Gabriele Muccino, un italiano en Hollywood
"Después de su encantador retrato de los amores y las rebeldías adolescentes en Come te nessuno mai (aquí conocida como Ahora o nunca ), Gabriele Muccino asciende una generación y habla de la gente de su edad. Los que andan por los treinta están en plena crisis, asumiendo sin ninguna convicción y quizá sólo formalmente las responsabilidades que la sociedad les reserva -lo que equivale para ellos a la garantía de un futuro rutinario y tedioso- o resistiéndose todavía a abandonar una juventud hecha de sueños que ahora deberán sacrificar. Se sienten tironeados entre el modelo de felicidad familiar que les propone la publicidad (y que saben un fraude) y la voluntad de mantenerse libres y abiertos a todas las posibilidades: una promesa de vagabundeo eterno como fin en sí mismo, obviamente también concebido a la manera de los espejismos publicitarios."
Tal lo que pudo leerse en estas páginas cuando se estrenó El último beso , aquel agriducle retrato de los sueños y frustraciones afectivas de un grupo de treintañeros de clase media que, gracias al boca en boca, fue todo un fenómeno en la cartelera porteña de 2002: veinte semanas en cartel, más de 200.000 espectadores. Cifras inusuales para el cine italiano de estos tiempos. El film traía el antecedente de su enorme triunfo en Italia, donde a los récords de recaudación, Muccino sumó el elogio de artistas venerables como Mario Monicelli, que creyó ver en su mirada irónica sobre los problemas de los nuevos ricos y en su empleo del humor para abordar temas dramáticos alguna herencia de la comedia a la italiana.
El último beso cruzó el Atlántico, repitió la historia en Sundance, donde ganó el premio del público, y terminó por darle un giro radical a la carrera de Muccino, que acaba de conquistar el box-office norteamericano con su primer film en inglés, En busca de la felicidad . Además de los 127 millones de dólares que recaudó en un mes, la película logró colocar a Will Smith entre los candidatos al Globo de Oro (perdió frente a Forest Whitaker) y al premio del Sindicato de Actores que se entregará el 28 del actual. Y son muchos los que apuestan por un lugar para él entre los inminentes nominados al Oscar.
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Demasiado vértigo en la carrera de este romano que todavía no cumplió los cuarenta y llevaba realizadas sólo cuatro películas cuando Hollywood fue en su busca. ¿Cuestión de suerte? Quizás un poco, por lo menos según lo cuenta Will Smith, que vio El último beso a instancias de Eva Mendes, su compañera de Hitch, especialista en seducción, y se sintió tan impresionado por el estilo (y por la intrincada naturaleza de las emociones que el film era capaz de traducir en la pantalla) que en seguida quiso conocer las restantes obras de Muccino y gestionó un encuentro con él. Quería hablarle de la historia (autobiográfica) de Cris Gardner, un vendedor que en 1981, en San Francisco, sueña con convertirse en agente de negocios en la Bolsa mientras se esfuerza por mantener a su familia sin conseguir eludir la crisis económica y matrimonial; su mujer lo abandona, dejándole a su hijo de 5 años, y pronto están los dos en la calle, compartiendo la dura vida de los homeless y tropezando con mil y una desdichas, sin que éstas lleven al hombre a renunciar a su sueño.
Smith evocó hace poco, cuando el film se estrenó en Italia, el primer encuentro, decisivo, en París. Casi antes de saludarlo -recordó- Muccino le dijo: "Puedo no ser yo quien dirija el film, pero, por favor, no elijan a un director norteamericano; ustedes suelen no reparar en la belleza que hay en su capacidad de soñar". En un primer momento -admite el popular actor-, se sintió chocado. Después comprendió de a poco lo que Gabriele quería decirle: "Estamos tan habituados a ciertas situaciones que solemos perder de vista lo que cuenta de verdad". Ahora se felicita de haber defendido con tanto empeño la elección de Muccino ante la resistencia de unos cuantos ejecutivos de la Columbia.
Ni el director ni su protagonista se explican el clamoroso éxito: ningún film así de dramático suele tener tanta repercusión si no hay un Oscar que lo respalde. Pero Smith tiene una teoría: "El film cuenta la otra cara del sueño: la pesadilla. Del otro lado de la esperanza está el miedo y éstas son emociones primordiales en las cuales todos podemos reconocernos, como en el amor paternal, en el sentirse dispuesto a hacer cualquier cosa por un hijo".
Puede ser. Por de pronto, Muccino dice haber tenido in mente Ladrones de bicicletas y Umberto D , films que hizo ver al actor ahora convertido en amigo personal. Quería contar no el sueño americano, sino el sueño humano. El sueño de la felicidad.
En cuanto a Hollywood -donde quiere seguir trabajando-, el cineasta asegura que basta algo de diplomacia para superar las diferencias entre formas distintas de concebir el cine. Como anotó un crítico italiano: Muccino dejó en Italia su cine de familias en crisis y de diálogos gritados, pero conservó el sentimiento.
Y eso suele ser igual en todos lados.



