
Chile vibró con Gilberto
Anticipo del show que el padre de la bossa nova brindará aquí, hoy y mañana
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SANTIAGO, Chile.- Está el cantinho y el violao, como quería Tom Jobim; también están las canciones. No se ve el Corcovado a lo lejos sino las luces de Santiago allá abajo, pero sobra la "calma para pensar y el tiempo para soñar" en esta noche casi fría a la que Joao Gilberto entibia con las exquisitas sutilezas de la bossa nova.
Nunca ha estado aquí, pero se lo recibe _como en todas partes en las que alguna vez haya sonado su "Samba de una nota sola"_ como al viejo amigo al que se le deben tantos momentos de íntima felicidad. Quizás el ámbito no es el mejor, pero esta carpa climatizada instalada en el Centro de Eventos de San Carlos de Apoquindo, al lado del estadio del club Universidad Católica y en una suerte de gigantesca terraza en los primeros tramos de la cordillera, es la solución que los empresarios chilenos encontraron para dar cabida a las casi 2500 personas que quieren disfrutar en vivo del arte único e inimitable del bahiano que cambió la música del Brasil.
Joao Gilberto y su modo expresivo hecho de delicadísimas inflexiones se explayarían más a gusto seguramente en el ámbito acogedor de un teatro _como nuestro Opera, donde estará esta noche y mañana_, pero ya se sabe que él no depende de luces, de escenografías ni de efectos. A contrapelo de cuanto impone hoy el mundo del show, rechaza la exterioridad, desdeña lo superfluo. Le bastan la guitarra y la voz o, mejor, ese ensamble armonioso e irrepetible que ha construido con ellas y que ha venido depurando y perfeccionando ininterrumpidamente, no para deslumbrar con despliegues de virtuosismo sino en busca del vehículo expresivo que mejor se ajusta a la condición poética de cada canción.
Exactitud y naturalidad
Lo prodigioso en Joao Gilberto _más allá de la comprobación de que aún es capaz de descubrir bellezas ocultas en canciones que canta desde hace casi cuarenta años_ es que los resultados de ese minucioso trabajo brotan en su guitarra y en su voz con la naturalidad de un acto espontáneo. Por momentos, el espectador tiene la sensación de estar asomándose a la secreta intimidad de un artista que toca y canta pesares y alegrías para sí mismo, con la voz de sus propios sentimientos.
En realidad, la sensación no es tan engañosa como parece: lleven letra de Vinicius, de Newton Mendonca, de Joao Donato, de Jobim o de Caymmi, las canciones son de Joao Gilberto cuando salen de su voz, cuando el fraseo incomparable les desnuda la intención o cuando ésta se sugiere en la palabra que se demora y se prolonga o en la que parece escaparse del molde rítmico para proponer síncopas inesperadas.
La fiesta va caldeándose en la medida en que se templa la voz inconfundible. Gilberto hace maravillas con ese tenue hilo musical que sale de su garganta. Consigue, por ejemplo, que en el lugar reine el silencio de las ceremonias religiosas; que el aplauso _necesario, cariñoso_ se contenga en las manos hasta que ha sonado la última nota, que nadie interrumpa el devenir natural de un programa que sólo el artista conoce para reclamar algún título que se lleva entrañablemente guardado en el corazón.
En cuanto al repertorio, Joao Gilberto es bien generoso. Casi una hora y media de recital que, en su caso, no contienen otra cosa que música: ya se sabe que el bahiano no es muy propenso a la charla.
En este caso apenas se le oye un reclamo por la iluminación ("tanta luz está calentando la guitarra"), un comentario casi susurrado para sí ("un poco de guitarra no le hace mal a nadie"), un sencillo "gracias, Chile" cuando los aplausos y los bravos se multiplican sobre el final, y un recuerdo que le viene a la memoria y confía al auditorio: "Tengo algunos amigos en Chile... Muchos, todos ustedes... Pero me acuerdo ahora de dos: Antonio Prieto y Joaquín Prieto".
Con la marca registrada
El resto es música. Pura bossa nova con la marca registrada de su creador. Samba con el sabor inequívoco del Brasil, despojado de ruidosos pintoresquismos for export, ceñido a su esencia; un juego de ritmos, silencios, armonías, tensiones y síncopas que siempre _siempre_ atienden al verso y se asocian a él, lo refuerzan o lo enriquecen.
Obviamente, nadie quiere perder detalle de tamaña exactitud: de ahí el silencio. Que deja paso, tras la bienvenida, para que Joao Gilberto abra el programa con "Brasil pandeiro" y para que un poco después, a partir de "Meditación", "Barracao" y "Saudades de Bahía", se sucedan muchos momentos memorables.
Uno es "Para que discutir con Madame", a la que le extrae toda su gracia; otro, "Desafinado", sobre cuyas disonancias, por increíble que parezca, sigue experimentando hasta hoy; otro, "Eclipse", de Margarita Lecuona, con la delicadeza que Caetano Veloso supo alcanzar para su "Fina estampa"; otro más, el viejo "Ave María no morro", que exhibe su emoción sin sensiblerías.
Cuando llega "Wave" (o "Vou te contar", como se prefiera), y es la hora de cantar las "cosas que sólo el corazón puede entender", ya todo el mundo sabe de qué está hecha la emoción que Joao Gilberto despierta en el ánimo. Pura belleza.
Habría que dedicarle párrafos a "Retrato en branco e preto" porque la encaracolada serpentina musical que Tom Jobim le dio al verso de Chico Buarque parece intransitable y Gilberto la recorre con margen para imaginarle variaciones. Y habría también que dejar testimonio de la agilidad con que cuenta la simpática aventura de "El pato" o de los inteligentes silencios que impone a "Eu sei que vou te amar". Pero sería infructuoso; lo mejor es oírlo.
La timidez de un grande
Este señor tímido de traje oscuro y anteojos, que casi no levanta la vista para recibir los aplausos, que parece avergonzarse un poco del sentimiento que provoca en los demás cada vez que teje su trama de guitarra y voz, se retira calladamente después de encender el fervor del público con "Chega de saudade", "A primeira vez" y "Garota de Ipanema".
Ha estado ahí un buen rato cantando al amor, a su tierra, a los desconsuelos del corazón, a la soledad, a la sencilla dicha de vivir en el morro, a la melancolía. Sin alardes ni exuberancias carnavalescas, ha traído hasta el pie de los Andes el calor y el balanco de su país. Y nos ha dejado el sabor dulce -jamás empalagoso- de algo parecido a la felicidad.



