Los olvidados: duró cuatro días en cartel, causó indignación en México y tuvo varias escenas censuradas
La película de Luis Buñuel que se filmó en 21 días fue repudiada cuando se estrenó, pero luego se convirtió en una producción que cambió la historia del cine mexicano
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En su estreno duró cuatro días en cartel. Indignó a intelectuales y artistas. Tuvo muchas escenas censuradas por su productor y causó estupor incluso en su equipo técnico. “Pero ¿por qué no hace usted una verdadera película mexicana, en lugar de una película miserable como esta?”, dijo uno. “Si llego a estar en México en esos días, usted no habría hecho esa película”, le espetó en la cara -al cruzarlo en el corredor de los estudios- el gran astro del cine mexicano Jorge Negrete. Él había sido, junto a la enorme Libertad Lamarque, el protagonista de Gran Casino, el primer film en México rodado por Luis Buñuel. Fue un fracaso. Todo parecía indicar que Los olvidados, seguiría una senda de desprestigio. Es hoy un enorme film de culto y una de las películas más importantes de todos los tiempos, nombrada Memoria del Mundo por la Unesco. El “Buñuel mexicano” que exhibió el 28º Festival Internacional de Cine de Punta del Este hace apenas una semana permitió reencontrarla junto a otros enormes clásicos del realizador como Viridiana o El ángel exterminador. Asomarse a la etapa mexicana de Buñuel en México es conocer una de enorme creatividad para el director, pero que además cambiaría el rostro del cine azteca para siempre.
Tan sólo 21 días tomó a Buñuel concluir su rodaje desde el inicio en los Estudios Tepeyac y en locaciones de la ciudad de México, donde recorre los suburbios para mostrar a los marginales y la extrema pobreza de los barrios humildes buscando conseguir una obra cumbre del realismo social: “Durante tres años que estuve sin trabajar, pude recorrer de un extremo a otro la ciudad de México y la miseria de muchos de sus habitantes me impresionó. Decidí centrar Los olvidados sobre la vida de los niños abandonados y para documentarme consulté pacientemente los archivos de un reformatorio. Esto es, mi película se basó en hechos reales”, declaraba el realizador que caminaba con ropas ajadas por esas calles perdidas para tener testimonio directo de la marginalidad. En primer término tenía un guion titulado ¡Mi huerfanito jefe!, pero que sería reelaborado a petición del productor Óscar Dancigers, con quien pactó aceptar el encargo de El gran calavera y convertirlo en un producto a la medida de su mítico protagonista, Fernando Soler, a cambio de una mayor libertad creativa para la siguiente película que sería Los olvidados. Si bien, El gran calavera fue un enorme éxito, las cosas no saldrían exactamente como Buñuel pensaba.
El 6 de febrero de 1950 dio inicio el rodaje de la película y de los grandes estudios las cámaras salieron por la avenida San Juan de Letrán, la Escuela-Granja de Tlalpan, el paseo de la Reforma y plaza de Romita, entre otras locaciones. Además de actores profesionales, Buñuel centró su búsqueda entre 200 chicos de los cuales seleccionó a algunos de “los olvidados” que acompañarían a Roberto Cobo, hijo de una familia de actores que tuvo su consagración como El Jaibo: “No por su vestuario y su caracterización. Era un joven flaco, ni guapo ni feo, con un copete a la moda popular...”, como anota Emilio García Riera sobre este personaje que en la historia escapa de una cárcel juvenil para reunirse con su pandilla de la calle y que, buscando vengar su destino, va a tener en Pedro a un cómplice y luego a un alter-ego, y que será encarnado por Alfonso Mejía, que con quince años se presentó al casting de la productora Ultramar Films y fue elegido por Buñuel, convirtiéndose en un astro del cine mexicano hasta su muerte en los días finales de 2021.

Con un rodaje rápido y un montaje relativamente sencillo, Los olvidados tuvo un complejo proceso de construcción del guion: Luis Alcoriza, comenzó a escribirlo con Buñuel, pero tenía otro proyecto por lo cual no podía acompañarlo hasta el final y es entonces cuando Juan Larrea y Max Aub colaboran en su escritura y luego Pedro de Urdimalas, pseudónimo de Jesús Camacho, traslada el guion al habla popular mexicana, pero se niega a que su nombre sea incluido en los créditos finales. El guion técnico final constaba de 375 planos, algunos serán suprimidos en el montaje final y otros porque Buñuel consigue una grúa, en la jerga cinematográfica llamada dolly, que le permite compactar muchas tomas con el uso del plano-secuencia que el gran director de fotografía Gabriel Figueroa sintetiza de una manera admirable. Fue la primera labor conjunta de siete películas, Él (1952-53), Nazarín (1958), Los ambiciosos (1959), La joven (1960), El ángel exterminador (1962) y Simón del desierto (1965), en las que el director de fotografía adaptó su estilo al del realizador y le brindó una enorme ayuda luego de la primera toma, hecha con el dolly que pasaba por unos gallineros y que Figueroa calificó ante la requisitoria de Buñuel como “mala” en todo sentido: “Está usted cortando por debajo de las rodillas”, le dijo. “A mí me gusta ver moverse las rodillas”, respondió el español a lo que Figueroa sintetizó: “A usted, pero al público le gusta ver la cara de los actores”. Hicieron una apuesta de que esa toma no existiría, Buñuel quiso ganarla con un cuadro de Van Dyck. La apuesta nunca nadie la pagó, pero la escena no se incluyó en la película, la amistad inalterable nació entonces y además tuvo una confesión del realizador: “Yo no tengo sentido de la distancia; dígamela usted y yo la corrijo, pero usted me tiene que marcar cuando esté fuera del sentido de la distancia”.

Con todo, no fue el mayor de los pesares porque el productor Dancigers obligó a filmar un final alternativo, menos sombrío que el original y más edificante temiendo problemas con la censura. Además quitar de las escenas todo lo que tuviera reminiscencias alegóricas, simbólicas o surrealistas. “Por ejemplo, cuando Jaibo va a luchar contra el otro niño y matarlo, en el movimiento de cámara se ve a lo lejos el esqueleto de un gran inmueble de once pisos en construcción y hubiese querido meter allí una orquesta con cien músicos. Se hubiera visto muy de paso, de manera confusa. Quería meter muchos elementos de este tipo, pero me lo prohibieron formalmente”, confesaba Buñuel a André Bazin y Jacques Doniol-Valcroze. El final alternativo estuvo perdido hasta 2002 cuando la Filmoteca de la UNAM anunció su hallazgo, se digitalizó y se presentó al público.
El rodaje de Los olvidados finalizó el 9 de Marzo de 1950, tuvo menos de una semana de montaje y todo estuvo listo para una función privada de alrededor veinte espectadores entre los que se contaban David Alfaro Siqueiros; el poeta español León Felipe con su mujer mexicana Berta Gamboa y Lupe Martín, la esposa del pintor Diego Rivera: “Lupe se mostraba altiva y desdeñosa, sin decirme una sola palabra, otra mujer, Berta, casada con el poeta español, se precipitó sobre mí, loca de indignación, con las uñas tendidas hacia mi cara, gritando que yo acababa de cometer una infamia, un horror contra México”, recordaba Buñuel en sus memorias El último suspiro. Allí se cita la felicitación de Siqueiros, que se había mostrado encantado con la película, pero no lo que le dijo: “Muy bien Buñuel. Deje usted a las viejas decir lo que quieran y siga usted haciendo cine”, le manifestó.

A su estreno, el 9 de noviembre, la crítica mexicana la destrozó y no le fue mejor en París, adonde el cineasta viajó a fines de ese mismo año y un apesadumbrado Georges Sadoul le señalaba el veto del Partido Comunista, y por ende de buena parte de la intelectualidad francesa, por tratarse de una “película burguesa”. Allí tuvo otro poderoso enemigo, el escritor mexicano Jaime Torres Bodet que era director general de la Unesco en París y luego sería embajador en Francia, que consideraba que la película “deshonraba a su país”.
Todo cambiaría con dos miradas entusiastas, la primera del gran director soviético Vsevolod Pudovkin en el diario Pravda, quien escribió un elogioso comentario sobre Los olvidados que significó el fin del veto del comunismo francés. La segunda por parte del Festival de Cannes, que la incluyó en su sección oficial, tuvo enorme éxito y grandes críticas y el premio a la Mejor dirección. Allí estaba también comisionado por la embajada mexicana en París su primer secretario, Octavio Paz, para promover Doña Diabla de Tito Davison, protagonizada por María Félix, dado que el gobierno del presidente Miguel Alemán consideraba a Buñuel “persona non grata”, gracias a Los olvidados. Octavio Paz defendió a la película incluso entregando un artículo de su autoría en la puerta de la sala donde se exhibía: “Pedro, El Jaibo y sus compañeros nos revelan así la naturaleza última del hombre, que quizás consista en una permanente y constante orfandad”, escribía. En diciembre, luego de su triunfo en Cannes, Cahiers du Cinéma publicó un número dedicado a Buñuel. Ante el impacto, Los olvidados regresó a los cines mexicanos, estuvo dos meses en cartel y luego ganó 11 premios Ariel de la Academia mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas incluyendo Mejor Película y Mejor Director. La película sin final feliz tenía así su verdadero final feliz. Luis Buñuel cobró por el guion y la dirección de Los olvidados dos mil dólares. Jamás recibió regalías de recaudación cuando la película que cambio la historia del cine mexicano se convirtió en un éxito mundial.
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