
Cautivado por el talento
El gran director italiano, en diálogo con La Nación , comenta su nueva película, "Cautivos del amor", que se estrenará el jueves próximo
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La época en que el nombre de Bernardo Bertolucci era una contraseña provocativa para los cinéfilos de cualquier latitud no está tan lejos. Pero los tiempos cambiaron. Tras la consagración de "El último emperador" y los múltiples malentendidos que acarreó, el cineasta insistió en otras obras de aspiraciones monumentales que pasaron sin pena ni gloria. Pero el director parmesano, nacido en 1940, es un artista proteiforme y, tras esos fracasos, siguió fiel a su consigna de sorprender a propios, extraños e incluso a sí mismo. Si se analiza con detenimiento su obra, se descubre que desde sus inicios fue afecto a los virajes súbitos. Y la mejor prueba de esta inclinación es "Cautivos del amor", su último film, que llegará a las pantallas porteñas el jueves próximo.
En su adolescencia, Bernardo comenzó a seguir los pasos de su padre, el notable poeta y crítico de cine Atilio Bertolucci. A los 18 años el futuro cineasta se alzó con el premio Viareggio de poesía, uno de los más influyentes de la península itálica. Pero en su casa, frecuentada asiduamente por los intelectuales de la época, tuvo un encuentro clave. Pier Paolo Pasolini, poeta, novelista y también cineasta, lo decidió a entregarse por completo al séptimo arte.
Fue su asistente en "Acattone" y poco después él mismo se lanzó, con apenas veinte años y una buena cuota de temeridad, a filmar películas con un presupuesto inversamente proporcional a su contundencia. "Antes de la revolución" (1964), "La estrategia de la araña" (1969) o "El conformista" (1970) son, a pesar de las diferencias de contexto, antecedentes directos de lo que hoy conocemos como cine independiente.
"Ultimo tango en París" (1972), la película que junto a "El Padrino" rescató a Marlon Brando de la ruina actoral, sigue siendo hoy un clásico tan revulsivo como brillante.
Más tarde, siendo ya uno de los valores estables del cine mundial, dejaría su firma en una obra ideológica que era al mismo tiempo un fresco megalomaníaco: "Novecento" (1976), cuya versión original, antes de ser reducida, acreditaba nueve horas de duración. Los ochenta lo encontraron dando forma a grandes films faraónicos como el excesivo "El último emperador" (1987), la desértica "Un refugio para el amor" (1990), inspirada en una novela de Paul Bowles, o la frágil "Pequeño Buda".
Cuando en la entrevista telefónica se le recita este somero resumen de su actividad profesional de cuarenta años -el cineasta acaba apenas de cumplir los sesenta-, Bertolucci se ríe y asegura que su mejor método para seguir adelante es que "lo mejor es siempre lo que está por venir".
La voz del director llega clara y jocosa desde su casa de Londres, donde vive con la realizadora Clare People, su actual mujer. Lugar de autoexilio durante largos años después de las críticas ultrajantes que en su país recibió en los setenta "Ultimo Tango", hoy comparte su residencia entre la capital británica y Roma. Se recupera de una operación quirúrgica "de lo más trivial" que sufrió el año último por una hernia de disco y que no le permite salir a filmar su nuevo proyecto, pero sí a pulirlo. Será "Heaven and hell", la historia de un compositor napolitano de fines del Novecento y que sigue sujeta a los vaivenes de su recuperación.
Una historia íntima
Pero antes de ese nuevo proyecto está "Besieged", que podría traducirse como "Asediada", pero que en la Argentina fue bautizada como "Cautivos del amor".
"Cautivos..." es una historia de una simpleza subyugante considerando que proviene de un cineasta que nos había acostumbrado al boato operístico. El primer paso hacia esta depuración ya había sido dado con "Belleza robada", que narraba la historia de una joven muchacha virgen con la Toscana como tela de fondo.
"Cautivos del amor" va aún más allá. Es una obra de cámara en la que toman parte dos personajes: Shandurai (Thandie Newton), una joven africana que abandona su país, llega a Roma para estudiar medicina y trabajar como doméstica en la casa de un pianista excéntrico y supuestamente millonario, y Mister Kinski (David Thewlis).
-Su último film es intimista, por su argumento y por la manera en que lo narra. ¿Es un retorno a los orígenes?
-Después de haber hecho durante un largo período producciones ambiciosas, sentía una necesidad desesperada de filmar algo pequeño, de bajo presupuesto. Mi mujer había leído hacía mucho el cuento de James Lasdun en el que se basa la historia -de hecho pensó en filmarlo ella- y me sugirió que lo hiciera. Nos pusimos a imaginarla juntos y después escribimos el guión a cuatro manos. La historia original transcurre en Londres y decidimos trasladarla a Roma para que los dos personajes, Shandurai y Mr. Kinski, fueran extranjeros en una ciudad ajena. La película fue escrita bastante rápido y filmada en lo que para mí es un récord absoluto: 28 días. Además costó muy poco. Sólo en el momento de filmar entendí por qué había tenido tantas ganas de hacer esta obra pequeña. Era volver a trabajar de una manera a la que me había desacostumbrado. Estaba de nuevo en los tiempos de "El conformista". Filmar unas veinte tomas por día y, especialmente, el presupuesto tan reducido, me devolvieron el placer de filmar. Me dio libertad, la libertad de evadirme del peso aplastante de las grandes producciones. Tengo la suerte de haber hecho siempre, más o menos, las películas que quise, pero con muchos millones de dólares atrás uno siente una responsabilidad que a la larga se convierte en una sutil autocensura. Fue un placer inmenso filmar a esa velocidad, con un grupo de gente minúsculo, en ese palacito pegado a la plaza de España, en Roma. ¡Imagínese que los actores paraban en un hotel vecino y en lugar de llegar en limusina venían al set a pie! Fueron cuatro semanas paradisíacas.
-Es particularmente llamativo el uso que hace del silencio. Sandurai y Kinski apenas hablan durante la película.
-Sí, tal vez volver a mis orígenes significó volver a los orígenes del cine, cuando era mudo. Es muy estimulante porque la escasez de palabras obliga a encontrar modos cinemáticos de expresar lo que normalmente se dice con palabras. Fue muy interesante buscar el artilugio estílistico para explicar cosas complejas y sutiles a través de las imágenes. Fue un desafío personal.
Pasión por el cine
La transparencia de que hace gala "Cautivos del amor" recuerda al "primer" Bertolucci, pero se asocia también a algunas expresiones de cineastas mucho más jóvenes que el italiano. El director no escatima elogios generosos para muchos colegas de las nuevas generaciones.
"Para ser honesto, estoy un poco aburrido de las películas alla vecchia maniera. La vieja dramaturgia, con su estructura clásica y su modo previsible de describir estados psicológicos, me tiene algo harto. Me gusta pensar -y Bertolucci se ríe con socarronería de la paradoja- que estoy siendo influido por el cine independiente de los jóvenes."
El director de "La tragedia de un hombre ridículo" se muestra exultante, como un recién llegado, cuando habla de su padrinazgo de "La semana de la crítica", el ciclo que coordinará el mes próximo en el Festival de Cannes.
"Acepté con gran alegría, entre otras cosas, porque en algún momento habrá una reunión de la que participarán todos ellos y no veo la hora de tener ese intercambio."
Bertolucci no tiene inconvenientes en ennumerar sus directores preferidos. "Me encanta Wong Kar-Wai, que justamente filmó una película en Buenos Aires (se refiere a "Happy Together"). También Harmory Korine, el director de "Gummo". O Tsai Ming-Liang. "Vive L´amour" me gustó mucho, pero "El río" es una obra maestra. Creo que el cine europeo envejeció demasiado y lo mejor que vemos hoy proviene del Lejano Oriente, de Irán, de Mali. O de algunos norteamericanos como Korine y Vincent Gallo, el director de "Buffalo 66".
Todo cambia
"Cautivos del amor" puede verse también como el reverso optimista, casi treinta años después, de "Ultimo tango en París". A Bertolucci la relación no lo fascina.
"Sí, hay un hombre, una mujer y una casa, ¿no? _dice con gentil ironía_. Pero cultural, social, históricamente, los tiempos no son iguales. "Ultimo tangoÉ" fue hecho en una época de desesperación existencial que estaba dentro de todos nosotros. Esa desesperación, me parece, ya no existe. Aquella película era una suerte de grito desgarrador. "Cautivos...", creo, se parece más a un susurro."
Pocos años atrás Bertolucci criticaba acerbamente a la juventud, que en su opinión carecía de todo interés por el pasado, y proyectaba un fresco decisivo sobre Mayo del 68. Ya no. Hoy cree que los jóvenes, a la par de esas películas que ama, tienen una relación con la realidad distinta, más natural incluso.
"Yo también cambié. No siento lo mismo que en los años setenta. Hace poco alguien me preguntó si volvería a hacer "Novecento" hoy. Y lo cierto es que hace tres o cuatro años tenía el serio proyecto de hacer una tercera parte de aquel film. Pero después me di por vencido porque la tensión ideológica y política que había en "Novecento" ya no existe más."
-¿Extraña aquella época?
-Pertenezco a una generación que se sentía huérfana y tuvo la gran oportunidad de plantearse grandes sueños utópicos. Hoy, la juventud no tiene estos ideales. Así que en cierto modo tengo nostalgia, pero al mismo tiempo, cuando lo extraño, me pregunto: ¿tengo el derecho de extrañar algo porque ayudaba a mi creatividad, cuando al mismo tiempo sufría mucha gente? Mi respuesta es: no.
-"CautivosÉ", sin embargo, tiene algunas connotaciones políticas e ideológicas.
-La película comienza en Africa, donde vive Shandurai, en un país violento y dictatorial. Pero el verdadero tema del film es la tolerancia, aunque la palabra no me gusta mucho. Gira alrededor de la atracción entre gente totalmente distinta: de diferente color, nacionalidad y cultura. Sin embargo, terminan sintiéndose atraídos mutuamente. En ese sentido, en una Europa donde tenemos peligrosos signos de xenofobia, es un film político. Pero no el sentido antiguo del término. No con el carnet del partido en el bolsillo.
-En una obra tan vasta, ¿qué es lo que ve de común entre todas sus películas?
-Lo que me preocupa en mis películas es dejar que la realidad entre sorpresivamente en el set. Una vez Jean Renoir me dijo: "Hay que dejar las puertas siempre abiertas". A algunos directores les gusta trabajar como blindados. Yo soy lo opuesto. Estoy totalmente enamorado de la realidad y espero no perder la curiosidad por lo que me rodea.
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