
No habrá sido culpa de Subiela ni de Pink Floyd, pero lo cierto es que acá somos expertos en encontrarle el lado oscuro a lo que venga: la Luna, el corazón, la medicina, el fútbol... hasta la política.
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Y se puso a enumerar.
Que la caja chica tocó fondo. Que para qué ir a pagar ahora si dentro de un tiempito veremos la misma película en video, o por cable, o doblada al mexicano por algún canal abierto. Que cada vez dan menos ganas de ir al cine con esto del transporte ralo, la violencia callejera, el público que se la pasa charlando y el ambiente de picnic que tienen las multisalas donde lo que importa de verdad es vender gaseosas, pop- corn, cheeseburgers, hot dogs, papas Pringle o cualquier otra especialidad aborigen. Que no vamos a ser tan perejiles como para seguir creyéndonos los avisos que todas las semanas anuncian que acaba de estrenarse -esta vez sí- la película del siglo y hasta son capaces de garantizarlo citando las cinco estrellas que le puso el incorruptible Quentin Kusturica en su crítica del Katmandou Express. Que en las carteleras de los diarios nunca se sabe si el horario que figura corresponde a la película, al alboroto promocional del Dolby Estéreo o a la publicidad de Camel. Que además (y esto lo dijo en una muestra de su sensibilidad estética) hay que tener estómago para disimular esas aberraciones de la arquitectura disneymenemista de las que muchos multicines hacen alarde... Y siguió.
Pero por suerte acá, aunque sea a la fuerza, también nos hicimos expertos en la lucha contra el desaliento. Así que mientras el tipo seguía con su perorata, la memoria, solita nomás, levantó su escudo contra la mala onda y empezó a recopilar imágenes, emociones, risas, sustos, exaltaciones, pequeños momentos de felicidad que el cine nos había dado en los últimos meses. Y concluimos: está bien, hay pochoclo por el piso y charla en la platea y poca plata para gastar y mucha basura fílmica disimulada por el packaging. Pero aun nos sigue gustando que nos cuenten los mismos cuentos de siempre como si fueran nuevos, y aun hay cineastas capaces de imaginar otros que tienen que ver con lo que pasa a nuestro alrededor, acá nomás o en cualquier rincón del mundo. Que al fin y al cabo todos estamos embarcados en la misma aventura y en el mismo -superpoblado, maltratado, inundado, bombardeado- planeta.
Así que era cuestión de hacer memoria. Pintó esto:
Paradojas. Cosas raras le pasan al cine nacional. Cosecha premios en los festivales y estrellitas en las críticas, pero poca plata en las boleterías. Paradigma de ese desencuentro fue, por encima de todos los títulos, La libertad, del muy austero debutante Lisandro Alonso, y hubo casos menos dramáticos (en términos de recaudación, se entiende), como los de Sólo por hoy, de Ariel Rotter, con banda sonora a cargo de Gustavo Cerati, que tuvo el apoyo de la platea más joven; de Taxi, un encuentro, buen debut de Gabriela David, o de La cienaga, que de premio en premio fue acercando público a las salas mientras ponía a Lucrecia Martel en la lista internacional de los cineastas reconocidos. En la otra punta (comercialmente hablando) y como para echar abajo cualquier generalización, asomó Juan José Campanella, que confirmó su condición de maestro de la comedia con El hijo de la novia, hizo equilibrios entre la risa y la emoción y arrasó.
Era en abril. Y sigue siendo, por suerte. Hubo cambio de firma, pero el muy municipal Festival de Cine Independiente continuó fiel a la breve y saludable tradición de abrir una ventana gigantesca sobre lo que pasa en el mundo, hoy, según lo entiende el cine. De las crudezas de Michael Haneke a las siete horas de oscuro sarcasmo amontonado por Béla Tarr en Sátántango y del homenaje a Truffaut y su otro yo Antoine Doinel al pornopunk gay de Bruce La Bruce, hubo de todo. Incluido un gol uruguayo, que se celebra aparte. Empacho de cine en diez jornadas y un único reparo: con la multiplicación de títulos, la oferta se ha vuelto tan abrumadora y tan inabarcable que uno termina quedándose con cierto gustito a frustración.
Volver a empezar. Que Steven Soderbergh es un tipo lúcido, lo sabíamos desde sexo, mentiras y video; que le sobra oficio, desde Erin Brockovich; que ama tanto el cine como para ponerse a revisar géneros, desde Vengar la sangre. Ahora se atrevió con un tema espinoso: la droga. Y en lugar de dictar cátedra o echar culpas, armó un thriller apasionante cuyo propósito central es tirar abajo todos los preconceptos y todas las certezas y plantear la necesidad de volver a examinar la cuestión desde el principio. Traffic ganó el Oscar y, aunque parezca mentira, se lo merecía. Es una de esas rarezas de Hollywood destinadas a no complacer a nadie y poner nervioso a todo el mundo. Una de ésas en las que vale la pena haber invertido tiempo y adrenalina, porque tienen efecto prolongado: en realidad, cuando uno sale del cine recién empiezan.
Avanti morocha. Con fondo de bolero cantado por Nat King Cole, a pura atmósfera y metiéndose con el material más volátil -el de los silencios, las ausencias, las palabras no dichas y la exaltación sentimental apenas perceptible en una mirada o un temblor de labios-, Wong Kar-wai tradujo en imágenes la memoria de un amor secreto jamás consumado y alcanzó una de las cumbres del año: Con ánimo de amar. Ahora bien, sin pretender quitarle mérito al hongkongés: ¿habría sido posible ese vals triste, poético y embriagador sin la delicadísima sensualidad oriental de Maggie Cheung?
Vive la France! Los Lumière pueden descansar tranquilos: su invento sigue teniendo en Francia muy calificada descendencia. De allá vino la remesa más variada y contundente de la temporada. Con firmas tan veteranas y expertas como las de Claude Chabrol (Gracias por el chocolate) o Michel Deville (Las confesiones del doctor Sachs); con la potencia testimonial de Laurent Cantet (el de Recursos humanos, que ahora se despachó con El pequeño ladrón); con el austero refinamiento de Claire Denis (Bella tarea), la penetrante sensibilidad de François Ozon (Bajo la arena, Gotas que caen sobre rocas calientes) o la agudeza de Olivier Assayas (Los destinos sentimentales). Y todavía quedó espacio para una melancólica delicia exclusiva para cinéfilos (Le Cinéma des Cahiers, suscripta por el argentino Edgardo Cozarinsky) y para una joya tan reluciente como El gusto de los otros, la demostración más rotunda de que cuando hay talento -como en este caso el del equipo matrimonial Agnès Jaoui-Jean-Paul Bracri- el cine puede ser inteligente, hondo, conmovedor y divertido, todo al mismo tiempo.
Bichos raros. Parece un chis- te, pero tarde o temprano tenía que pasar: un film de animación aparece entreverado con los mejores del año. Responsabilidad de Andrew Adamson y Vicky Jenson, directores, y de todo el equipo Dreamworks, Shrek armó una formidable mezcolanza entre criaturas sobrenaturales, personajes de cuento, héroes famosos y bichitos de toda laya, y los comprometió en una fábula chacotera colmada de guiños, dobles sentidos y apuntes satíricos que apuntan a todas partes: desde Disney hasta la exclusión social. Cada uno -chicos y grandes- lo interpretó según su grado de experiencia del mundo. Y todos contentos.
La marcha del golazo solitario. Si hay algo que abunda en el cine más joven -la producción local y el Festival de Cine Independiente sirven de muestra- son los personajes estáticos, desganados, sin horizontes ni alicientes ni ganas de moverse. No es una extravagancia de los directores, claro, sino un reflejo de los tiempos que se viven. Sólo que, en general, las películas hacen suyo ese tedioso quietismo y es necesario poner mucha voluntad para zafar del sueño y seguirlas hasta el final. 25 watts también habla de gente que ni sabe qué hacer ni va para ningún lado, pero es toda una curiosidad. Primero porque viene del Uruguay. Segundo, porque en lugar de aburrir divierte con el tiempo vacío de sus personajes, tres pibes de Montevideo con tan pocas luces como sugiere el título. Tercero, porque la única pretensión de sus realizadores -Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll- es retratar, en pequeñas pinceladas à la Jarmusch, un día en la vida de esos chicos. Y ya se sabe que la inteligencia tiene poco que ver con el autobombo y que cuando el que pinta sabe mirar, lo que se ve es bastante más revelador de lo que aparenta. Se agradece la frescura, la tierna espontaneidad de los tres protagonistas y el buen humor.
Tres sin subtítulos. (Aunque más de una vez habrían hecho falta teniendo en cuenta que unos hablan en colombiano, otros en español adolescente-contemporáneo y los restantes en jerga mexicana saturada de pinches, cabrones, viejas y pelados.) La primera, La virgen de los sicarios, con la firma y el oficio de Barbet Schro-eder, ilustra la visión apocalíptica de Fernando Vallejo sobre el derrumbe de su ciudad y su país (Medellín, Colombia) como aterrador escenario de la historia de amor entre un escritor maduro y descreído y una especie de profano ángel exterminador que resuelve todo a los tiros. La segunda, Krampack, de Cesc Gay, también toca el tema homosexual pero más puntualmente al retratar con tierna sensibilidad los primeros ejercicios eróticos de dos adolescentes y la turbación que vive uno de ellos al descubrirse enamorado del otro. En la tercera, Y tú mamá también…, vuelve a hablarse del despertar sexual pero entre dos pichones de Casanova y una española tan sexy como Maribel Verdú que los lleva de la nariz hasta hacerlos tropezar con su propio espejo; todo sin pelos en la lengua, con mucho humor, bastante atrevimiento y una miradita de soslayo al México real.
De aquí, de allá y de todas partes. Consecuencia del festival y de que unos cuantos distribuidores cayeron en la cuenta de que la globalización tiene sus límites, la ventana del cine se ha ido abriendo a otros paisajes. Hasta se nos ha vuelto familiar la obra de los grandes cineastas iraníes, todo un caso aparte. Pero un poco más acá de Irán está Turquía y de allí vino Nubes de mayo, con su aliento kiarostámico; y un poco más cerca, la República Checa, que mandó El idiota, inteligente lectura de Dostoievski, y aquí nomás, Brasil, que desilusionó con una malograda semana de preestrenos pero sacó a relucir su vitalidad en Yo, tú, ellos, curiosa historia de una doña Flor con tres maridos robustecida por la música de Gilberto Gil y el temperamento arrollador de una especie de Anna Magnani del sertão: Regina Casé.
Hubo más, pero no cabe. Apenas si alcanza el espacio para celebrar el regreso del buen cine italiano -Pan y tulipanes, La nodriza, Prefiero el rumor del mar- o para recordar que este fue el año en que Ang Lee volvió a su tierra oriental y logró lo inesperado, el cruce perfecto de las artes marciales con el cine de aspiración artística, en El tigre y el dragón.
Seamos honestos, a veces también fuimos al cine de puro curiosos. A ver cómo le quedaba la barba a un Tom Hanks versión Cormillot que se las arreglaba solo como Robinson Crusoe en Naufrago: más o menos. A averiguar cómo le iba al hispánico Alejandro Amenábar jugando con Nicole Kidman y con Los otros a hacer terror en en inglés: bien, gracias. A comprobar si al enfundarse las piernas en unas medias de seda en Lo que ellas quieren Mel Gibson lograba convencer a alguien de que tiene poco que envidiarle a la muy vigente Julia Roberts o a la ya legendaria Cyd Charisse: no. A ver qué hacía Ridley Scott en Hannibal con el doctor Lecter pero sin Jodie Foster y con los paisajes florentinos pero sin mucho nuevo que contar: papelones. A explicarnos el porqué de la reincidencia en Blair Witch Project, en El lado oscuro del corazón, en Drácula (cosa de Wes Craven), en La momia: imposible. Por algo dicen que la curiosidad mató al gato.
Y punto. A ver si todavía tenemos que darle la razón al que aconsejaba buscar los diez motivos en contra.



