
"Nuestra vida es como un sueño de Dios"
La artista alemana abrirá el Festival de Cine de Mar del Plata con su espectáculo Mi vida (una biografía musical)
1 minuto de lectura'
PARIS.- La fotografía de un Buda que mira desde lo alto de la gran sala irradia su calma zen a toda la casa. Hanna Schygulla transmite la misma serenidad. En el pozo de su inconsciente quedaron alojados todos esos personajes de mujeres ardorosas, histéricas, egoístas, desoladas, pasionales y desesperadas que retrató magistralmente Rainer Werner Fassbinder en películas como El matrimonio de María Braun , Las lágrimas amargas de Petra von Kant y La vida íntima de Lili Marleen .
En la superficie, la transparencia de su mirada, la sonrisa plácida y cierto andar etéreo contrastan con la imagen de fémina implacable que el cine construyó con ella. El caserón parisiense donde vive y recibe a LA NACION conserva el silencio de un monasterio budista, a pesar de que se ubica a metros de la arteria principal que desemboca en la Opera de la Bastille y recorre todo el Marais, uno de los barrios más elegantes de la capital francesa.
Pero a Schygulla casi todo lo que le interesa está dentro de este refugio antiguo y espacioso de dos plantas, salvo cuando tiene que subirse a un escenario o trabajar en un set de filmación: hace poco, viajó a Turquía para trabajar en la última película del celebrado director Fatih Akin.
El 8 de marzo próximo, la reconocida actriz que fuera musa de Fassbinder y de una decena de célebres directores europeos como Jean Luc Godard, Marco Ferreri, Wim Wenders, Carlos Saura o Andrzej Wadja, llevará a la Argentina su último espectáculo, Mi vida (una biografía musical) , que abrirá oficialmente la nueva edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, y le permitirá presentarse ante el público porteño dos días después, el 10 de marzo, en el teatro Coliseo.
El musical, compuesto por un repertorio de canciones populares que le permiten a Schygulla despuntar su atemporal histrionismo como cantante, nació en 2005, fruto de una experiencia en el MOMA de Nueva York, al que fue invitada para participar de una retrospectiva de sus films. "Me dijeron que podía hacer lo que quisiera, así que pensé en contar episodios de mi vida, pero acompañados con la música que me fue marcando todos estos años -cuenta-. Era como una performance de unos 20 minutos, en la que intercalaba anécdotas, textos y fragmentos de temas que me habían acompañado todos estos años, desde la infancia, pasando por la adolescencia, la rebelde juventud y la etapa de la madurez", relata la artista alemana, que reside hace más de veinte años en París.
Fassbinder, el único
Tal fue el germen de este unipersonal, dirigido por la cubana Alicia Bustamante, donde Hanna Shygulla se pasea por autores y compositores tan disímiles como Bob Dylan, Bertolt Brecht, Miguel Matamoros, Astor Piazzolla, Kurt Weill, Edith Piaf y George Gershwin, entre muchos otros. De alguna manera, todos forman parte de la banda de sonido de su propia vida. "En el espectáculo están esas canciones que me hicieron soñar, que me impulsaron a seguir en algún momento, que me hicieron creer en la posibilidad de una vida nueva", dice Hanna, que en su musical repasa instantáneas de su historia personal y artística.
-Cuando conoció a Fassbinder, su vida cambió. ¿Cómo fue ese primer encuentro?
-Nos conocimos en la escuela de arte dramático, pero yo no seguí en ella y él me buscó hasta encontrarme. Para mí era un hombre inquietante. Había algo muy antinómico en nosotros, pero a la vez eso nos permitía constituirnos como una unidad. Era muy instintivo, porque desde el primer momento me dijo que nuestra relación en el cine podía funcionar. Yo no le creía, pero tenía razón. No me volvió a pasar lo mismo con ningún director, salvo con Marco Ferreri [su participación en el film del italiano La historia de Piera le ganó en 1983 un premio en el Festival de Cannes].
-¿Y fue la rebeldía de la juventud lo que la motivó a fundar Anfiteatro con Fassbinder o fue el contexto social alemán en los 60?
-Yo me siento una hija de la revolución del 68, pero también soy parte de esa generación que vio cómo, tras el nazismo y ese fracaso cultural y moral, la sociedad alemana se entregó al materialismo del dinero para no revisar su pasado, para olvidar. Nosotros, en cambio, nos preguntábamos cómo con nuestra historia y cultura se pudo engendrar ese reino mortal del nazismo. Por eso volvíamos a mirar nuestro pasado encarnado en Brecht, en sus textos de libertad y en su conciencia de la solidaridad. Nosotros queríamos otro mundo, no ese lugar que inventó el capitalismo de opresores y oprimidos.
De Hagen a Stockhausen
Con un café de por medio, acompañado por exquisitas pâtisseries, Schygulla hilvana recuerdos donde aparecen sus años de juventud cuando buscaba su destino en París como cuidadora de niños cama adentro y, como otras chicas de su edad, escuchaba a los Rolling Stones, Pink Floyd y Bob Dylan. Esas imágenes se entremezclan caprichosamente durante la charla con los sonidos del cabaret alemán de entreguerras que Hanna había escuchado en la radio, así como su cercanía con dos niñas gitanas que le enseñaron su música y forma de vida trashumante.
"El haber nacido en un lugar de frontera entre dos países como Alemania y Polonia siempre me marcó una senda distinta, como andar por otro camino que me permitió adaptarme. De chica me decían «refugiada», pero no lo viví como algo trágico, sino como una forma de estar en un lugar distinto a los otros. Tengo ganas de escribir un libro que en alemán se titularía algo así como La oruga , por todas las transformaciones que viví", cuenta la actriz nacida en Kattowicz [ahora Katowice], cuya versatilidad le permitió crear espectáculos donde convivieran desde Nina Hagen hasta Karlheinz Stockhausen.
Esa mirada cándida sobre los años de juventud le permite volver a ver las contradicciones existentes entre la inocencia y los momentos de nihilismo en la pubertad. "Todavía recuerdo cómo era en esa época en que uno tiene una visión muy radical de la vida, que empieza a descreer de todo. Por esa época me shockeó mucho la muerte de una compañera de clase y había perdido la fe. Pensaba: «La vida no tiene sentido»".
-¿Y qué piensa ahora?
-Que me alcanza con el sol para ser feliz, desparramarme frente a él y nada más.
-Así que empezó a creer
-Siempre digo que en la vida es más beneficioso creer que no creer. Nadie sabe la verdad sobre esta vida ni para qué estamos. Yo pienso que la divinidad se revela en nosotros a través del amor. En eso soy cristiana, aunque no creo en la Iglesia como institución.
-Pero la gente suele decir que hay que ver para creer...
-¿Y por qué no decir que hay que creer para ver? La tarea del arte también es ésa: la de revelar lo invisible, lo que la sociedad no ve, avivar esa llama sagrada que el materialismo apaga apenas nacemos.
-En su vida hay un capítulo latino importante: ¿cómo se escribió esa historia?
-No creo que haya sido el azar, sino el destino. Viajé a Cuba para filmar una película con guión de Gabriel García Márquez llamado Me alquilo para soñar . Allí conocí a Alicia Bustamante [la directora de su espectáculo], que me acompaña hasta ahora y aprendí a hablar castellano. En ese mismo viaje, alguien me acercó un libro de Jorge Luis Borges y quedé impactada por el misterio de sus textos y esa vieja idea de que, aun despiertos, estamos soñando. Es la vieja pregunta: "¿La vida es sueño?". En el cuento de Borges que más me gusta, Las ruinas circulares , un hombre se duerme para soñar a otro hombre y en realidad resulta que es ese otro hombre quien lo sueña a él. Eso me hace pensar que nuestra vida es como un gran sueño de Dios.




