
Creativa e inconsistente
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La antena (Argentina/2004-2007). Guión y dirección: Esteban Sapir. Con Rafael Ferro, Florencia Raggi, Alejandro Urdapilleta, Julieta Cardinali, Valeria Bertuccelli, Ricardo Merkin, Carlos Piñeiro, Raúl Hochman, Sol Moreno y Jonathan Sandor. Fotografía: Christian Cottet. Música: Leo Sujatovich. Edición: Pablo Barbieri. Diseño de producción: Daniel Gimelberg. Producción de ladobleA en blanco y negro presentada por Pachamama. Duración: 90 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
Más de una década transcurrió desde que Esteban Sapir presentó su ópera prima Picado fino , un influyente trabajo experimental que fue precursor del movimiento conocido como Nuevo Cine Argentino, hasta que terminó La antena . Y la espera, más allá de los distintos análisis y valoraciones que puedan hacerse, valió la pena.
Con unas ambiciones y un presupuesto infinitamente superiores a los de aquel film artesanal, La antena mantiene el virtuosismo formal de sus imágenes en blanco y negro, la inagotable creatividad, el desparpajo y la radicalidad de una narración y un tono poco convencionales que ya había demostrado en Picado fino .
El problema (o la incógnita) que plantea La antena es si su propuesta temática, dramática y hasta política está a la altura de su sofisticado diseño visual, sostenido por miles de horas de trabajo en los minuciosos, obsesivos, impecables efectos generados por computadora.
La antena es una ambiciosa y subyugante fábula retro y apocalíptica, de corte orwelliano, que transporta al espectador a una ciudad nocturna y nevada de inevitable tono melancólico, cuyos habitantes se han quedado sin voz y viven bajo el dominio de una poderosa corporación (Alimentos TV) que lidera el tiránico señor TV (Alejandro Urdapilleta). Entre metáforas y alegorías -algunas bastante obvias- sobre el nazismo y los fanatismos en general, sobre el papel manipulador de los medios de comunicación, sobre el consumismo y sobre el tema de la mirada, surge un antihéroe (Rafael Ferro), típico perdedor que intenta salvar al mundo con la ayuda de su ex esposa (Julieta Cardinali) y de su hija (Sol Moreno).
Con una estética y una fuerte carga de cinefilia que remite a los pioneros del período mudo como Georges Méliès, al surrealismo del primer Luis Buñuel, al realismo soviético de Sergei Eiseinstein y Dziga Vertov, al expresionismo alemán de F.W. Murnau y Fritz Lang (especialmente al clásico Metrópolis ) y, sin ir tan lejos, a la francesa Delicatessen o a los trabajos del canadiense Guy Maddin, La antena es una proeza visual de características épicas para el cine argentino, pero que en su frialdad, artificialidad, superficialidad e inconsistencia termina desaprovechando varios de los conflictos que aborda.
Construida casi sin diálogos, con un puñado de canciones y un ingenioso trabajo sobre los subtítulos que los hace interactuar con las imágenes, este segundo largometraje de Sapir (también un reconocido fotógrafo y director publicitario) desvirtuando varios personajes secundarios, como los de Florencia Raggi (cuyo rostro nunca se ve) y Valeria Bertuccelli (en el papel de un muchacho), que quedaron demasiado reducidos en el corte final.
En el nivel técnico, quedó dicho, los trabajos son consagratorios: desde el diseño de producción de Daniel Gimelberg, que combina el expresionismo con la estética del cine noir de los años 30 y 40, hasta la fotografía de Christian Cottet, pasando por la omnipresente música de Leo Sujatovich o la tarea del equipo de efectos visuales generados por computadora, el acabado formal de La antena es tan impactante que termina trascendiendo y hasta minimizando sus carencias estructurales.
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