
Juan Duarte, el primer adelantado mediático
Dos libros y una película reseñan la vida del hermano de Eva Perón, de cuya extraña muerte se cumplen cincuenta años
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Apareció muerto con un tiro en la cabeza. Esa es la única certeza. Fue hace 50 años, el 9 de abril de 1953. La información oficial -de la que hasta hoy se desconfía y nunca pudo dilucidarse si efectivamente fue así- consignó suicidio. El hombre oscuro que creyó encontrar la felicidad por mera portación de parentesco, ingresaba así en la peor de las oscuridades: las insondables tinieblas del más allá.
Por estos días, sin embargo, Juan Duarte, que de él se trata, vuelve a la vida recreado por dos libros -uno que lo tiene como figura central ("La última noche de Juan Duarte", de Jorge Camarasa, y publicado por Editorial Sudamericana) y otro en el que aparece colateralmente ("Fanny Navarro o Un melodrama argentino", de César Maranghello y Andrés Insaurralde y publicado por Ediciones del Jilguero)- y una película que comenzará a rodarse a fines de abril- "Juancito", de Héctor Olivera. El personaje había quedado de lado lógicamente opacado por los destellos inextinguibles de su archifamosa hermana, Eva Duarte, y su no menos popular y controvertido cuñado, Juan Domingo Perón.
Pero, sin embargo, Juan Duarte, en sí mismo, constituye una típica parábola argentina, que tiene connotaciones interesantes desde el punto de vista humano y político, pero que también refleja inesperadas proyecciones sobre la historia del espectáculo local, que obligan a volver a él.
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Con el mismo origen modesto que su hermana Eva, a Juan la vida se le había hecho cuesta arriba hasta que un golpe de suerte lo convirtió, por doble vía, en una de las personas más influyentes de "la nueva Argentina" justicialista que rigió entre 1945 y 1955. Si ya ser hermano de la "abanderada de los humildes" en la plenitud de su poder lo colocaba en un lugar más que expectante, su condición clave como secretario privado del presidente Perón le garantizaba, además, como a nadie, disponer por carácter transitivo de esa "magia" tan particular que irradiaba la pareja reinante por aquella época.
Pensando en que la suerte había llegado para quedarse por siempre, Juan Duarte -pelo engominado hacia atrás, bigotito finito, enfundado invariablemente en costosos trajes de alpaca, camisas de seda y zapatos a medida- no ostentaba proyectos políticos como sus parientes más cercanos, pero sí estaba resuelto con gran determinación a pasarla lo mejor posible a expensas de la encumbrada posición que el destino le había regalado.
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De Perón a Rodríguez Saá, pasando obviamente por Menem, la historia del peronismo registra una muy marcada vocación por lo mediático, que es un aspecto muy poco o nada desarrollado en otras fuerzas políticas. Eva Perón fue actriz, trabajó en el cine y en la radio, motorizó con pasión el nacimiento de la TV argentina y convirtió su propia vida en una historia fascinante que la ópera rock "Evita" consagró a nivel mundial. El fabuloso aparato de comunicación desarrollado a la sombra de Perón, silenciando a los medios independientes y sustituyéndolos por una extendida cadena de publicaciones y emisoras acólitas, juntamente con el desarrollo paralelo de intensas campañas de difusión, eficaces consignas y actos cargados de fuerte simbología emotiva, instalaron al peronismo en la vida nacional de manera histriónica y definitiva. También "Menem lo hizo" en la década pasada, de manera menos autoritaria y tal vez con una audacia propia de esta confusa época: llevó a cargos electivos a figuras populares del deporte y del espectáculo y el mismo participó, con envidiable versatilidad, de cuanto programa de TV se lo demandara. Con matices propios, se adivina un continuador de esta línea extrovertida en el candidato presidencial puntano, Adolfo Rodríguez Saá, histriónico a más no poder, con su "Caravana de los sueños" y el absorbente personalismo que derramó sobre su provincia y que de manera sorprendente, y a puro slogan, ahora pretende extender a nivel nacional.
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Pero Juan Ramón Duarte no era Perón ni Eva, ni Menem, ni Rodríguez Saá. No quería ser presidente ni abanderado de ningún humilde. En tal caso, sólo buscaba ser abanderado de la buena vida y así lo hizo. Mientras pudo.
Amigo de la noche -el Tabarís era su segunda casa- y mujeriego aplicado, Duarte -al mismo tiempo que se dedicaba con ahínco a dudosas inversiones personales- corrió detrás de coristas y figuritas de poca monta hasta coronar su álbum de conquistas amorosas con dos nombres más que rutilantes: Fanny Navarro y Elina Colomer. "Se dejaba ver con Fanny en unos lugares -anota Camarasa en su libro- y con Elina en otros, bajo la rigurosa prohibición de ser fotografiado, y sobrevivía como un soltero bígamo, feliz en su indecisión".
Maranghello e Insaurralde, por su parte, señalan que Colomer pertenecía a la clase alta y que "su relación afectiva con Juan, iniciada en 1948, ayudó mucho a su ascenso vertiginoso". Y agregan que "de belleza morena y con sobrepeso a fines de los 40, pasó a la mujer esbelta, sensual y rubio-platino de comienzos de los 50, con una imagen "a lo Lana Turner" que se impuso desde noticiarios y revistas". Camarasa, en tanto, dice de Navarro que "Duarte había tomado nota de esa morocha devenida pelirroja, con el pelo color fuego y un glamour muy Rita Hayworth".
El hermano de Eva movía constantemente sus influencias sobre Raúl Apold, el inquietante subsecretario de Informaciones de la Presidencia de la Nación, para que la gigantesca maquinaria de difusión oficial mantuviera bien en alto a ambas divas "y así como la Colomer -consigna Camarasa- había sido la sensación de 1948", la Navarro sería la de 1949.
Duarte quería manejar personalmente el negocio ascendente, en aquel tiempo, del cine argentino y Camarasa afirma que hasta Atilio Mentasti, presionado por Apold, se vio obligado a venderle una buena parte del paquete accionario de Argentina Sono Film que era, en pequeña escala, algo así como el Hollywood criollo. Duarte tocaba el cielo con las manos: garantizaba así la glorificación constante de sus protegidas y hasta podría hacerse, como lo hizo, de nuevas amigas.
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Pero esta historia, como se sabe, no termina bien. El cáncer que se anidaba dentro del cuerpo de la segunda esposa de Perón extendería sus nefastas consecuencias hasta convertir el cuento de hadas que se había forjado Juan Duarte en una versión varonil y bastante más precaria de "La Cenicienta".
"Si Evita se muere, yo no valgo ni dos centavos", entendió rápido Juan Duarte. Y así fue: apenas ocho meses y medio después de que el cuerpo embalsamado de su hermana fuese depositado en la CGT (donde permaneció hasta 1955 y luego se lo perdió de vista hasta 1971), el 6 de abril de 1953 se convirtió primero en cadáver político al elevar a Perón su "indeclinable renuncia" al cargo de secretario privado presidencial "por motivos de salud"-luego de que su cuñado mandó a investigar hasta el último de sus turbios negocios- y tres días más tarde, en cadáver definitivo, listo para ser sepultado en el cementerio de la Recoleta, mientras su sufrida madre, Juana Ibarguren, le gritaba en la cara a Raúl Apold, según Camarasa: "¡Asesinos! °Me han matado a otro de mis hijos!"
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¿Y qué fue de la vida de las versiones criollas de Rita Hayworth y Lana Turner? Maranghello e Insaurralde, en su libro, conjeturan que a la Colomer la salvó "mantenerse al margen de la política o, mejor aún, su antigua adhesión a la Unión Democrática, junto con el hecho de que Eva Perón no permitía que se la nombrase en su presencia". Tal vez por eso, cuando la furia antiperonista sacudió al país desde 1955, Elina Colomer pudo anotarse todavía un nuevo triunfo de gran impacto en la naciente TV privada como protagonista de "La familia Falcon", éxito colosal de Canal 13 a partir de 1962.
Muy distinto, en cambio, fue el derrotero de Fanny Navarro. "Con su introversión, falta de amigos, exabruptos y fanatismo justicialista" -opinan los autores de su biografía- jamás pudo sacarse ese rótulo y le jugó muy en contra cuando el régimen cayó en desgracia. Su estrellato fue cuesta abajo hasta convertirla en una sombra, se sumió en la depresión y murió de un infarto en 1971 casi en soledad.
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La desgraciada historia de Juan Duarte, el perdedor que sólo tuvo un cuarto de hora glorioso, renace una vez más para recordarnos cierta recurrente y autodestructiva forma de ser argentina.
De la euforia a la tragedia
El hermano de Eva Perón pasó de tener todo a no tener nada. Elina Colomer y Fanny Navarro fueron, al mismo tiempo, sus dos grandes pasiones.
Finalmente, ¿se suicidó?
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