Apropiación cultural en el cine argentino: un concepto que parece entrar en franca crisis
Films como Nuestra tierra, de Lucrecia Martel, exponen que muchos realizadores están más preocupados por contar lo “correcto” que lo que verdaderamente desean
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Resulta interesante que las declaraciones de Lucrecia Martel −de las pocas cineastas argentinas con peso y voz en el paisaje internacional− reboten o resulten contestadas ni bien salen a la luz. Hablan de cierta autoridad, incluso una con la que no necesariamente hay que estar de acuerdo. Pero sus intervenciones suelen causar discusión y, en tiempos de absoluta incomprensión lectora, el ejercicio de la inteligencia no solo no está de más, sino que es bienvenido, incluso indispensable. Esta vez fue a partir de una nota publicada en el periódico británico The Guardian, a raíz del estreno comercial en Londres de Nuestra tierra, el documental que la realizadora tardó una década en hacer y que tuvo su lanzamiento internacional el año pasado (en la Argentina se estrenó en febrero pasado). De la película se ha hablado bastante, se ha discutido lo suficiente. Lo que llamó la atención en nuestro país fue una declaración en esa nota que llegó a su título: “Siempre nos comportamos como si no perteneciéramos a Latinoamérica… La Argentina necesita acabar con esta fantasía de ser un país europeo inexistente”.
Esta no es una nota para demostrar que el desarrollo demográfico de lo que llamamos “la Argentina” en más de quinientos años necesariamente lleva, inmigración mediante, a cierto europeísmo. Tarea de historiadores y sociólogos ecuánimeas (si los hay) explicar tal comportamiento. Tampoco quiere contestar esa boutade, porque en realidad no es, ni de lejos, lo más interesante que la realizadora de La mujer sin cabeza dijo para la nota en cuestión. Hay otra cosa que es mucho más fuerte y abre muchas más discusiones. Como se sabe, Nuestra tierra muestra el trato que se le da a las comunidades originarias en la Argentina a través de la investigación de un asesinato, el del líder indígena Javier Chocobar por un empresario y dos policías, asesinato que fue filmado por los propios victimarios en el contexto de una discusión por la propiedad de unas tierras, y que tardó casi una década en llegar a juicio.
Martel ha sido siempre reconocida por sus ficciones y por la enorme estilización, a veces obsesiva, que se desprende de sus películas, un estilo reconocible desde el primer fotograma. Algo de eso hay en Nuestra tierra, pero es un documental, algo que la realizadora no había intentado hasta entonces. Partió de la necesidad de ayudar a la comunidad que sufrió el crimen con la construcción de un archivo y generó la curiosidad suficiente para hacer la película, que toma el caso para hablar del trato históricamente paternalista y condescendiente para con los pueblos originarios.
Pero la nota tiene este párrafo notable, elucubrado por el corresponsal del diario, Tiago Rogero: “Martel es blanca y no ve ningún problema en hacer una película centrada en temas indígenas. Reconoce que ‘los primeros 120 años del cine’ estuvieron en gran medida restringidos a un pequeño número de hombres blancos de ‘clase media alta’, y celebra el hecho de que personas de otros ‘orígenes culturales’ estén haciendo que la industria sea ahora más ‘diversa y, por lo tanto, más rica’, pero afirma que ‘el discurso en torno a la apropiación cultural también creó otro problema’, especialmente entre los jóvenes aspirantes a cineastas.” Y es aquí donde aparece uno de los grandes problemas del cine y de todo arte −al menos arte representativo− contemporáneo: la idea de la “apropiación cultural”, que proviene en parte también de los discursos interseccionales que terminaron cuajando en la ideología woke, hoy −afortunadamente y por sus excesos− cada vez más objeto de burla.
La “apropiación cultural” básicamente es un dispositivo de restricción: no se puede filmar sobre afroamericanos si no se es afroamericano; no se puede hablar de los problemas de ser mujer en esta sociedad si se es hombre, y el lector puede establecer toda combinación prohibida que le plazca, incluso las más absurdas, y estará en lo correcto. Sin embargo, como se dijo, es un mecanismo de restricción y ha causado mucho más mal que bien. Algunos casos son risibles, como cuando se adaptó a acción en vivo el clásico del animé Ghost in the Shell y se eligió a Scarlett Johansson como protagonista en lugar de a una actriz japonesa. O cuando la cantante británica Adele fue criticada por usar rastas en una celebración. Es curioso que cuanto más se habla de “inclusión”, más se restringe el uso o la opinión respecto de ciertos temas a quienes “están autorizados”. Dejemos de lado el asunto de quién autoriza.
Pero lo que dice Martel es otra cosa. Aunque la nota parece ir por un lado (el del corresponsal), la cineasta agrega lo siguiente: “Se ve a hombres aterrorizados de hacer películas sobre mujeres, a mujeres inseguras sobre qué temas pueden abordar, y a todos tratando de averiguar de qué es legítimo hablar. Entiendo esa preocupación [sobre la apropiación cultural], y es normal que la tengamos, pero no podemos dejar de hablar de los problemas de nuestra época simplemente porque los protagonistas no hayan vivido las mismas vidas que nosotros”.
Martel es una persona de una gran inteligencia y se da cuenta −como lo hizo en otras ocasiones sobre problemas evidentes del sistema de producción cinematográfico de la Argentina− que todo discurso restrictivo respecto de la libertad de expresión genera necesariamente exclusión. Es, en última instancia, el mismo discurso contra el que reacciona en la película, solo que en lugar de tratar de modo victimista e infantil a los pueblos originarios de nuestro país, lo hace con la audiencia universal. No sólo eso: a través de este problema -que es evidente que está en una crisis causada por los propios espectadores, que tienen mucho más poder e inteligencia del que suelen admitirles los creadores y la prensa- se comprende a trasluz una de las causas (no la principal, por cierto) de la actual crisis del audiovisual, en el que contenidos alternativos al mainstream como la obra de Lucrecia Martel disminuyen en relevancia y solo son vistos por quienes están convencidos previamente de las ideas que sostienen, o conocen -también como si fuera una “franquicia”, aunque podríamos decir “gourmet”- a los autores cinematográficos que las academias y los festivales vuelven relevantes. Sin olvidar que se han vuelto más políticamente explícitos o panfletarios (Más corazón que odio es una película sobre el racismo mucho más efectiva que cualquier documental contemporáneo sobre el tema, por ejemplo). Lo más certero de sus palabras -y lo más grave en términos de producción- es que muchos realizadores ponen delante del deseo de expresión estética o política lo “correcto” o “adecuado” que pueda ser lo que filman. La acusación de “apropiación cultural”, como todo desborde de lo woke, es una forma sofisticada de la peor de las censuras: la autocensura.
Así que en lugar de escandalizarse por una ironía de Martel respecto del destino latinoamericano o europeo de la población argentina, es mejor leer cuando, de modo inteligente aunque quizás inconsciente, la artista pone en cuestión los lugares comunes en los que muchos (a veces para justificar su mediocridad o intrascendencia) caen a la hora de crear arte o −peor en estos casos, que parecen vicariatos de una autoridad sorda− criticarlo. En última instancia, es buena noticia que conceptos como “apropiación cultural” entren en crisis. Esperemos que sea terminal.
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