los méritos. A Villanueva hay que agradecerle todo: permitía que nos tomáramos aquellas libertades."
Otro de los caracteres de la actuación teatral de Norman Briski fue rodear la calle Corrientes, pero no caer en ella. "Siempre hice teatro marginal. Preferíamos desarticular todas las reglas, imponernos desde nosotros mismos, aunque hoy somos menos idealistas que entonces. Ahora ya no creo en el individualismo: debe haber un entre, de a dos o de a más. Los jóvenes actores de hoy llegan cxon ese entre."
En su historia también hay un doloroso exilio. "Fue muy duro. Pusieron una bomba en mi casa. Cada vez que paso por un aeropuerto empiezo a temblar, a temblar. No es que vaya a los aeropuertos a temblar... me pasa. Tuve que aprender a armarme, algo que estaba tan lejos de mi condición de actor, para defenderme. Emigré a Perú, donde también me persiguieron. Me metí en la selva y me quedé ahí un tiempo. Daba clases de teatro por comida en comunidades. Aprendí a pescar mejor de lo que lo hacía. Después me fui a México. En general, no me iba bien como actor. No conseguía trabajo en los escenarios; daba clases. Estuve también en Venezuela, donde los amigos me ayudaron. Con Nicolás Casullo, el filósofo, aprendimos a compartir los pejerreyes que pescaba.Soy menos agradecido de lo que debiera con aquellos amigos entrañables. Después viajé a Francia; también me fue mal, aunque estuve un tiempo largo. De ahí me fui a España. Me ayudaron y en España trabajé en cinco películas."
El exilio, una herencia conocida
Briski siente la experiencia del exilio como una herencia. "Mis viejos vinieron a la Argentina no sé de qué exilio europeo. Eran judíos emigrados, mi madre de Lituania y mi padre de Polonia, cerca de Minsk. Viví el exilio como si ya lo hubiera vivido antes, con igual dureza. Seguramente, mis padres se embarcaron para los Estados Unidos, pero se les terminó todo antes y cayeron por aquí. Se fueron a Santa Fe, donde nací yo, y luego a Córdoba."
De Córdoba, Norman vino a Buenos Aires, a los veinte años, en 1958. "En esa época no pensábamos en el hambre y siempre había algo para pagar la pensión y teníamos lo necesario para los tallarines en Pippo, donde íbamos todos. Por entonces, estudiaba teatro con Juan Carlos Gené."
Parece que la melancolía hiciera referencia indirecta a estos tiempos que corren. "Esta Argentina me preocupa mucho, despreocupada como está de todo, despolitizada y desordenada, tan desorientada. Nadie sabe adónde vamos. No hay un proyecto. Los tiempos han cambiado para mal.
"Cuando volví del exilio, mi último lugar había sido Nueva York. Di clases en Harvard y en Nueva York trabajé arreglandomcon las manos un departamento que estaba abandonado en Harlem. Con unos vecinos tomamos un edificio vacío y lo hicimos de nuevo."
Annette Insdorf, profesora de cine de Universidad de Columbia, figura entre los recuerdos más firmes. "Fue una guía permanente para mí. Me llevaba a ver las películas antes del estreno. Un día, muchos después, le llevé a un amigo, Eduardo Newark, mi psicoanalista al regreso del exilio, que sabe de cine y habla muy bien inglés. Al regreso, necesité un psicoanalista bilingüe, porque volví hablando sólo en inglés. ¡No podía hablar en castellano!... Me había propuesto tener lejos todo esto y a la vuelta me era imposible retomar mi lenguaje".






