El niño mimado del actual cine francés
Elegido por varios directores galos
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Es el extranjero loco que corre desnudo a una gitana también desnuda entre los árboles de una aldea rumana. Con la alegría y vitalidad de aquella imagen de la película "El extranjero loco", el actor francés Romain Duris consiguió entrar, en 1998, con comodidad en el mundo del cine como actor revelación.
Duris, de 31 años, dejó la carrera de diseño gráfico para comenzar a actuar. Hoy no tiene ni tiempo de juntarse con su banda Kingsize a tocar la batería. Actúa en no menos de dos películas por año, aunque en 2001 llegó a cuatro. En una charla telefónica con LA NACION dice que en muchos casos "fue el azar, que no podía decir que no, pero hacer cine por hacerlo no me interesa".
No sólo es el actor fetiche de Tony Gatlif, el realizador argelino que por tercera vez lo dirigió en la recién estrenada "El viaje inolvidable". También lo es del francés Cédric Klapisch, que lo descubrió en la calle a los 20 años y lo dirigió cinco veces, entre ellas en "Piso compartido". También Jean Marc Barr lo eligió para su trilogía del Dogma 95. Y así como trabajó para James Ivory en "Divorcio a la francesa" y para Jacques Audiard en "De battre mon coeur s´est arreté", también es el actor más requerido por los directores jóvenes del cine francés.
"El viaje inolvidable", que se estrenó el jueves último, es su tercera colaboración con el argelino Tony Gatlif ("El extranjero loco", "Gitano, quiero ser libre"), un realizador que como Emir Kusturica reverencia las historias donde lo gitano es protagonista. Romain interpreta a Zano, un francés hijo de argelinos escapados de su país a fines de los años 50. El no entiende árabe, pero le fascina el mestizaje de la música raí. Junto a su novia Naíma (Lubna Azabal) decide hacer el viaje a la inversa: dejar París para atravesar Andalucía y cruzar Marruecos hasta llegar a Argelia, la tierra desconocida. Todo ese andar errante está marcado por música que comienza siendo urbana, electrónica, se contagia del raí, se quiebra con el flamenco y termina en una ceremonia sufí.
-¿Qué significó para usted haber hecho el mismo viaje que hizo Gatlif para volver a su país?
-Para mí fue un honor que me llamara para trabajar. Yo sé todo lo que significó para él, después de 43 años, volver a la tierra que tuvo que abandonar.
-Gatlif filma de manera casi documental. ¿Es enriquecedor para un actor profesional seguir sus pasos o complica el hecho de, además, tener que trabajar con tantos actores no profesionales?
-A mí me encanta su universo. El lleva un pequeño guión, apenas si tiene algunas escenas escritas a la manera del cine clásico, que van evolucionando con el transcurrir del rodaje. Gatlif se inspira mucho en el lugar. Ve gente que pasa, se poner a charlar y le propone hacer una escena para la película. Constantemente está abierto a las sorpresas. Y nosotros, como actores, estamos obligados a estar siempre presentes. Para mí está muy bien esa forma de trabajo. Porque el riesgo del actor es encerrarse en una técnica demasiado organizada. Pienso que lo importante es, finalmente, el no control. Una vez que uno encuentra un personaje hay que dejarlo hacer y no controlarle los gestos ni cómo vive las cosas. Por eso un actor no profesional, que no tiene técnica, que no sabe hacer, nos acerca mucho más a la vida, a lo real, te hace olvidar la escena, el guión y eso lo hace todo más espontáneo.
-¿Y siempre todo sale bien?
-Bueno, también hay cosas que a veces se complican, y que a veces no salen. El actor tiene más facilidad para repetir ciertas cosas. Pero cuando no se es profesional y hay que repetir más y más, las cosas que salen son cada vez menos buenas. Esas cosas sucedieron y complicaron el rodaje también. Pero ése es el precio que hay que pagar.
-Gatlif filma un plano secuencia de diez minutos de una ceremonia sufí que impresiona...
-Sí, fue una sola toma, sin repeticiones. Yo le pedí a Tony que antes nos mostrara alguna ceremonia en video para que viéramos con Lubna Azabal. Con la música estábamos familiarizados porque Tony la había grabado en su primer viaje y entonces durante los fines de semana la escuchábamos. Pero esa escena era un gran interrogante. Cuando llegamos al lugar del rodaje, Tony estaba muy estresado, y nosotros más. Primero la música y la cámara comenzó a filmar, después todo se encadenó muy simplemente y la pasamos muy bien.
-¿Pudo entrar en trance naturalmente o tuvo que actuarlo?
-Por un momentos perdí contacto con la realidad, pero sentí que no había ido muy lejos, no quise. Es misterioso lo que sucede allí. Todo el mundo quiere saber sobre eso. Si lo practicás con frecuencia es posible liberar tus ideas y curarse espiritualmente. Como al personaje de Naíma, a la actriz Lubna Azabal le pasó, entró en trance y cuando todo terminó, contó que había podido liberarse de algo muy feo. Es una danza de sanación muy antigua que ahora está muy de moda en Europa.
