
La apertura a otras cinematografías, una tendencia que crece
El mundo entero, por las salas porteñas
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La primera impresión suele ser descalificadora: año flojo en materia de cine. Pero a poco que se revise la nómina de títulos conocidos en 2001 el apresurado dictamen tambalea. ¿Puede desdeñarse una temporada que nos trajo "El gusto de los otros", "Con ánimo de amar", "El círculo", "La profesora de piano", "Krampack", "Una relación particular"? Difícil, aunque quizá la proporción de films recordables no haya sido tan alta como en otros años. O aunque parezca que ha faltado, por lo menos hasta donde permite ver la acotada perspectiva, la gran película que quedará como un hito en la historia del cine.
Lo importante, en todo caso, es que 2001 conservó y robusteció la saludable apertura que viene verificándose en nuestras carteleras en los últimos años. Fruto de la misma necesidad que impulsó el surgimiento y la consolidación del Festival de Cine Independiente de Buenos Aires, y a la vez consecuencia del éxito de esa muestra, se ha ido haciendo habitual en nuestras pantallas la presencia del otro cine, el que encuentra su brecha para escapar de las fórmulas impuestas por el negocio del entretenimiento, el que se atreve al riesgo y busca proporcionar al espectador algo más que la distracción momentánea o la emoción más o menos superficial, garantizadamente pasajera. Un cine que por años había tenido su espacio asegurado entre nosotros y que más tarde cedió terreno ante el abrumador avance de Hollywood.
Claro que no se trata de desdeñar el entretenimiento, por pasatista que sea, ni de creer que los films producidos fuera de los grandes estudios norteamericanos vienen con garantía de calidad, sino de encontrar una alternativa a la monotonía del cine hecho a medida y para consumo rápido, de escuchar otras voces y asomarse a otras culturas, de arriesgarse a la sorpresa.
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Gracias a esa ventana abierta de par en par a los cines del mundo en 2001 se pudo corroborar, por ejemplo, que el cine francés -puntal de la resistencia europea- marcha viento en popa impulsado por sus creadores más jóvenes y por la gallardía inclaudicable de algunos consagrados; que por lo menos la punta del iceberg que nos llega de la producción iraní (con Abbas Kiarostami y "El viento nos llevará" en el tope) mantiene esa pureza en la mirada, esa singular sabiduría para observar la vida cotidiana, buscar en ella sus significados más hondos y reflexionar sobre la naturaleza huidiza de la realidad; que en el siempre entrañable cine italiano hay tan prometedores atisbos de remozamiento como el que apuntaló el éxito de "Pan y tulipanes" aquí y el de "La habitación del hijo" en todas partes, y que siempre existe un creador oriental -en este caso, otra vez el hongkonés Wong Kar-wai, el mismo que nos dio imágenes inéditas de la Argentina en su celebrada "Felices juntos"- dispuesto a seducirnos con su sutileza, su sensibilidad plástica y su refinamiento.
También cabe anotar que esa misma apertura permitió descubrir que en varios títulos notables elaborados en Hispanoamérica coinciden juventud, autenticidad y talento. Los ejemplos fueron pocos, pero contundentes, de la conmovedora sinceridad minimalista de la uruguaya "25 watts" al feroz retrato de la violencia en Colombia que propuso "La virgen de los sicarios" a partir de la prosa atormentada de Fernando Vallejo, y del examen desenfadado del despertar sexual emprendido por el mexicano Alfonso Cuarón en "Y tu mamá también" a la conmovedora sensibilidad con que el español Cesc Gay afrontó un tema parecido en "Krampack", uno de los títulos memorables del año.
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Hay quien con la mente puesta en aquella ola francesa que sacudió el cine del mundo hace cuarenta años ha querido definir el espléndido presente del cine galo como una segunda nouvelle vague. La etiqueta quizá sea un poco forzada, porque si hay un rasgo que caracteriza la producción actual en Francia es su diversidad temática y formal, evidente en la heterogeneidad de sus aspiraciones y la variedad de sus estilos. Existe un mundo entre el aliento hitchockiano de "Harry, un amigo que te quiere bien" y la sutileza psicológica de "Bajo la arena" y otro entre la crudeza testimonial de "El pequeño ladrón" y la epopeya amorosa montada sobre las turbulencias de la historia en "Los destinos sentimentales". ¿Y cómo vincular "Bella tarea" y "Gracias por el chocolate" -ésta con la marca del maestro Chabrol- salvo por la común elección de un lenguaje que descarta lo explícito y apuesta a la inteligencia del espectador? No importa al fin si se trata de olas o de movimientos; la cuestión es que tal variedad de propuestas -con un punto descollante en "El gusto de los otros", modelo de agudeza, ingenio y lucidez- hizo el aporte más enriquecedor al año fílmico. Y dejó la promesa de otra temporada brillante, en especial porque permanecen inéditas las más recientes creaciones de los eternamente lozanos Godard, Rohmer, Rivette, Varda y el casi francés Otar Iosseliani.
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El párrafo aparte, y bien merecido, es para "Con ánimo de amar", donde Wong Kar-wai tradujo al lenguaje de las imágenes un sentimiento íntimo y antiguo rescatado de la memoria; una secreta tibieza que jamás llega a confesarse en palabras pero está en los silencios; una sensualidad expresada en el vaivén de unas cortinas que se agitan al paso de la figura femenina, en las gotas de lluvia que resbalan sobre las mejillas o en el roce fugaz de una mano que conserva el misterio de la primera caricia. Algo así como un vals tristón, embriagador y poético orquestado con maestría inusual por el cineasta oriental y atravesado a cada rato por algún bolero de esos a los que la voz de Nat King Cole confirió singular poder evocativo.
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