
Haneke, violento y perturbador
"La profesora de piano" ("La pianiste", Austria-Francia/2001). Dirección: Michael Haneke. Con Isabelle Huppert, Annie Girardot, Beno”t Magimel, Anna Sigalevitch, Susanne Lothar, Udo Samel. Guión: Michael Haneke, basado en la novela de Elfriede Jelinek. Fotografía: Christian Berger. Montaje: Monica Willi. Presentada por CinemaFilm. Duración: 130 minutos. Sólo apta para mayores de 18 años.
Nuestra opinión: muy buena.
Al examinar personajes cuyos trastornos emocionales juzga representativos del derrumbe moral de una sociedad (la europea y en particular la de Austria, su país), Michael Haneke no ahorra provocaciones. Sus films implacables tienen la seca contundencia de un puñetazo. Más: de ellos se sale con un vestigio físico, resultado quizá menos atribuible a la violencia de las situaciones que expone (y que incluyen imágenes de sexo explícito) que a la "naturalidad" fríamente cerebral que emplea para retratarlas.
Es cine que desafía el escándalo, que apunta a las sensaciones acaso para asegurarse de que su impacto supere todos los tamices defensivos del análisis intelectual. Busca perturbar, es deliberadamente chocante. Por eso, ante "La profesora de piano" es concebible cualquier reacción, incluidos el fastidio o el franco rechazo. Cualquier reacción, menos la indiferencia.
El impacto se multiplica por el contraste brutal que Haneke expone sin énfasis: el cineasta hurga en la porción oculta de un mundo ordenado, ilustrado y elegante, en los círculos culturalmente más refinados de la refinada Viena musical; la deformidad, la perversión, la locura, se agitan bajo la pulida superficie. El film juega con esa oposición desde el principio.
Sexo y poder
La protagonista es la exigente profesora del conservatorio de cuya áspera inflexibilidad ya se tiene noticia desde la secuencia de los títulos. Una sucesión de pantallazos en los que se la ve desempeñar su tarea diaria consolidarán esa parte del retrato, la que también la lleva a los salones donde exhibe su erudición y su familiaridad pianística con Schubert y Schumann. La otra parte, la de la intimidad, mostrará que, si bien ya ha superado los cuarenta, Erica Kohut permanece sometida a la voluntad de su madre, dictatorial y alcohólica, con quien comparte la cama matrimonial de un departamento sin hombres. También mostrará que sus únicos secretos desahogos tienen que ver con el voyeurismo o con prácticas masoquistas que concreta ya en las cabinas de los pornoshops en las que se encierra a ver films y los autocines donde espía a las parejas, ya en el encierro del propio baño, donde se entrega a una automutilación ginecológica con la misma despreocupación con que se esmaltaría las uñas.
La alteración -o bien la exasperación- de esta enfermiza rutina es traída por la presencia de un nuevo estudiante, joven, atractivo, colmado de talento y de ímpetu amoroso. El disciplinado ritual pianístico cede espacio al desarrollo de un vínculo malsano que Erica quiere conducir con la misma estricta rigidez que aplica en sus clases y que se enardece entre la voluntad de poder de ella y el deseo, la resistencia y las vacilaciones del muchacho.
"Te esperé mucho; hace años que siento esta necesidad de ser golpeada", confiesa Erica. El, seguramente, no anhelaba esta pasión anómala materializada en agresiones, en súplicas patéticas, en sangre, lágrimas y vómitos, en urgencias sexuales resueltas en letrinas. El abismo está a un paso: el horror cotidiano que fascina y perturba a Haneke queda a la intemperie.
Este provocador cineasta cuya obra fue motivo de una muestra en el último Festival de Cine Independiente ("La profesora de piano" es el primer film suyo que se estrena en nuestro medio) indaga en la interioridad de sus personajes con fría y elegante minuciosidad, quizá con alguna ofuscada complacencia, buscando en las manifestaciones exteriores las señales del trastorno: no es difícil percibir en el autor una constante, cruda mirada analítica. Pero esa frialdad no excluye la conmiseración, que se hace visible sobre todo en la observación de las debilidades y los desórdenes psicológicos de la protagonista, sacrificada por su madre quizá para conservarla eternamente niña, sometida, negada a la vida, encerrada en la perfección de la música, inmune a la locura paterna.
Es más que probable que buena parte de esa pincelada compasiva provenga de la impresionante pintura de Erica que Isabelle Huppert obtiene a fuerza de sensibilidad, coraje y compromiso interior. Es verdaderamente prodigiosa la intensa y compleja expresividad de esta actriz que con justicia ha inspirado a la crítica la adjetivación más exaltada; prodigiosa por su economía de recursos, por su inteligencia, por su penetración. Una mirada de Huppert -áspera, vulnerable, inconmovible, perversa, verdugo y víctima al mismo tiempo- dice más que miles de palabras acerca de la intrincada personalidad de la pianista.
En un film en que tanto peso tiene la persuasión de los actores, que Beno”t Magimel esté con su estudiante enamorado a la altura de la contienda interpretativa ya habla de su notable talento y de su carisma. Y es particularmente bienvenido el regreso de Annie Girardot, excepcional como la despótica madre. La película, se ha dicho, es cruda hasta la ferocidad y seguramente escandalizará al espectador inadvertido. Y si es probable encontrar en Haneke cierta fascinación por la violencia mezclada con su afán moralizador, parecería una ligereza acusarlo de gratuidad. El sórdido y lacerante caso que él expone con trazo seco puede ser enojoso y desagradable, pero algo hay en él que contiene una penosa, inquietante verdad.
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