Chamamé para escuchar y bailar

Gabriel Plaza
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26 de febrero de 2004  

Chango Spasiuk Orquesta. Músicos: Sebastián Villalba (guitarra y voz), Chacho Ruiz Guiñazú (percusión), Juan Núñez (bandoneón), Víctor Renaudeau (violín) y Marcos Núñez (guitarra). En El Club del Vino, Cabrera 4737. Nuevas funciones: Hoy y los jueves 4 y 11 de marzo, a las 21.30.

Nuestra opinión: excelente

La escena podría ser extraída de un baile de campo. La orquesta chamamecera del Chango Spasiuk ensaya una cadenciosa melodía que, entre el acordeón y la voz de soprano de Sebastián Villalba, genera una atmósfera de otro tiempo, que puede remitir tanto a la cultura guaraní como a la balcánica.

La nueva formación del Chango Spasiuk ofrece la nostalgia y la cotidiana mansedumbre del río, el insondable misterio del monte litoraleño, la salvaje estridencia del punteo de la guitarra, la electrizante tradición de las variaciones del acordeón y la universalidad del sonido litoraleño. Pero sobre todo, lo que el Chango logra es la transmisión de una música implosiva, con una pulsación interior como la del río y que, a la vez, tiene un enclave popular muy fuerte.

El chamamé tiene gusto a greda y a rebeldía. Por el tamiz de Spasiuk y sus delicados instrumentistas, estos elementos no sólo se potencian sino que absorben la frescura de una cultura absolutamente virgen y permeable a los sonidos migratorios, a otros timbres, colores y variaciones. En esos sonidos de ida y vuelta, nutridos por otros ritmos viajeros y limítrofes, la música del Chango se va alimentando de un hondo sentimiento expresivo, una musicalidad sin barreras y una cultura diversa.

La belleza de composiciones de su autoría como "Pynandí" -a esta altura una obra con mayúsculas del folklore-, la intensidad de "Chamamé crudo" o la herencia de los maestros Blas Martínez Riera, Tránsito Cocomarola y Astor Piazzolla terminan por construir esa identidad musical entre la tradición y la vanguardia.

Los músicos disfrutan de la posibilidad de aventurarse en solos o preparar diferentes climas para transmitir la esencia del litoral, con la que contagian al público que se entrega por completo a la ceremonia chamamecera a lo largo de dos horas.

La música del Chango es tanto para el concierto como para el baile. En esa delicada y rica amplitud su orquesta se mueve con naturalidad. Logra canalizar todas las virtudes de un género tan arraigado como abierto. Eso se refleja en los arreglos que propone Spasiuk. La combinación de instrumentos, el sonido camarístico, la posibilidad rítmica de la percusión, los climas ucranianos del violín, el cable a tierra de los hermanos Núñez, en guitarra y bandoneón, y la sensibilidad del guitarrista y cantor Sebastián Villalba generan una irresistible sensación de empatía con esa música del nordeste argentino.

La respiración musical del acordeón y el contrapunto festivo con el resto de los integrantes hacen del encuentro con el chamamé una fiesta para los oídos, pero sobre todo para los sentidos.

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