
Historias mínimas de tres chicos que quieren crecer
El documental de Reyero es respetuoso y honesto
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Angeles caídos (Argentina/2007, film documental hablado en español). Dirección: Pablo Reyero. Con Eli Suárez, María Aguayo y Ezequiel Rojas. Guión: Pablo Reyero. Fotografía: Nicolás Richat y Pablo González. Edición: Rodrigo Caprotti. Investigación y producción periodística: Eleonora Menutti. Presentada en DVD por Océano Films. 64 minutos. Apta para todo público.
Nuestra opinión: buena
Un documental sencillo, noble, respetuoso y colmado de calidez humana como Angeles caídos es casi una rareza en un tiempo en que la TV satura con el amarillismo de sus testimonios sobre la exclusión social, la inseguridad, la marginación, la droga y los institutos penales, y los noticieros abusan del tema para hacer de cada caso un melodrama. Como en Dársena Sur , el notable film que dio a conocer en 1997, Pablo Reyero se acerca a una realidad que por lo general se prefiere ignorar con las mejores armas que tiene: su mirada franca y leal, su actitud prudente y sin preconceptos y su espíritu solidario, que se evidencia en un auténtico interés por el prójimo y no necesita ser declamado. Esa postura de igual a igual y esa sinceridad que sabe transmitir son las mismas que recibe como respuesta de sus personajes, en este caso tres chicos provenientes de villas o barrios carecientes que están aprendiendo a construir su lugar en el mundo y cuyo rasgo en común es que han encontrado en la música un espacio de crecimiento personal, de autoconocimiento y de autoafirmación. Son chicos que conocen la adversidad e intentan superarla afianzándose en su identidad, seguros de que no van a dejarse atropellar por ese prejuicio que los condena sólo por su procedencia, los acorrala en la marginación y les clausura cualquier posibilidad de futuro.
Lo que se ve en los 64 minutos de proyección es el resultado de un largo y paciente trabajo de investigación, de acercamiento y de participación en la vida de los chicos y de sus familias y comunidades. Hacía falta establecer esa confianza para que la cámara no actuara como espía ni como intrusa para que la conversación entre Eli y sus hermanos discurriera con toda naturalidad, para que una íntima y callada emoción se le adivinara en los ojos cuando evoca el sueño con el padre, de quien heredó la pasión del rock, o para que la tímida María hablara con tanta sinceridad de los amigos que le prometieron no llevarla nunca por el mal camino y se iluminara al recordar que conocer el violonchelo y la música la hizo sobrevivir.
Los tres chicos -el tercero es Ezequiel, que toca el violín en la orquesta de Lugano y en una banda de dark metal- conviven con los conflictos, las desventuras y los escollos de la vida en los llamados barrios carenciados, pero han hallado en la música el espacio donde buscar su voz, expresar lo que sienten, abrirse a otras ideas e incluso liberar tensiones. En la música aprenden a crecer. "Dan lo que hacen y lo que son", dice alguien por ahí.
Porque aparte de ser testigo de las actividades de los chicos -en casa, en los ensayos, en la escuela- y de recoger sus opiniones y sus relatos, a la cámara también le interesa el entorno, y esto comprende tanto los ámbitos en los que transcurre la vida de los protagonistas como los testimonios de familiares o maestros. Todo contribuye a la precisa descripción de esa realidad en que viven y asumen: las imágenes, las palabras, los silencios.
Reyero no intenta transmitir mensajes. Su callada, sensible solidaridad consiste en mirar de frente a sus semejantes, prestar atención a sus historias y darlas a conocer. Su film es honesto y ejemplar.
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