
Gaspard Ulliel y el origen del mal
En un orfanato ruso en el que ha sido recluido, un chico llamado Hannibal lleva en el ánimo las cicatrices de una corta vida llena de desgracias. Ya casi ni recuerda los días felices en Lituania, su tierra natal, cuando jugaba con su hermanita Mischa en la mansión familiar. Nada quedó de todo aquello. Durante la Segunda Guerra Mundial, sus padres cayeron abatidos por el fuego de un bombardero soviético; después, un grupo de alemanes desertores sacrificó de la manera más salvaje a la chica. Salvado por soldados rusos, ha ido a parar al establecimiento del que está decidido a escapar en cuanto la oportunidad se le presente. Al fin, tanta perseverancia tiene su recompensa: logra sortear rejas y centinelas y arreglárselas para llegar a París, donde no encuentra a su acaudalado tío, que ha muerto no hace mucho, pero sí a su viuda, una bella dama japonesa. Lady Murasaki le da cobijo, le enseña los códigos del samurái; quizá también le despierta alguna inquietud amorosa. Un día le dice: "Hueles a humo y a sangre". Cualquiera puede imaginar por qué.
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Nadie lleva en el cine el nombre de Hannibal por azar: éste es, por supuesto, Lecter, que vuelve, porque así lo decidieron los intereses del mercado cinematográfico, la buena disposición del creador del personaje, Thomas Harris, y el ojo experto de Dino de Laurentiis. A los 87 años, el veterano productor italiano percibió que había mucha curiosidad morbosa por satisfacer -por ejemplo, por qué el famoso caníbal se inició en su atípica dieta-, y convenció a Harris para que hurgara en los antecedentes del personaje que desde que Anthony Hopkins lo encarnó en El silencio de los inocentes se ha convertido en el malvado más famoso del cine. De ahí salió Hannibal Rising , la nueva "precuela" -si se acepta el neologismo promovido por los norteamericanos- que anda circulando por el mundo desde hace un par de meses y que ya lleva recaudados más de 80 millones de dólares. El film ha hecho fruncir la nariz a unos cuantos críticos, pero también hay quien opina que, como le sucedió a James Bond, el regreso al pasado le ha dado a la serie nuevo oxígeno. Sangre nueva, si se prefiere.
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A nadie escapa que la mayor complicación que suponía contar los años jóvenes del asesino serial imaginado por Harris era que Anthony Hopkins ya no tiene edad para personificarlo y que no sería fácil encontrar un sustituto aceptable. Pero parece que ni la casa De Laurentiis ni al director elegido para la tarea, Peter Webber, titubearon a la hora de jugarse por el francés Gaspard Ulliel, que no sólo habla inglés fluidamente y tiene una muy apropiada cicatriz en la mejilla -producto de la mordedura de un doberman cuando tenía 6 años-, sino que está entre los jóvenes galanes más populares y más cotizados de su país. A los 22 años, y ya con un César en su haber, Ulliel (el amante adolescente de Emmanuelle Béart en Lejos del mundo ; el novio largamente esperado por Audrey Tautou en Amor eterno y uno de los protagonistas del episodio discretamente gay de Paris, je t aime) , ha dado, por lo menos, muestras de prudencia. "Seguir los pasos de Hopkins era una misión desalentadora, por no decir imposible, pero aunque vi una y cien veces las películas de la serie, en especial la primera, que es mi favorita, sólo tomé algunos pequeños detalles de su interpretación."
Al fin, reconoce el actor, se trata de una persona diferente: "Mi Hannibal es mucho más joven; no ha vivido muchas de sus experiencias más fuertes ni se ha endurecido todavía por el tiempo pasado en prisión. Además, lo que importaba era seguir la evolución real del personaje, revelar de a poco su lado más oscuro, tanto durante su formación médica como en las primeras manifestaciones de su voluntad de venganza. A lo largo del film buscamos ese crescendo , hasta que matar y devorar a sus víctimas se convierte para él en una adicción. Y es sólo hacia el final de la película cuando me voy aproximando cada vez más a la manera de hablar y de comportarse del Hannibal de Hopkins". Para tender un lazo entre uno y otro momento del personaje, Ulliel contó con la ayuda del propio Hopkins: en los bonus incluidos en el DVD de El silencio de los inocentes , el actor galés cuenta cómo estuvo observando los movimientos de serpientes y gatos para definir los gestos del personaje: "Esto es visible desde las primeras escenas, cuando aparece encarcelado. Su serenidad, su respiración, el tono de voz, el modo en que mira, casi sin parpadear... Cada actitud que toma, cada movimiento que hace, por mínimo que sea, está justificado. Con ellos está definiendo a Hannibal". Y está claro que no se ha propuesto imitar ni competir con Hopkins, sino apenas aportar sus pinceladas para un retrato -digamos- suplementario del personaje: aquel que ayude a descubrir, quizá, dónde está el origen del mal.
Como todos, él también está convencido de que ya hace rato que el más cruel y fascinante de los asesinos seriales de ficción tiene su rostro definitivo en el cine.
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