
Oscura fascinación
La perturbadora relación de una niña con un refugiado nazi en Bariloche, eje de Wakolda, el nuevo film de Lucía Puenzo
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Se sabe que la Argentina fue durante años refugio para algunos jerarcas nazis. Uno de ellos fue el famoso "ángel de la muerte" de Auschwitz, Josef Mengele, quien vivió un buen tiempo en la Patagonia hasta que, en 1961, el Mossad capturó a Adolf Eichmann y lo puso en alerta. Mengele huyó (vivió en Paraguay y Brasil, nunca fue detenido), pero dejó huellas de su paso por el país. Las suficientes como para que Lucía Puenzo urdiera una inquietante ficción para su nuevo film, Wakolda , coproducido con capitales argentinos, españoles, franceses y noruegos, sobre el médico alemán que llevó a cabo siniestros experimentos con detenidos en aquel campo de concentración polaco.
"Mengele era un fanático que veía el mundo como si fuera un gran laboratorio, un zoológico. Y que lo diseccionaba todo en razas y especies con un alto grado de perversión", cuenta la directora, autora también de la novela en la que está basada la película, que antes de estrenarse el jueves próximo en la Argentina, ya hizo un notable recorrido internacional.
Wakolda se vio en Cannes, Lima, San Petersburgo, Tokio, Sarajevo y Montreal, y ahora la esperan el Festival de San Sebastián y su estreno en más de quince países de acá a fin de año. Además, la película recibió calurosos elogios de medios como El País, de España; The New York Times y la revista francesa Les Inrockuptibles.
"En la película, la historia se cuenta a través de los ojos de la niña, mientras que la novela está repleta de marcas de esa disección constante que hace Mengele. Es un viraje fuerte en cuanto al punto de vista", aclara Puenzo, elegida en 2010 por la prestigiosa revista literaria inglesa Granta una de los veinte mejores escritores en idioma español de menos de 35 años.
La niña de la que habla Puenzo es Florencia Bado, quien llevó a cabo en la película un notable trabajo, rodeada de un elenco de actores mucho más experimentados: Diego Peretti, Natalia Oreiro, Elena Roger, Guillermo Pfenning, Ana Pauls y el español Alex Brendemühl, de inquietante parecido físico con Mengele. "Busqué durante ocho meses a la nena con la colaboración muy importante de María Laura Berch –revela Puenzo–. Tenía apenas 11 años cuando filmamos. La encontramos a la salida de su escuela. Nunca había tomado ni siquiera una clase de teatro. El de Wakolda fue su primer casting. Flor es superinteligente y se puso la película al hombro."
–¿Y cómo decidiste el resto del elenco?
–A Brendemühl lo había visto en Las horas del día, la película de Jaime Rosales, un director español que me gusta mucho, y también en Rabia, una adaptación de la novela de Sergio (Bizzio) que se filmó dos años atrás en España. Me gusta esa mezcla de registros que maneja Alex: puede ser seductor, suave, amenazante, gélido y encantador. El Mengele que compone es complejo, le escapa al estereotipo. Además, es perturbadoramente parecido a Mengele. Y maneja muy bien el alemán, incluso el acento del Sur que tenía el propio Mengele. Después armé un elenco con actores que me gustaban. Con Diego ya habíamos filmado un corto juntos, y lo que me gusta de él es que cuando le dice que sí a un proyecto, se mete de cabeza y es un aliado. Natalia fue una sorpresa. Necesitaba una actriz que hablara alemán. Viendo el material bruto de Infancia clandestina, la película de Benjamín Ávila que produjo mi papá, me impresionó su trabajo. Hizo un laburo de gran hondura. Le propuse hablar alemán por fonética y en dos meses se preparó e hizo una prueba impecable. Es una laburante, se arremanga, y eso siempre sirve. Elena Roger también aprendió alemán y hebreo por fonética. Y lo hizo mientras hacía Evita. Los tres son apasionados cuando se meten en un proyecto.
–¿Qué te interesaba particularmente de la temática del nazismo en la Argentina?
–Siempre me resultó la cima de la omnipotencia que el nazismo creyera que podía modelar genéticamente a una nación entera. Me resulta también paradójico que un médico fanático y con tanta alergia por las razas mestizas terminara ocultándose en un continente mestizo como es el nuestro, en el que nadie tiene la pureza racial que él buscaba. Desde que empecé a escribir la novela tuve en claro que no me interesaba para nada el estereotipo. Creo que esta gente era tan peligrosa justamente porque fuera de los campos de concentración lograba camuflarse muy bien. No es casual que cuando encontraron a Priebke en Bariloche, mucha gente haya dicho: "Yo pensé que era un viejito adorable". Estereotipar a estos personajes implica no entender su perversidad. Se sabe que Mengele adoraba la música clásica, que leía mucho, que hablaba varios idiomas, que era un tipo seductor. Eso es más inquietante que calzarle el traje de malo.
–La película se mete con un tema espinoso, el de la relación erótica entre un adulto y una menor. Pensé en algún momento en Muerte en Venecia, de Luchino Visconti.
–Está buenísimo que menciones esa película. Es una referencia que no se ha comentado mucho, pero efectivamente estaba en mi cabeza. Como está Teorema, de Pasolini. En la novela, el vínculo entre Mengele y la protagonista es más jugado, una relación erótica que se deja entrever con mayor claridad. La literatura permite cosas que el cine tiene vedadas porque, junto con la imagen, los personajes tienen un cuerpo. No me interesa perturbar al espectador con un golpe de efecto. Sobre todo después de encontrar a la actriz que iba a interpretarla, que es muy bella y magnética. Hay casos como el de La cinta blanca, de Michael Haneke, donde se avanza más en ese sentido, pero ahí eso tiene una justificación que acá no había. Ya tenía un jerarca nazi que experimenta con niños; si además hubiera cruzado esa línea… No quería generar ningún morbo por ese lado. No hacía falta que fuera pedófilo para delinear su carácter.
–Como es sabido, Mengele logró huir de la Patagonia. En la película, establece con Lilith una relación muy fuerte, pero no sabemos cómo repercutirá eso en el futuro de la niña cuando él ya no forme parte de su vida. ¿Qué imaginás?
–En el final de la novela, la protagonista encuentra esas libretas de Mengele que son tan protagónicas en la película y lee una frase: "El amor es un acto que no puede realizarse sin un cómplice". Y piensa que con el tiempo se va a dar cuenta hasta qué punto ella fue cómplice en esa relación. No te diría más que eso, a mí me tranquiliza saber que él se fue de su vida. Pero seguramente dejó alguna marca.
–En tus películas anteriores, XXY y El niño pez, había componentes bastante siniestros. ¿Por qué te interesa tocar esa cuerda?
–Siempre estuvieron esos componentes en lo que escribo, es verdad. No los busco, aparecen. Y casi siempre tienen que ver con pulsiones sexuales. Creo que la gente se levanta y sale de su casa básicamente por una pulsión sexual. Me cuesta no pensar las cosas desde ese lugar, aun cuando se trate de personajes que están descubriendo ese mundo, como en el caso de esta niña. Ya de chica me gustaban los cuentos de terror, la ciencia ficción, los cruces de umbral, la idea de recorrer caminos por primera vez.
–Ya llevaste dos novelas tuyas al cine, El niño pez y Wakolda. Ahora estás escribiendo una nueva, Los invisibles. ¿También vas a terminar filmándola?
–Te diría que no. Me prometí que Wakolda era la última. Aunque cuando terminé El niño pez, me había prometido lo mismo.
"Crecí en los rodajes"
Lucía Puenzo ya prepara una nueva película. Esta vez trabajará codo a codo con su pareja, el escritor y cineasta Sergio Bizzio, en una historia muy particular que se rodará en Antioquía, Colombia, a fines de 2014. "Es una región con una sociedad muy endogámica, y en esta ficción ocurre que una parte de la población sufre una enfermedad similar al mal de Alzheimer y otra parte se dedica a cuidar a esos enfermos. Es una historia sobre la memoria y la genética."
Para Lucía, el trabajo con la familia es algo natural. Sus hermanos Nicolás y Sebastián formaron parte del equipo de filmación de Wakolda, y ella fue la productora de Bomba, la última película de Bizzio. "Crecí en los rodajes de mi viejo [Luis Puenzo]. La historia oficial se filmó en mi casa, y mis tres hermanos y yo no queríamos ir al colegio, queríamos quedarnos todo el tiempo ahí porque era como estar en un parque de diversiones. Siempre fuimos medio gitanos, nos íbamos todos a instalarnos en donde mi papá trabajaba y lo pasábamos muy bien. Tengo muy incorporado estar en rodajes y verlos como un lugar de disfrute y juego. No es casual que mis hermanos y yo nos dediquemos al cine."



