El cruce de culturas y sensibilidades entre Occidente y el Lejano Oriente está presente en esta sensible historia sobre el descubrimiento de la vida a través de la mirada de una niña
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Amélie y los secretos de la lluvia (Amélie et la metaphysique des tubes, Francia-Bélgica/2024). Dirección: Liane Cho-Han y Mayllis Vallade. Guión: Liane Cho-Han, Aude Py, Mayllis Vallade y Eddine Nöel. Música: Mari Fukuhara. Edición: Ludovic Versace. Distribuidora: Cinetopia. Duración: 77 minutos. Calificación: apta para todo público. Nuestra opinión: muy buena.
Sería una pena dejar pasar esta pequeña gema de origen franco-belga nominada al Oscar como mejor largometraje animado, sobre todo porque verla en pantalla grande puede resultar una extraordinaria experiencia compartida entre niños y adultos.
Lo primero que se disfruta, porque entra de inmediato a la vista y moviliza al mismo tiempo la sensibilidad de chicos y grandes, es una animación en 2D de belleza deslumbrante. Son imágenes transparentes, límpidas, relucientes, que retratan en tonos pastel la vida cotidiana de una familia belga residente en el Japón de los años 60.
El cruce de culturas y sensibilidades entre la mentalidad occidental y la del Lejano Oriente es una de las claves de este relato basado en las experiencias autobiográficas de Amélie Nothomb, autora del libro original. Esa memoria evoca los primeros años de la más pequeña integrante de la familia, que narra en primera persona el comienzo de su viaje vital desde una premisa fundamental de la tradición japonesa: allí se afirma que entre el nacimiento y los tres años cada niño se percibe más cercano a la divinidad que a su condición natural de ser humano.
El agua se representa de todas las formas posibles en esta historia. Y Amélie llega al mundo dentro de una burbuja, creyéndose Dios y en un estado casi vegetativo. Su conciencia (el habla, el movimiento, la sensibilidad) aparecerá después de un episodio decisivo que remite a uno de los tantos momentos agitados de la vida japonesa durante el siglo XX, como los bombardeos sufridos por los habitantes de Kobe en 1941. Su familia (padre diplomático, madre artista, una hermana y un hermano) recupera desde allí la normalidad.
Lo que va observando y descubriendo Amélie a partir de ese momento no es otra cosa que un anticipo del agridulce devenir de la vida. Conocerá de la mano de su abuela el deleite inconmensurable del chocolate y encontrará compañía en la tierna Nishio-San, encargada de las tareas domésticas y del cuidado de la pequeña en la bella casa suburbana de la familia. Pero también recibirá las primeras noticias de lo que significan la tristeza, el dolor y la pérdida definitiva. Empezará a hacerse preguntas sobre la muerte.

Hay algunos momentos hermosísimos a lo largo de los breves y precisos 77 minutos de esta encantadora historia, sobre todo una seguidilla de breves imágenes sucesivas (con un trabajo ejemplar de edición y puesta en escena) que registra sin palabras y de la manera más delicada distintos momentos de disfrute en la vida cotidiana familiar.
Cada nuevo hallazgo de Amélie es puro regocijo visual, desde los encuentros con su abuela hasta aquellos momentos en que toma contacto con la orilla del mar, un lugar clave para que la niña aprenda las primeras lecciones que le ofrece la vida. Lo mismo ocurre con la secuencia ambientada en el tradicional festival japonés de Obon, que honra a los fallecidos a través de una procesión de lámparas de papel iluminadas sobre el agua.

Amélie se permite reflexionar alrededor de cada nueva revelación. El realismo de los recuerdos infantiles se mezcla con imágenes que seguramente surgen de la evocación adulta en un regreso al origen, cuando todo estaba listo para ser reconocido por primera vez.
Delicada, poética y sensible hasta en los momentos de mayor dolor, Amélie y los secretos de la lluvia tiene la rara virtud de observar la vida desde una perspectiva que llega de inmediato al corazón de los pequeños y los adultos. Algo parecido ocurre cuando vemos una película de los estudios Ghibli y el cine de Hayao Miyazaki, cuya influencia queda a la vista en esta bella historia.
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