Los diez mandamientos: una nariz que hizo la diferencia, la misteriosa voz de Dios y la escena imposible de filmar
En 1956, Cecil B. DeMille estrenó en los cines un film que cosechó elogios, se convirtió en un éxito en las taquillas y tuvo inmediato destino de clásico
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Entre unas cortinas gigantescas, aparece la figura de un hombre de traje. Se acerca a un micrófono y mira hacia la cámara. “Damas y caballeros, jóvenes y viejos, este es un procedimiento inusual: hablarles a ustedes antes de que comience la película. Pero este es un tema inusual: la historia del nacimiento de la libertad. La historia de Moisés”. No es la voz de Dios lo primero que escuchan los espectadores: es la de Cecil B. DeMille. Está presentando el espectáculo más grande de la historia: Los diez mandamientos.
Veterano de Hollywood que dirigió más de 70 películas, DeMille conocía muy bien la industria cinematográfica. Sabía que esa introducción era inusual y podía resultar pedante, pero su cine nunca optó por la humildad. Al contrario, sus producciones eran faraónicas, gigantescas, donde en cada plano se tenía que notar hasta el último centavo de los miles de millones de dólares invertidos en producción, sets, maquillaje, utilería o actores.
En esta presentación atípica, primero advierte a la audiencia cuál es el tema de la obra: “¿Son los hombres propiedad del Estado o son almas libres de Dios?”. Luego, avisa que la película dura 3 horas con 40 minutos, pero “habrá un intermedio”. La pantalla se funde a negro para dar por finalizada la presentación. Y luego, como si fuera una ópera, se escucha el tema principal de la película. Finalmente aparece el logo de Paramount, como si la montaña de la empresa fuera el mismísimo Monte Sinaí. Aunque ya empezó con esa introducción, ahora la película está por comenzar. Recién en este momento se escucha la voz de Dios: “Hágase la luz”.
El actor que fue elegido “por una nariz”
No era la primera vez que DeMille adaptaba Los diez mandamientos para la pantalla grande. Ya lo había hecho en 1923, pero consideraba que la revolución del sonido y el color en las películas ameritaba una nueva versión. El público se renueva. Con Henry Wilcoxon, el actor y productor con el que había trabajado en películas como Cleopatra y Sansón y Dalila, empezó a diagramar la que iba a ser la producción más grande de su vida. DeMille consideraba que no había relato bíblico más grande que la historia de Moisés, así que el primer desafío era encontrar a un actor al que no le quedaran grandes las sandalias.
“¿Y ese quién es?”, le preguntó DeMille a su secretaria. Estaban en las calles de los estudios Paramount cuando pasó un joven actor manejando un convertible. Desde el auto, el muchacho le hizo un gesto de saludo al director. “Ese es un actor de Broadway, usted lo conoció hace 10 días”, le dijo la secretaria leyendo la agenda. “Pero no le gustó. Su nombre es Charlton Heston”. “Ahora sí me gusta, quiero conocerlo”, dijo el jefe.
Lo que llamó la atención de DeMille fue el perfil de Charlton Heston. Cuando el director y su productor asociado, Wilcoxon, empezaron a buscar candidatos para interpretar a Moisés, usaron una escultura italiana como referencia. “Dios mío, es Moisés”, dijo cuando comparó una foto de Heston con una de la estatua hecha por Miguel Ángel. El director hasta tenía una réplica de la escultura italiana sobre su escritorio. Sin darle ni siquiera el guion, mandó a llamar a Heston y le ofreció un papel en su próxima película.
Heston desconocía qué rol iba a interpretar, pero aceptó encantado. Sabía que podría convertirse en una estrella en una producción con la firma de DeMille. Durante las primeras entrevistas, el cineasta le mostró las maquetas, bocetos y pinturas que iban a inspirar la remake de Los diez mandamientos.
DeMille no lo recordaba, pero ya había trabajado con Heston en El espectáculo más grande del mundo. Pero esta vez la exigencia era distinta. Sobre la imagen de este actor desconocido iba a caer todo el peso de una producción enorme. Moisés era un profeta. El único que había conocido a Dios cara a cara. Heston sabía que era una figura muy importante y empezó a estudiar las Sagradas Escrituras antes de ni siquiera tener un guion.
Para dar con Ramsés, DeMille viajó en tren hasta Nueva York. Fue al teatro en Broadway. Cuando terminó la obra, El rey y yo, se acercó a uno de los actores: Yul Brynner. Y le dijo: “¿Te interesaría interpretar al hombre más poderoso del mundo en una película?”. El actor ni lo dudó.
El resto del elenco de Los diez mandamientos se conformó con algunas estrellas que ya acumulaban años de experiencia frente a cámara, y otras que eran nuevos rostros. Edward G. Robinson -quien consideró que el rol de Datán había “salvado” su carrera-, Vincent Price y John Carradine también formaron parte del elenco.
Para el papel de Nefertiti, DeMille quería a Grace Kelly, pero MGM no permitía que la actriz se fuera a trabajar para Paramount. La segunda opción era Audrey Hepburn, pero había un gran problema: Hepburn no daba la apariencia de mujer egipcia. El rol finalmente recayó sobre Anne Baxter.
El director era famoso por involucrarse en todo el proceso creativo de sus películas. Desde el diseño de los sets y el vestuario, hasta la elección de los actores más jóvenes. A una joven actriz de 15 años, le dijo antes de contratarla: “Vas a hacer el nexo entre la película y los adolescentes que estén en el público. Te ofrezco el papel si me prometés no ponerte mal si llego a gritarte durante el rodaje, y además venís todos los días a ver cómo se hace una película”. Para DeMille era importante que todos conocieran cómo se hacía “la magia” del cine, pero más importante era que todos supieran cómo trabajaba él.
Para hacer el vestuario, contrató a cinco expertos. Por un lado, quería veracidad histórica. Por el otro, quería diseños vistosos. Los diseñadores hacían bocetos y DeMille devolvía anotaciones antes de mandar a confeccionar cada prenda. Solo para Anne Baxter tardaron 5 meses en diseñar los trajes.
La voz de Dios: ¿un misterio resuelto?
Su médico personal le advirtió con mucha seriedad: “Si vas a filmar a Egipto vas a morir”. El director le respondió: “Entonces moriré filmando una película”. DeMille tenía 73 años y había sido diagnosticado con una enfermedad cardíaca cuando decidió filmar gran parte de Los diez mandamientos alejado de la comodidad de los estudios de Hollywood.
Quería filmar en Egipto: “En los mismos lugares donde el pueblo elegido estuvo”, decía. Visitó las pirámides y mandó a construir sets gigantescos, como si fueran los estudios de Paramount en otro continente. El campamento era enorme, parecía un despliegue militar para albergar a cientos de actores, técnicos, animales y vehículos.
Durante el rodaje, DeMille tuvo un ataque al corazón, pero lo mantuvo en secreto. No quería que nadie se enterara porque sabía que si Paramount conocía su situación personal, podía cancelar el proyecto o, peor aún para él, darle el trabajo de dirección a otra persona.
La producción era tan grande, que cuando filmaron la escena del éxodo, DeMille tenía que disparar un revólver para hacerse escuchar. Había más de 800 extras, ciudadanos de El Cairo, que susurraban “¡Moisés!” cada vez que veían a Heston llegar al rodaje totalmente vestido como el personaje.
El Monte Sinaí era el clímax. Para llegar al Monte Sinaí había que viajar tres días. DeMille lo escaló antes de filmar, acompañado por un equipo pequeño. Montaron campamento, cenaron bajo las estrellas y entrevistaron al abad del monasterio como si estuvieran preparando, ellos también, una especie de éxodo.
Heston tuvo dos ideas cuando visitaron el monasterio. La primera: Moisés iba a descender del monte descalzo, porque un hombre que había conocido a Dios “no se detendría para preocuparse por algo como el calzado”. La segunda: él mismo podía ponerle voz a Dios.
Aunque el abad del monasterio aprobó ambas ideas, DeMille no compartió la segunda propuesta. “Ya tenés el rol de Moisés, ¿todavía querés más?”. La voz de Dios, finalmente, se mantuvo como una incógnita. En los créditos de la película figuraba un signo de interrogación. El actor que puso la voz permaneció en el anonimato, aunque según Heston, el trabajo lo hizo un tal Donald Hayne.
Heston confesó que filmar la orgía bajo el Monte Sinaí fue un desafío. “No podían filmar desnudos, y tuvieron que fingir estar de fiesta durante más de 3 días de rodaje. La broma que hacían los actores, exhaustos, era: ‘¿A quién hay que coger para salir de esta película?’“.
Filmaron la orgía en un set. Cuando DeMille retó a dos chicas que hacían de extras, porque estaban hablando mientras él daba indicaciones, les pidió que dijeran para todos los presentes cuál era el motivo de la charla. “Le preguntaba a mi compañera cuándo nos va a dejar parar para almorzar ese viejo pelado hijo de puta”, contestó una de las mujeres. Todos los actores rieron, y el director, en complicidad, dijo: “Hora del almuerzo”.
El único Oscar que ganó la película
Aunque Los diez mandamientos tuvo 7 nominaciones a los premios de la Academia, incluyendo mejor película, solo ganó una estatuilla dorada: mejores efectos visuales. La producción combinó efectos hechos durante el rodaje con otros que se hicieron en posproducción.
Por ejemplo, para las plagas que azotaron Egipto, usaron distintos trucos frente a cámara: el granizo, en realidad, era pochoclo. Las aguas que se transforman en sangre se lograron con trucos de cavidades especiales y colorantes. Para la plaga de sapos, el departamento de utilería hizo cientos de sapitos de goma. Para el hijo muerto de Ramsés usaron un muñeco de cera.
Sin embargo, el mayor desafío durante los 14 meses de postproducción fue la división del Mar Rojo. John Foulton tuvo una idea que no era necesariamente innovadora: reutilizar la técnica de la versión de 1923. Dejaron caer cantidades enormes de agua en los tanques de Paramount, y luego usaron ese material filmado, pero en retroceso. De esa manera, parecía que las aguas “se abrían” ante los actores.
El estreno de una producción inmensa
La música fue el último eslabón. Victor Young, el compositor que trabajaba siempre con DeMille, estaba muy enfermo. El director decidió contratar, por una semana, a Elmer Bernstein, para hacer música incidental. “DeMille era un perfeccionista y no era sencillo trabajar con él, porque exigía perfección”, reveló Bernstein. Casi 30% de la música de Bernstein fue reescrita a pedido de DeMille, que hacía sugerencias tan extrañas como que “si la música se acelera, entonces el público mira más rápido cada escena”. Finalmente, el director decidió extender el contrato de trabajo para Bernstein, no sin antes preguntar: “¿Vas a poder soportarme seis meses más?”.
“El público es el mejor crítico”, solía repetir DeMille. “Si la audiencia de Utah disfruta la película, va a funcionar en todo el mundo”. La premiere fue en Nueva York y la reacción de la audiencia fue muy positiva. Aunque el director fue crítico con la actuación del protagonista: “En general es impresionante, muchas veces es buena, pero a menudo no era lo que necesitaba”, dijo sobre el trabajo de Heston.
Aunque la crítica no solía ser benévola con las películas de DeMille, Los diez mandamientos tuvo una buena recepción entre los especialistas. Pero el director atesoraba sobre todo el desempeño en la taquilla: la película se convirtió en una de las más taquilleras de la historia hasta ese momento. A DeMille empezaron a llegarle elogios y cartas desde todo el mundo. Pero la que más atesoró no venía de nadie importante. Decía, simplemente: “Esta película hizo que Dios fuera real para mí”.
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