
En su pico de popularidad, Catupecu salió a tocar en vivo su momento más doloroso con una ayudita de los amigos y los fans
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A la vista. Con las heridas literalmente aún abiertas, Catupecu Machu está escribiendo este tramo de su historia desde la sala del Hospital Fernández donde está internado su bajista y productor Gabriel Ruiz Díaz. El gravísimo accidente que sufrió –y lo mantiene en terapia intermedia al cierre de esta edición– coincidió con el que es, sin duda, el momento de mayor ebullición popular de la banda nacida en Villa Luro en la década del 90. Como pruebas, están los dos recientes hits que inundaron las radios ("En los sueños"), la gran proyección latinoamericana y la convocatoria récord (iban a ser tres Obras cubiertos; fue uno al aire libre, el primer estadio propio de su carrera, para unas 10 mil personas).
Lo decía días antes el propio Fernando, buscándole explicación al accidente, reflexionando en su estilo profundo y espontáneo sobre la salud de su hermano: "A Gaby, literalmente, le estalló la cabeza. Venía a una velocidad acelerada en la vida. Estaba en un momento creativo. Se había comprado tres bajos, estaba sacando todos los temas de Charly y Soda, había vuelto del viaje a Londres con una energía imparable. Al mismo tiempo estaba muy metido con sus lecturas zen. No le entraban todas esas cosas en la cabeza. Pero eso lo salvó: porque si no le estallaba la cabeza en el accidente, si no se le hubiera abierto el cráneo, ahora estaría muerto".
Esos primeros días en el Fernández fueron intensos. Entre la desesperación y la incomprensión de lo sucedido: una mala maniobra de Gabriel, en la madrugada, mientras manejaba su vw Fox recién comprado escuchando la banda Bloc Party junto a César Andino de Cabezones, a quien había pasado a buscar por The Roxy para irse a tocar a Bariloche en un avión que los esperaba unas horas después. Entre los primeros partes médicos y la esperanza de "un milagro". Entre el entusiasmo por las primeras reacciones del cuerpo de Gabriel y las hipótesis sobre su recuperación (los doctores hablan de estabilidad en los signos, sostienen que tiene muy comprometidos los órganos oculares y que habría recuperado bien algunos reflejos). "El es el que me enseña a mí a frenar", repetía Fernando. "Esto tendría que haberme pasado a mí. No puedo dejar de pensar que él, con esto, me sigue enseñando algo…"
De hecho, el concierto –al que las palabras "emoción" o "catarsis" le quedan si no chicas al menos inapropiadas por el exceso de uso– sirvió no sólo para las lágrimas sinceras sino para redimensionar los atributos que llevaron a Catupecu a este escalón de popularidad.
Por el lado musical, ellos son el exponente masivo de una muy particular escena de "emo-rock" latino, que no reconoce referentes directos en el resto del mundo pero a la que pertenecen por familiaridad, sonora y estética, dos protagonistas de la velada en Obras: Massacre y los mismos Cabezones, cuyo líder, César Andino, intentó estar presente pese a las múltiples operaciones que lo mantienen postrado, pero firme. Si Babasónicos, durante los 90 y en el 00, caminó hacia la fama a contramano de los cánones del rock local sin adherir fielmente a ninguna escuela o escena mundial, Catupecu decidió trazar una diagonal, un atajo no transitado: se abrió paso rindiendo tributos a grandes nombres locales en apariencia irreconciliables (un firmamento propio definido por la admiración a Soda Stereo/Cerati, Ratones Paranoicos y Sumo/Divididos) pero también prestando oídos a otras sensaciones (del punk a Smashing Pumpkins, de la masividad de Depeche Mode al nü metal). Las presencias igualmente festejadas y afectuosas de Diego Arnedo, Zeta Bosio y el "Zorrito" Von Quintiero, y las contagiosas versiones de "En remolinos" (de Soda) y "Anhelo plan B" de Massacre fueron prueba de ese camino. Fue tan raro como difícil de ver: estaba Catupecu en escena y no estaba Gaby. El ingeniero de sonido, quizás involuntariamente, mantuvo en alto del volumen del bajo: se escuchó esa cabalgata que es Arnedo, ese bajo gordo de Von Quintiero, la ductilidad de Zeta, la emotiva y sorprendente eficacia de Rocino (de Cuentos Borgeanos) y detrás de todo eso sonaba la ausencia, del mismo modo que cuando apareció Miguel Sosa para entablar el duelo "Entero o a pedazos".
Pero más allá de lo musical también fue, sobre todo, una prueba contundente del tipo de vínculo que Catupecu construyó con sus seguidores. Allá por los 90, cuando la banda avanzaba desde los clubes de Villa Luro hacia el Centro, había un tema emblema de sus híper agitados conciertos de contundencia hardcore: "Venga, pase, suba al escenario, salte, ¡mosh!", repetía el estribillo. La participación de los fans llegaba hasta ahí, hasta la médula, hasta el micrófono... Pero en la construcción de esta fama decidieron poner una barrera: Catupecu toca; la gente mira, admira, canta y se emociona. Y así sucede durante la larga vigilia de sus fans en la puerta del Fernández: mates, jugos, aplausos, acampe, carteles ("Te esperamos para que se arme una de San Quintín"), aliento pero, ante todo, respeto. Se percibió en ese reemplazo espontáneo del himno "Dale" por el grito "¡Ga-by!". Lo decía el propio Fernando, en la intimidad, mirando por la ventana de la sala de hospital que convirtió en trinchera familiar, mal comido y mal dormido, en esos primeros días, los más hostiles: "Recién ahora que veo a los pibes, y tantas señales de afecto, tomo conciencia del tipo de relación que tenemos con la gente. Es como que nosotros tratamos de mantenernos ajenos, pero mirá ésto...".
Ahora, recién ahora, le dice a todos los cercanos que se va a tatuar el mosher, el isotipo catupequense. Mientras tanto a Gaby le tocó participar desde lejos del concierto más masivo y "emo-rocker": estaba a treinta cuadras y, si todo salió como los miles deseaban, esos gritos, esa energía, le llegó de algún modo.
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