
Examen de los lazos familiares
"Abre tus alas" ("Broken wings" /"Knafayim Shvurot", Israel/2002, color). Dirección: Nir Bergman. Con Maya Maron, Orly Silbersatz Banai, Daniel Magon, Eliana Magon, Vladimir Friedman, Danny Niv, Dana Ivgy, Nitai Gvirtz. Guión: Nir Bergman. Fotografía: Valentin Belonogov. Música: Avi Belleli. Edición: Einat Glaser-Zarhin. Presentada por Alfa Films. Duración: 84 minutos. Sólo apta para mayores de 13 años.
Nuestra opinión: muy buena
"Abre tus alas" transcurre en Haifa y habla de una familia israelí que trata arduamente de recuperarse tras la muerte del padre, pero el retrato es tan sensible y apunta con tan certera discreción a lo más hondo de los sentimientos que trasciende circunstancias y diferencias culturales y cobra validez universal.
En su percepción de la delicada trama afectiva que sustenta los vínculos del grupo más allá del desconcierto y la disgregación producida por el sacudón del dolor, el director Nir Bergman esquiva tanto la tentación de la sensiblería como la fácil receta de la construcción melodramática.
Su relato se organiza a partir de breves escenas que exponen la situación crítica que vive cada uno de los personajes y que amenaza con disgregar al grupo. La madre, una partera que a duras penas ha salido de una larga temporada de depresión aunque no ha superado el dolor de la pérdida, está sobrecargada de obligaciones. La hija adolescente debe postergar su sueño de ser cantante (ha escrito una bella canción dedicada al padre) para atender a sus dos hermanos más pequeños y reemplazar a la madre, con la que mantiene una relación conflictiva. El desconcierto también ha dejado su huella en el hijo mayor, que ha abandonado la escuela y el básquetbol (su gran pasión), anda por los subtes disfrazado de ratón y se siente una partícula en un universo sin sentido, mientras el hijo menor no se despega de su cámara de video, ensaya saltos peligrosos en una piscina vacía y le gasta bromas pesadas a la menor de la familia.
Mirada discreta
Bergman se aproxima con prudente respeto a la intimidad de los personajes: prefiere que sean sus comportamientos los que desnuden los conflictos y potencia la emoción retirándose a tiempo, como sucede en la conmovedora escena con el médico del hospital en la que se insinúa algún respiro afectivo para la madre; rehuyendo lo lacrimógeno, como cuando la chica puede por fin contar la absurda tragedia y cantar su canción en memoria del padre, o recurriendo al humor, como cuando el estallido de rabia contra el auto que nunca arranca resuelve en risas el emotivo reencuentro de madre e hija.
La delicadeza y la sensibilidad del director israelí encuentra inmejorable correspondencia en un grupo de actores cuya mesura expresiva no hace sino reforzar su sinceridad. Si es más notorio el brillo de Orly Silbersatz Banai, la madre que muestra al mismo tiempo su vulnerabilidad y su coraje, y el de Maya Maron, la hija que ve tambalear sus sueños, es porque gran parte del juego dramático gira sobre sus personajes.
El film habla de alas quebradas, de vuelos que se frustran, y quizás abusa un poco de las alusiones simbólicas. Pero sobre todo acierta en la mirada sobre esos vínculos afectivos que sobreviven a los momentos difíciles y sirven de sustento para fundar la esperanza.
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