1969, el año revolucionario que inspiró a Tarantino

Busco mi destino, con Dennis Hopper y el recientemente fallecido Peter Fonda
Busco mi destino, con Dennis Hopper y el recientemente fallecido Peter Fonda Fuente: Archivo
Había una vez... en Hollywood ocurre durante los últimos estertores del sistema de grandes estudios, que dejaban paso a los autores de los 70
María Fernanda Mugica
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23 de agosto de 2019  

Había una vez en... Hollywood evoca desde su título la narración de un pasado, pero también el comienzo de un cuento de hadas. Hay un poco de los dos, mezclados hasta confundirse, en la nueva película de Quentin Tarantino -actualmente en cartel-, una verdadera colección de sus obsesiones y caprichos. Uno de esos intereses es la intersección de una época y un lugar: Hollywood, 1969. Para la meca del cine, ese año tiene un significado especial: es el fin de una era y el comienzo de otra.

El asesinato de Sharon Tate y un grupo de amigos en su casa en las colinas de Hollywood en agosto de 1969 es el hecho histórico alrededor del cual Tarantino arma su película. Pero, más allá del lugar que ese crimen ocupa en la película (una de las varias cuestiones que es mejor no revelar), el director y guionista pinta un cuadro de situación de la industria del entretenimiento de la época. Es un cuadro con parte de realidad y parte de fantasía. Lo que es indudable es que los personajes de Leonardo DiCaprio y Brad Pitt representan a un modelo de Hollywood que se agotaba.

Siguiendo a varios historiadores de cine se puede elegir a 1967, año de estreno de Bonnie & Clyde y El graduado, como el momento en que comienza la revolución que derivará en el llamado "Nuevo Hollywood", cuando el poder en la industria quedó en manos de jóvenes directores cinéfilos como Martin Scorsese, Francis Ford Coppola, William Friedkin, Brian De Palma, Robert Altman y Hal Ashby, entre otros.

La hora del cambio

Pero el desgaste del cine mainstream había comenzado antes, en los 50, cuando tuvo que enfrentarse con la TV. Mientras los grandes realizadores del Hollywood clásico, como John Ford, Alfred Hitchcock, Billy Wilder y Howard Hawks, seguían haciendo sus películas de género con marca de autor, los estudios iban buscando la forma de ganarle a la pantalla chica apuntando al gran espectáculo. Para fines de los 60 se dieron dos situaciones: los directores legendarios ya tenían la mayoría de sus mejores trabajos detrás y, por otro lado, este modelo de grandes producciones épicas y musicales coloridos ya no capturaba el interés del público.

Según explica Peter Biskind en Moteros tranquilos, toros salvajes, hacia fines de los 60 los estudios estaban en graves problemas financieros. 1969 es el comienzo de un período de tres años de caída de la taquilla en ese país (de su récord de público, en 1946, con 78,2 millones por semana, al mínimo, de 15,8 millones en 1971). Era necesario un cambio.

Ese cambio fue apareciendo a fines de los 60, sumándose a la revolución cinematográfica que se estaba dando en todo el mundo: la Nouvelle Vague francesa, liderada por un grupo de cineastas que admiraban a los directores autores del Hollywood clásico; el trabajo de directores como Michelangelo Antonioni, Federico Fellini, Ingmar Bergman y Roman Polanski (personaje lateral de Había una vez... en Hollywood), además del latinoamericano y de otras latitudes. "¿Cómo se suponía que tenía que ser una película norteamericana? -se pregunta Mark Harris en su libro Pictures at a Revolution: Five Movies and the Birth of the New Hollywood-. Warren Beatty, que tenía el aspecto físico de una estrella de cine, se había convertido en productor. Dustin Hoffman, que parecía un productor, se había convertido en una estrella de cine. Y Sidney Poitier, que no se parecía a ninguna otra estrella de cine, se había convertido en la atracción de la taquilla en una industria que todavía no sabía qué hacer con su popularidad".

Esa sensación de cambio e incertidumbre es la que impera en Había una vez... en Hollywood. Los personajes de DiCaprio y Pitt no tienen lugar en lo que se viene; ellos lo saben y cada uno lo procesa a su manera. El resentimiento queda expresado en un diálogo en el que el personaje de DiCaprio, Rick Dalton, insulta a un hippie llamándolo "Dennis Hopper". El actor y director de Busco mi destino, que se estrenó en julio de 1969, representa a la revolución que deja a Dalton con dos opciones: la TV o los spaghetti westerns.

El actor que no tiene forma de saber que, en el futuro, estos spaghetti westerns inspirarán a directores revolucionarios, como el propio Tarantino. La TV le permite a Dalton la posibilidad de ofrecer una gran actuación, aunque sea en un producto mediocre (la revolución de la pantalla chica y su legitimación artística demorarían décadas).

En una escena de Había una vez... en Hollywood, Sharon Tate (Margot Robbie) se ve a sí misma en The Wrecking Crew. Aquella película también representa a un tipo de films que ya no tendrían lugar en el Nuevo Hollywood, pero la escena resuena por otros motivos: la actriz sí podría haber sido parte de ese nuevo cine, a juzgar por las buenas críticas que recibió su trabajo (su matrimonio con Polanski permite imaginar que podría haber tenido conexión con directores en el centro de la revolución). Todo eso quedó trunco por su asesinato, que tuvo un enorme impacto. Para muchos, marcó el fin de los 60, apenas unos meses antes de que lo hiciera el calendario. Tarantino quiso presentar su visión de ese momento en la historia y darle un epílogo distinto a aquel Hollywood de 1969.

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