
César Romero, de galán latino a villano del cómic
Latin lovers hubo muchos en Hollywood, seguramente más seductores y más famosos, pero pocos habrán logrado permanecer tanto tiempo en actividad como César Romero, que empezó (o casi) haciendo de gigoló en 1934, al lado de William Powell, Myrna Loy y Maureen O Sullivan (la película se llamaba La cena de los acusados , había sido dirigida por W. S. Van Dyke y fue la mejor de una larga serie), y siguió trabajando hasta pocos meses antes de su muerte, ocurrida en Santa Mónica, California, el primer día de 1994.
Tan prolongada fue su trayectoria que terminó teniendo una legión de admiradores dividida en distintas generaciones. Sus contemporáneos lo reconocían como el grandote moreno con pinta de galán latino que adoptaba nacionalidades diversas (exóticas, según los norteamericanos), mostraba la misma disposición para las comedias cómicas o las románticas y cuyas dotes para el baile sabía aprovechar cuando le tocaba participar de un musical. Otros lo evocan en el ámbito del Far West asumiendo las mañas y la picardía de Cisco Kid en un puñado de films que la Fox rodó entre 1939 y 1940. En cambio, los que eran chicos o adolescentes en los sesenta lo recordarán con el rostro blanco y la sonrisa inquietante y payasesca del Guasón en aquella serie de Batman con Adam West largamente explotada por la pantalla chica. Eso sí: casi todos, aunque no supieran su nombre, lo habrán visto aparecer, por uno o varios capítulos, en infinidad de shows de la más variada especie, de Ben Casey a Hechizada , de El Zorro a Patrulla juvenil y de La isla de la fantasía a 77 Sunset Strip . Y ni hablar de los pacientes seguidores de Falcon Crest , habituados a verlo revalidar sus títulos de galán seductor ante Jane Wyman, cuando ya había cumplido los 78 años.
Trabajo, como se ve, nunca le faltó, aun cuando ya no lo necesitara: cuando terminó su relación con la Fox, en 1950, ya había acumulado considerable fortuna. Sin embargo, siempre estaba disponible para aprender nuevos papeles, le encantaba la variación y podía desempeñarse con igual autoridad en cualquier género. Con todo, era obstinadamente intransigente cuando se trataba del bigote. No se lo sacó ni siquiera cuando tuvo que pintar su máscara de blanco para integrarse al elenco de los villanos de Batman, un bando tan cotizado que contaba con el inolvidable Burgess Meredith en el papel del Pingüino. (Aseguran sus fans que en muchos primeros planos alcanza a percibirse la sombra del mostacho que era su marca registrada.)
Nunca fue una superestrella, pero ganó notoriedad desde que empezó a explotar su aspecto de latin lover en innumerables films de los 30 y los 40. Romero era neoyorquino de nacimiento, pero pertenecía a una familia cubana descendiente de José Martí.
Se formó artísticamente en un par de escuelas y supo ganarse la vida con los bailes de salón hasta que Broadway fue en su busca y le ofreció un papel en Lady Do. Tenía apenas 20 años y pronto empezaría a recibir ofertas de Hollywood, sobre todo cuando los productores lo vieron en una pieza de Preston Sturgess, Strictly Dishonorable . El demoró en aceptar, pero cuando ingresó en el cine se quedó allí para siempre. De aquella primera época son Tu nombre es tentación (1935), de Josef von Sternberg, con Marlene Dietrich; Love Before Breakfast (1936), de Walter Lang, con Carole Lombard; El ídolo del regimiento (1937), de John Ford, con Shirley Temple, y sus dos films al lado de Carmen Miranda: Weekend in Havana (1941, Walter Lang) y Springtime in the Rockets (1942, Irving Cummings). Casi todos los historiadores, sin embargo, prefieren destacar otros trabajos suyos: su composición de Hernán Cortés para El capitán de Castilla (1947, Henry King); su aporte cómico-romántico a Julia Misbeha ves (1948, Jack Conway), con Elizabeth Taylor, Walter Pidgeon y Greer Garson, o en el ambiguo rol del noble francés que contrata y vigila a Burt Lancaster y Gary Cooper en Vera Cruz (1954, Robert Aldrich).
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Después vino Batman y su gran éxito como el Guasón, que no le impidió mutiplicarse para seguir asumiendo papeles en el cine (algunas producciones de Walt Disney, muchos films de bajo presupuesto generalmente inocultable), y aceptando las frecuentes invitaciones de las series de televisión. El atlético moreno del bigote inclaudicable mantuvo el porte elegante y la obsesión por el buen vestir hasta el final. Y también conservó su empecinada soltería, que no se debía a la vocación donjuanesca que los estudios le adjudicaban, sino a su condición homosexual, como le confesó en sus últimos años al periodista Boze Hadleigh mientras revelaba algunos secretos cómicos de la vida gay en la industria del cine. (Hadley incluyó la entrevista en su libro Hollywood Gay .)
La evocación de Romero no es caprichosa: hace poco -exactamente el 15 de febrero- se cumplió el centenario de su nacimiento. Valga este tardío homenaje para él y para tantos otros actores latinos que tuvieron su cuarto de hora en Hollywood y cuyos nombres hoy casi nadie recuerda.
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