Un film hecho a contramano del estruendoso y veloz cine comercial actual, que construye de a retazos una trama amorosa improbable entre dos hombres en 1917
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La historia del sonido (The History of Sound, EE.UU., 2025). Dirección: Oliver Hermanus. Guion: Ben Shattuck, basado en su relato. Fotografía: Alexander Dynan. Montaje: Chris Wyatt. Música: Oliver Coates. Elenco: Paul Mescal, Josh O’Connor, Chris Cooper y Emma Canning. Duración: 129 minutos. Nuestra opinión: buena.
“Mi abuelo solía decir que la felicidad no es una historia” recuerda, cerca del comienzo, el protagonista de este film. Queda claro, entonces, que el relato que sigue no será precisamente dichoso. Su nombre es Lionel (Paul Mescal) y creció pobre en Kentucky, aunque con atributos poco comunes: “Puedo reconocer la nota de la tos de mi madre o la del ladrido de un perro en el campo”, explica. Y agrega: “El Re es amarillo; el Sí menor me deja un gusto amargo en la boca”. Por estos dones, el oído absoluto y la sinestesia -la capacidad de experimentar atributos de un sentido con otro-, tiene una facilidad natural para la música que lo lleva a recibir una beca en el Conservatorio de Nueva Inglaterra. Allí conoce a David (Josh O’Connor), un estudiante de familia adinerada, quien capta su atención cuando interpreta en el piano de un bar la misma balada tradicional que su padre solía cantarle cuando niño. El mutuo interés musicológico en la canción folk deriva, minutos más tarde, en una intensa relación sexual en un hotel cercano. Nada de esto sería especialmente notable si la fecha no fuera 1917.
La película no se concentra en la homofobia del momento o la necesidad de los dos hombres de ocultar su vínculo, sino en la menos previsible historia de amor que viven sin culpa, ni vergüenza. Y, también, en los obstáculos que la van truncando para que haya algo que contar porque, como se nos dijo, la felicidad no es una historia.
Lionel resulta el más sensible, introvertido y enamorado de los dos por eso David es quien periódicamente lo abandona. La primera vez, para marchar como soldado hacia la guerra mundial, a la que logra sobrevivir no sin secuelas. Tras su reencuentro con Lionel, le propone recorrer el país con el fin de grabar para la posteridad canciones de la tradición popular, como si fueran precursores de Alan Lomax, el etnomusicólogo cuyos registros de campo provocaron un redescubrimiento de la música folk en los sesenta.
Durante el viaje escuchamos extraordinarias “murder ballads” y otras canciones tristes, aunque la trama parece ponerse en pausa durante este interludio musical, al menos hasta que una discusión menor lleva a que David provoque la ruptura de la pareja, un acontecimiento que parece forzado para reactivar el conflicto. Esto sucede en el punto medio de la película, cuando todavía queda más de una hora de metraje. Lo que sigue se siente como una deriva de sucesos más o menos aleatorios en la vida de Lionel, que podrían encontrar un final mucho antes.
Para bien y mal, esta es una película hecha a contramano del cine actual. A pesar del título, todo está asordinado. Desde su paleta de colores desaturados, vecinos del ocre y el sepia, que connotan el pasado, hasta la relación de los dos protagonistas, hecha de silencios, pausas y sentimientos contenidos, La historia del sonido se muestra como lo opuesto a la estridencia.
Claramente, el realizador Oliver Hermanus (director de la reciente remake de Vivir, el clásico de Kurosawa) quiso evitar las explicaciones condescendientes y los subrayados, y fue en busca de la insinuación y la sutileza. En su lugar encontró también un atenuamiento de la emoción: los protagonistas revelan tan poco de sí, que nos mantienen a distancia. La película encuentra momentos de gran belleza, pero estas partes son más que el todo.
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