Tomó demasiada cocaína, demasiado alcohol. Jugó con armas de fuego y terminó en la cárcel. Hoy, libre y desintoxicado, el hombre que ríe como Jack Nicholson sólo quiere recuperarse.
1 minuto de lectura'
Hace cuatro años, Christian Slater me dijo que creía tener una vida mágica. Eso fue después de que reemplazó a River Phoenix en Entrevista con el vampiro (Interview with the Vampire), y de haber sido coprotagonista, junto a Kevin Bacon, de Murder in the First, y antes de su primer gran éxito con un film de acción, como lo fue Código: flecha rota (Broken Arrow), con John Travolta. Cuando lo dijo, tenía ese sonrisa a lo Jack Nicholson en el rostro, aunque después agregó: "Quién sabe, quizá puedo estar encaminándome hacia un gran derrumbe."
No pasó mucho tiempo. El 23 de diciembre de 1994 Slater fue detenido en el aeropuerto John F. Kennedy por la policía de Nueva York: habían encontrado una pistola Beretta en su equipaje. Fue entonces cuando Nina Huang, su novia desde hacía cinco años, inició una acción legal en la que reclamaba que él le pasara una suma de dinero en forma regular (finalmente hubo un arreglo y la demanda no llegó a juicio). En realidad, esos fueron meros prólogos de lo que ocurriría el 11 de agosto de 1997. En esa ocasión, Slater fue a un departamento, en Los Angeles, en el que se encontraban Petra Brando (hija de Marlon), el novio de ésta (Jacques Petersen) y una amiga de la pareja (Michelle Jonas), a quien Slater también conocía. El actor tomó tequila, aspiró cocaína y se volvió un poco loco; finalmente, llegó la policía y él terminó involucrado en una paliza. Según le relataron las autoridades, él había atacado a Jonas. La golpeó varias veces en la cara y mordió a Petersen en el pecho. También pateó a un portero en el estómago cuando éste intentó interponerse entre ambos. Después, cuando llegó la policía, atacó a un oficial en la escalera e intentó quitarle el arma.
Slater no recordaba nada de lo ocurrido, pero sabía que, de ser cierto, lo conduciría una vez más a rehabilitación. Ya había tenido problemas antes en ese sentido: condujo ebrio en dos ocasiones, la segunda en una persecución por West Hollywood en la que terminó golpeando a un policía en la cabeza.
Slater insiste en que no se acuerda claramente del incidente en el que supuestamente atacó a Jonas. El episodio fue reconstruido para la biografía televisiva del actor, que fue puesta en el aire en el programa E! True Hollywood Story, de la señal de cable E! Entertainment. Slater se hallaba fuera de control y el 9 de diciembre de 1997 fue condenado a pasar 90 días en la cárcel municipal de La Verne. El 14 de enero de 1998, tras asistir al estreno de Violencia en la tempestad (Hard Rain), la película del género catástrofe en la que fue coprotagonista junto a Minnie Driver y Morgan Freeman, dejó su casa en las colinas de Hollywood para mudarse a una celda. Poco después de su encarcelamiento comenzaron a aparecer fotos de Slater lavando coches de la policía. La condena duró 59 días: fue liberado antes de tiempo por buen comportamiento.
Slater, de 29 años, tiene su versión de la historia, pero hasta el momento se mantuvo callado, dedicándose a un programa de rehabilitación. El actor ha relanzado su carrera: protagonizó en Broadway la obra de teatro Side Man, y fue coproductor ejecutivo y coprotagonista de su vigesimonovena película, Very Bad Things, junto a Cameron Diaz. Es, sin duda, un título muy adecuado, teniendo en cuenta lo que le ocurrió en los últimos cuatro años, cuando empezó a llevar un diario personal y todavía pensaba que su vida era mágica.
–¿En qué mierda estabas pensando cuando pasó todo eso?
–Hablando así te parecés a Jay Leno. Bueno, ¿por dónde empezar? Quizá cuando nací. El resto se fue desarrollando con el tiempo. La diferencia estuvo entre hacer las cosas a mi manera o hacerlas como Dios manda.
–¿Cómo sería "como Dios manda"?
–Es cuando algo empieza mal y después va mejorando. A mi manera, las cosas empiezan bien y se van poniendo mal. (Hace un gesto de duda.) Lo que ocurrió es lo que le pasa a cualquiera que sufre la enfermedad del alcoholismo: tocar fondo, una vez más.
–Aparentemente, esta vez te hundiste más hondo que en las anteriores.
–No se me ocurre ninguna experiencia por la que haya pasado que pueda ser peor que ésta. Fue muy humillante. Y lo que me pone triste es que esta vez arrastré a otras personas mientras me hundía.
–¿Cómo manejó estos hechos la prensa?
–Man, cuando alcanzás este nivel de locura en tu vida, los medios se aprovechan de la situación. Me sentí herido, abrumado, humillado, avergonzado, incómodo. Finalmente logré aceptarlo y rendirme.
–Y vos, ¿cómo lo manejaste?
–Dejé de mirar televisión. La tele es una adicción como cualquier otra. No creo en nada de lo que veo en la televisión o de lo que leo en los diarios. No tengo que salir a buscar dramas por ahí, ya tengo bastantes en mi cabeza. Lo que vi fue cómo se decían mentiras sobre mi propia vida.
–Aclaremos esas mentiras. Cuando la policía llegó a aquel departamento de Los Angeles, ¿es cierto que tomaste el arma de un oficial?
–No me acuerdo. Lo borré todo. Sé que fui a ese lugar, que tomé muchas drogas y alcohol. La pelea no fue con la chica, sino con el tipo ése. Después de pelearnos intenté matarme tirándome por el balcón, pero lograron que volviera a entrar. Entonces me lancé hacia la puerta. Lo que quería era irme de ahí.
–¿Te acordás concretamente de haber intentado matarte?
–Me acuerdo de haber ido a ese departamento y haber salido al balcón, en un piso catorce, con esa idea en mente. Me asusté y no había nadie ahí con quien me sintiera cómodo como para hablar de lo que me estaba pasando. Así que cuando comencé a tomar, empecé a actuar esa sensación. No pensaba con claridad. En realidad, ¡no pensaba para nada! Con todos esos químicos afectando mi mente, sólo quería que la pesadilla terminara. Fue horrible, fue mi noche en el infierno. Estaba completamente fuera de mí.
–¿Y qué hiciste después de esa noche?
–Sabía que tenía un problema. Así que, tres días después, ingresé en rehabilitación, donde estuve incomunicado. Y todo lo que trascendió fue lo que sucedió con los abogados.
–¿Te resulta fácil conseguir drogas?
–Simplemente están ahí. Aunque, en realidad no soy un gran drogón: soy más bien un borrachín. Siempre empiezo tomando unos tragos. Puedo ser uno de esos tipos que van a un tugurio a tomar crack, pero también hay un budista dentro de mí. Y es entonces cuando debo decidir qué camino tomar. Cualquier cosa que pueda afectarme del cuello para arriba debería ser eliminada. Si pudiera dejar de pensar, también lo haría. Sin embargo, pensar es algo con lo que tengo que convivir.
–¿Te hacés responsable de lo que pasó?
–Sí, me hago cargo completamente del incidente. Al tomar drogas y alcohol se destapó la olla, ¿entendés? Estoy loco y no cabe duda al respecto. Es de una claridad cristalina. Ya no puedo mentir sobre eso. Si lo hago, me muero. Se terminó.
–¿Cuál fue la reacción de tus padres?
–A ningún padre lo hace feliz que su hijo vaya preso, y en mi caso no era la primera vez. Tuve dos arrestos vinculados con el consumo de drogas cuando tenía 19 años; otro por llevar un arma en el aeropuerto y, finalmente, este último desastre. Lo que me pone contento es que como consecuencia de lo que pasó todos nos hemos acercado afectivamente, y eso ayudó a que se involucraran en mi proceso de recuperación, lo cual es algo que me entusiasma.
–Los dos meses que pasaste en prisión resultaron un punto de partida en esa dirección. ¿Cómo fueron?
–Pasé 59 días de este año sentado en una celda. Fui despojado de toda esta porquería y la única etiqueta que llevaba era la de ser una persona cualquiera.
–Contanos cómo era tu rutina diaria.
–Levantarme, hacer el desayuno, el almuerzo, la cena; pero comida de cárcel, nada linda de ver. Yo preparaba esas comidas para los presos que habían traído la noche anterior. También tenía que ocuparme de que las celdas estuvieran limpias. Fregar, barrer, sacar el polvo, cocinar, limpiar el vómito de los borrachos que habían estado durante la noche. Fue asqueroso, desagradable, nada divertido, nada cool.
–¿Recibiste algún tipo de tratamiento preferencial por parte de los guardias?
–No. Soy un criminal que estuvo en prisión. Cumplí mi condena. Nadie me trató en una manera especial; a nadie le importaba. Fui afortunado de que me dieran elementos para poder escribir; de poder leer y escuchar música. Pero era un delincuente entre delincuentes.
–¿Te visitó mucha gente en La Verne?
–Sí, mucha. Me sentí sorprendido, honrado, halagado por algunas personas que fueron a verme. Quedé conmovido y emocionado por la gran cantidad de cartas que recibí. Mucha gente parecía entender el dolor que sentía, lo perdido que estaba, mucho más allá de lo que yo pensaba que podían.
–¿Cuándo tuviste la sensación de estar perdido?
–Creo que desde que nací fui inseguro, sentí miedo y estuve incómodo bajo mi propia piel. Cuando comencé a tomar, a los 9 años, tuve una sensación de confort, de que estaba centrado. Estaba simplemente en paz. Y eso era todo lo que quería: algo de paz interior.
–¿A qué le tenías miedo cuando eras chico?
–Era mi estado natural: tener miedo y no saber bien de qué. En la escuela traté de ser todo lo que los demás querían que fuese. Si un chico me decía que era rebelde, al día siguiente me aparecía con una campera de cuero y fumando cigarillos.
–¿Te describirías como un chico problemático?
–Me describiría como un chico problemático, un adolescente problemático y un tipo problemático de veintipico. Haciendo lo mejor que podía, ¡pero aun así siendo un problema!
–Y tus amigos, ¿eran como vos?
–Realmente, no.
–¿Seguiste en contacto con algún amigo del colegio?
–No, no me aferré a ninguno de esos amigos. Mirá, por ejemplo, mi vida en el secundario... ¿qué hacía? ¿Dónde estuve durante los últimos cuatro años de mi vida en el secundario de la Professional Children’s School (en Nueva York)? No estaba ahí, sino lejos. En esa época hice como cuatro o cinco películas.
–Decías que lo único que buscabas era paz interior. ¿La conseguiste alguna vez en tu trabajo?
–Antes de meterme en problemas, sí. Yo era un chico, y nada realmente malo había pasado. Me sentía invencible. A los 19 había hecho Suban el volumen (Pump Up the Volume), y creía estar en la cima del mundo. Y terminé derrumbándome. Eso es lo que yo hago. Después de haber caído, nunca me di la oportunidad de comprender por qué había pasado lo que pasó. A los siete días me fui de la rehabilitación. Y no sé si algo hubiera cambiado de haberme quedado los diecinueve días completos; pero el hecho es que estuve sólo siete. Es decir, no obtuve todos los beneficios que el programa ofrecía. Y me pasé los siguientes ocho años sintiéndome vacío. Realmente insatisfecho y confundido. Perdido. Si no estaba haciendo la película adecuada, o el papel justo, me encontraba en ese lugar del miedo, de la inseguridad.
–¿Cómo definirías inseguridad?
–La bestia mala que tengo ente ceja y ceja me dice diariamente que soy una porquería. Es verdad, así es. Y cuando tomo, uso drogas o me concentro en algo fuera de mí, logro anestesiar a la bestia.
–¿Escuchás a esa bestia aun después de haber hecho un buen trabajo?
–¿Lo que me preguntás es por qué no la puedo derrotar con mis propios triunfos, mis propios logros? Porque esos logros vienen de afuera, y yo sigo teniendo esa voz dentro de mí que dice que no sirvo para nada.
–¿Alguna vez sentiste que vencías a esa voz interior?
–Este año me sentí así, con una sensación de paz y libertad al ser capaz de reconocer que no tengo poder sobre esta enfermedad. Hay libertad en eso, en estar dispuesto a hacer las cosas de la manera en que me sugieren que las haga, en seguir un camino.
–Pero, ¿no es esa voz la que te obliga a agarrar la botella?
–Exactamente. Las drogas y el alcohol son simplemente un síntoma.
–Y entonces, ¿cuál es el sentido de seguir una carrera como la de la actuación, tan caracterizada por la ansiedad?
–Empecé siendo tan chico, que al principio era un remedio. Me sacó del colegio, que es algo que a ningún chico le agrada. Yo, al menos, no me sentía cómodo ahí; había otros chicos a los que les iba bien, lo cual me generaba mucha competencia y celos. El show business me sacó de ahí y me puso en camino, así que era una forma de escapar. Esa es mi adicción: escaparme. Soy un adicto a no querer sentirme mal. Alguna gente puede superar esas dificultades; pero sin ninguna conciencia y a esa edad, uno echa mano de lo que sea. Yo hice lo que me salía naturalmente. Mi madre (la directora de "casting" Mary Jo Slater) estaba en esto y mi padre (Michael Hawkins) era un actor que me inspiraba y al cual admiraba, y creo que por eso terminé siendo actor. Fui literalmente descubierto como un lindo chico. He sido un tipo que, más que tomar una posición activa, reaccionaba ante la vida. Las cosas me arrastraban. Y aquí estoy: un actor que nunca se sintió bien siguiendo un camino. Nunca. Mi enfermedad fue la que controló mis opiniones, cada decisión que tomé.
–¿Y a qué conclusión llegaste?
–Lo peligroso para mí es decidir que puedo controlar las cosas, porque en realidad no puedo; es demasiado para mí. Así soy yo, baby.
–Cuando tuviste problemas con la policía, en 1989, dijiste que tu madre te acusó de ser un jodido como tu padre.
–Dios mío. Me gustaría poder abrazar a ese chico que fui. Hoy no me siento bien respecto de algunas cosas que dije hace años; particularmente en lo que respecta a mi madre.
–¿Y tu padre?
–Me entristece el dolor que siente. El dice ser un hombre feliz, pero no creo que eso sea felicidad. Lo más triste respecto de mí es que siempre fui tan duro conmigo mismo que sólo provoqué dolor; a mí y a mucha gente. Nunca pude tomarme a la ligera. Y eso es lo que quisiera: reírme de mí mismo.
–Seguramente, la separación de tus padres cuando tenías 5 años no ayudó a que las cosas fueran distintas.
–Otros chicos han pasado por situaciones familiares difíciles y no terminaron arrestados cuatro veces. La bestia se manifiesta de distintas maneras. En mi caso, estoy muy agradecido de que nadie terminara muerto o gravemente herido.
–Antes dijiste que tu primera experiencia en rehabilitación no funcionó. ¿Podés contarnos qué pasó?
–Lo que sucedió es que le di prioridad a otras cosas. Me fui de ahí para volver al trabajo, y logré mantenerme sobrio mientras duró la filmación. Cuando volví a casa, a Los Angeles, conocí a una mujer (Nina Huang), y durante los siguientes cinco años y medio me concentré en el drama y la intensidad de esa relación. Y eso me mantuvo sobrio. Pero cuando se terminó yo estaba destrozado y volví a a mi solución original, la que me había dado paz cuando tenía nueve 9, es decir, el champagne. Con eso volví a tomar.
–Así que lo que realmente necesitás es una buena palmada en la cabeza.
–Sí. La gente empezó a decirme: "Sin duda, tenés un problema". Al principio era un tipo divertido, pero pronto las cosas se fueron poniendo cada vez más feas.
–¿A qué te referís?
–Hablo de una lamentable, incomprensible desmoralización. Los ejemplos de eso ya son de conocimiento público: encontrarme en esa situación aquella noche como el resultado de una falta total de autoestima, intentar suicidarme, ¡estar a punto de morirme tres veces en una sola noche!
–¿Y ahora, qué cambió?
–El Dalai Lama dijo: "Mi religión es la bondad." Quiero que esa sea también la mía. Si pudiera elegir una religión, eligiría la bondad. No es necesario nada más complicado que eso.
–¿Te gusta vivir solo?
–Doy vueltas con ese tema. Es parte de la naturaleza humana querer estar con alguien, y yo deseo procrear. Me gustaría tener una familia, ser un buen padre, un buen marido. Ser bueno conmigo mismo.
–¿Hay ahora alguna mujer en particular en tu vida?
–Hay mujeres en mi vida, amigas; lo cual es bárbaro. Nunca antes había tenido amigas, y prefiero que se limiten a eso. Pero no estoy enamorado de nadie.
–¿Seguís sintiéndote vacío por dentro?
–No, pasé el último año trabajando a conciencia y haciendo lo que estaba a mi alcance para poder absorber lo que este programa de rehabilitación tiene para ofrecerme, y devolver lo más que pueda. Servir.
–¿De qué manera servís?
–De varias maneras. Compartiendo mi experiencia dondequiera que me pidan que vaya. Voy a tribunales juveniles y hablo con los chicos. A veces, cuando entro en una habitación, me resulta difícil superar todos mis antecedentes. Pero la verdad tiene cierto sentido, y cuando se la comparte, la gente puede escucharte.
–Pero, ¿qué le contestás a un chico con problemas que te dice: "Man, te mandaste una cagada, pero seguís siendo una estrella de cine, que tiene un buen coche. Así no es tan grave."
–Es cierto que soy una estrella de cine, pero eso no importa. El mensaje que les llevo es que, vivas en un palacio o en la calle, esta enfermedad va a querer matarte del modo en que pueda. Va a destruir tu vida y las vidas de los que te quieren.
–¿Sentís deseo de tomar?
–No, y agradezco que me hayan sacado esa obsesión de encima. Mi enfermedad se manifiesta de otras maneras. Por ejemplo, me pongo obsesivo con mi carrera, o con las mujeres. Hasta que llego a un punto en el que me doy cuenta de que todo tiene que ver con mi ego. Son todas cosas que se basan en el miedo, un miedo narcisista. Todo parte de esa sensación de que voy a perder algo que tengo o de que no que voy a conseguir algo que quiero.
–¿Te diagnosticaron algún tipo de personalidad depresiva que te obligue a estar medicado?
–Durante el último año estuve haciendo psicoanálisis con profesionales, quienes no me diagnosticaron como un maníaco depresivo ni señalaron ninguna tendencia similar. También estuve en terapias de grupo, tenía muchas ganas de participar.
–¿Cómo te sentís al leer notas sobre vos basadas en reportajes que diste?
–La verdad es que ese tipo sobre el cual leo no me gusta mucho. Estaba intentando proyectar una imagen. Decía lo que el mundo quería escuchar.
–¿Y qué crees que el mundo quiere escuchar de vos ahora?
–Mi vida fue alimento para las revistas sensacionalistas, algo para distraer a la gente de sus propias vidas. Yo me siento culpable por haber usado cosas externas a mí para distraer el dolor que siento, y yo le di eso a los demás. Realmente no quiero seguir des-empeñando ese papel. Porque yo soy realmente... (lee un papel pegado en la puerta de la alacena)... yo soy la bondad, la piedad, la compasión, la comprensión... Soy todo eso. Debido a que tengo esa voz dentro de mi cabeza, que me dice que soy una porquería, necesito oponerle otra información. Necesito carteles, avisos. Así es la naturaleza de la bestia que llevo adentro.
–¿Ha sido muy difícil para vos hablar de las cosas de las que estamos hablando ahora?
–Sí. No es algo que me haga sentir bien. Estoy contento por algunas de las cosas de las que hablamos, como también lo estoy de poder estar hoy acá, pero al mismo tiempo siento miedo, estoy nervioso, incómodo, avergonzado.
–Desde que empezamos a conversar, ¿cuántas veces sentiste ganas de salir corriendo?
–Tres o cuatro veces.
–¿Qué es lo que más te atemoriza en este momento?
–Dios, ¿qué me atemoriza más? Volver a caer en mi conducta anterior, ser demasiado exigente conmigo mismo. Tengo miedo de necesitar que todo sea perfecto, así como de perder contacto con mi costado espiritual.
–¿Cómo conciliás la espiritualidad con la fama?
–Ser una estrella de cine significa hacer un personaje. No soy yo. Y lo más importante de todo es que el último año pude ocuparme de mis propias necesidades, es decir, ser honesto y valerme por mí mismo. Lo cual es algo que nunca había podido hacer desde que nací, ya que me sentía celoso y competitivo, y creía que eso era inapropiado, y que la gente normal no tenía pensamientos sucios y oscuros.
–Hablando de sucio y oscuro, así es como algunos críticos describieron "Very Bad Things", tu nueva película, en la cual participás de una despedida de soltero en Las Vegas que termina mortalmente mal. ¿Qué te atrajo de la película?
–Peter Berg, el director, me dio su guión y me encantó. La veo como una comedia de humor negro. Es muy oscura, enferma, riesgosa. Y para mí funciona porque mi personaje, Boyd, les dice a los demás tipos que todo va a salir bien. Pero en el transcurso de la película te das cuenta de que cuando tratás de tapar algo, el problema termina estallándote en la cara. Es una despedida de soltero en Las Vegas, hay una prostituta, drogas, alcohol, todos los elementos que conducen a un desastre. Y yo sé de qué se trata, porque a mí me pasó, lo viví. Es decir, no es que haya terminado apuñalando a gente con sacacorchos, como lo hace mi personaje, pero hay puntos en común. El personaje es mi lado oscuro. Pero al volver a mi camarín no tenía que seguir siendo ese tipo.
–Este es un film sobre quiebres individuales, en el cual cada uno sufre las consecuencias de sus propios engaños.
–Es la deuda kármica.
–¿Alguna vez en tu vida te enfrentaste a un dilema moral del tipo que tuvieron que manejar esos hombres?
–Sí, estuve en situaciones en las cuales tenía que elegir, tomar una decisión respecto de decir la verdad y salir limpio, mientras otros intentaban convencerme de lo contrario. Pero me cansé de inventar historias, se volvió realmente agotador.
–Creciste tratando de parecerte a Jack Nicholson. ¿Eso te jodió?
–Todo tenía que ver con la búsqueda de mi identidad. Nicholson es el más grande actor de esta época, es como el Michael Jordan del show business. Si me preguntás si quiero tener su estilo de vida, te digo que no. ¿Si quiero ser él? No, quiero ser yo mismo, eso es todo. Los modelos que tengo hoy no son los que veo en las películas, sino la gente con la que trato diariamente y que conocí este último año; gente que está tratando de hacer lo mismo que a mí me interesa hacer, que es recuperarse de una enfermedad mortal, aparentemente incurable.
–Una vez reconociste que actuar te da una excusa perfecta para poder comportarte como un perfecto imbécil.
–Si mi sistema de creencias me lo decía, entonces me iba a comportar como un imbécil. También creía que debía sufrir por mi arte. Trabajaba creando situaciones dramáticas y tensas para poder sentir que era realmente parte del trabajo. Y tenía que cambiar eso. Porque lo cierto es que nadie quiere trabajar con alguien que cree en esas cosas.
–¿Cuáles son tus tres películas que más ayudarían a la gente a entender quién sos?
–Suban el volumen, Untamed Heart, Very Bad Things. La película más alegre que hice en los últimos ocho años fue Untamed Heart. Me enganché con ese personaje (el de un tímido ayudante de mozo), y estaba pacífico. No es que necesariamente tenga que ser como ese tipo, pero vi un rayo de esperanza, la sensación de cómo es tener algo de paz, de no actuar como un idiota. Y recientemente volví a ver Suban el volumen, y me encantó. Pero mientras la filmé, no sentía ninguna relación con la película. Me parecía que era una especie de película tonta sobre un colegio. Pero expresa mucho de lo que siento actualmente.
–Entonces, dentro de este maratón de films de Slater, ¿cuál pasarías en último lugar?
–Miremos Suban el volumen al final. Ahí soy joven, tengo energía y no me muero. Todavía no me habían matado, sigo vivo.
–Quizás ése sea un buen título para esta nota.
–"Sigo vivo." Sí, la verdad que es bueno. O también podría llamarse "Se cayeron las máscaras".






