
Celia Cruz, en su mejor salsa
Recital de la cantante Celia Cruz, el jueves, en el teatro Gran Rex. Músicos: Aníbal López Ríos (dirección musical), Juan Ponce North y William de la Cruz Osma (trompetas), Edgar Collantes Medina, Carlos Ubillus Sánchez y Rafael Neciosup (Trombones), Omar Montes (piano), Juan Goycochea (bajo), Jair López Herencia, Manuel Rodríguez Jaramillo y Roberto Sánchez Falla (coros), Pascual Vázquez Basilio y Miguel Quintana Marnghiert (percusión). Pedro Knight (supervisión musical). Próxima función: sábado 22. Nuestra opinión: bueno.
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Si por un rato se dejan de lado las definiciones que ofrecen los diccionarios, la palabra "azúcar" -¡a-zuuú-car!, con la u bien larga, muy acentuada, y pronunciada por una voz morena y caribeña- es la que identifica a Celia Cruz desde principios de la década del sesenta y que, con los años, se ha transformado en la llave que esta cubana utiliza para abrir las puertas a una fiesta, como la que ofreció anteanoche en el teatro Gran Rex.
Y "carnaval" es el término que la cantante adoptó hace menos de un año y que utilizó para cerrar su fiesta porteña. Porque mezclado con "azúcar" se convierte en una fórmula de éxito.
En su primera presentación de la gira que realizará por nuestro país, Celia Cruz entró con pasos firmes desde el fondo de la sala para instalarse en el escenario, dispuesta a ofrecer un repertorio con muchos de los temas que la convirtieron en una estrella de la música latina. Enfundada en un vestido brillante, que con la luz de los seguidores lograba encandilar, paseó por el escenario moviendo sus caderas y recorriendo hitos de su extensa carrera musical: desde aquella vieja "Bemba Colorá", hasta "Que le den candela".
A pedir de boca
La reina de la salsa vino a cantar lo que el público tenía ganas de escuchar; hasta ofreció varios fragmentos de temas que no estaban en su repertorio para complacer los pedidos de sus fans ubicados en las primeras filas. También se envolvió en una bandera de Cuba y más tarde sorprendió con una pieza que grabó para la película "Esa maldita costilla", y con "Vasos vacíos", que registró hace más de diez años, a dúo con Vicentico, para el disco "El ritmo mundial", el tercero de Los Cadillacs.
Podría haber dedicado un bloque a los temas de su último CD. Su flamante "Mi vida es cantar" vendió más de 120.000 copias en la Argentina. Sin embargo, Cruz apostó a la buena combinación de carisma, un set de temas pegadizos y muy difundidos, y la banda que la acompaña.
Detrás de Celia estaba su marido, el "supervisor musical" Pedro Knight (así figura en el programa). Su papel sobre el escenario no es importante, pero tiene el cariño del público bien ganado por acompañar a la diva en cada concierto durante más de 35 años.
Más atrás se ubicó La Unica, la orquesta que dirige el inquieto percusionista Aníbal López. Una agrupación peruana que dejó de lado el vals, el landó y los festejos propios de su país para descargar una contundente porción de salsa adaptada a la voz de Cruz.
Claro que, como en toda fórmula, cuando falta algunos de los elementos de la composición no se produce el efecto deseado. Celia Cruz dejó el escenario para tomar un descanso y cambiar su vestuario. Durante dos temas, a pesar de que la banda siguió sonando con la misma fuerza, no llegó a mantener la temperatura de la sala.
El regreso de la cantante devolvió el clima conseguido en los momentos más fuertes de la primera parte. Entonces Celia dejó "La vida es un carnaval", el hit de su nuevo CD, compuesto por el argentino Víctor Daniel, que esa noche estaba sentado en la platea del Gran Rex. Luego la cantante entonó una serie de clásicos que incluyó "Guantanamera" y parte de "El manicero", para el último tramo de esta primera actuación de su gira, que continuará en Mar del Plata y Rosario.
Más allá de las fórmulas, Celia Cruz es un personaje muy llamativo: una mujer de fuerte carisma; una voz que se mantiene joven a pesar de la edad; una estrella de la música latina que no ahorra gestos de demagogia; una cubana anticastrista que cuando sube al escenario es capaz de contagiar su espíritu alegre tanto a sus fieles seguidores como a aquellos que, por ideas políticas, se ubican en la vereda opuesta. Carnaval y azúcar para todos.






