
Por la memoria y la justicia
"18-J" (Idem, Argentina/2004, color; hablada en castellano). Dirección: Adrián Caetano, Daniel Burman, Lucía Cedrón, Alberto Lecchi, Juan Bautista Stagnaro, Marcelo Schapces, Mauricio Wainrot, Adrián Suar, Alejandro Doria y Carlos Sorín. Con Federico Barga, Adriana Aizenberg, Norman Erlich, Silvia Gallegos, Marina Vilte, Nazareno Casero, Carmen Vallejo, Max Berliner, Silvia Kutica, Laura Cucchetti, Leandro Tolosa, Leo Bossio, Susú Pecoraro y otros. Guión: Roberto Gispert e Israel Adrián Caetano; Vicki Galardi y Lucía Cedrón; Santiago Giralt; Paula Romero Levit y Pablo Fidalgo; Carlos Gallardo y Mauricio Wainrot; Josefina Trotta, Sebastián Noejovich, Lucía Victoria Roux, Damián Fraticelli, María Laura Meradi, Mariano Vera y Francisco Sánchez Azcárate; Aída Bortnik y Alejandro Doria. Fotografía: Julián Apezteguía, Alejandro Giuliani, José Luis García, Hugo Colace, Andrés Mazzon, José Guerra, Abel Peñalba, Miguel Abal y Willi Behnisch. Idea original y producción: Pablo Doudchitsky. Presenta Distribution Company. 107 minutos. Apta para todo público.
"Sin memoria es imposible construir el futuro", se dice en el prólogo de "18-J". Se trata de una obra singular tanto por la propuesta que le dio origen y por el fin solidario que le han conferido todas las empresas e instituciones vinculadas con su realización y divulgación, como por la nobleza del doble propósito que la anima: por un lado, rendir homenaje a las víctimas del atentado contra la AMIA, y por otro aprovechar el poder movilizador del cine para avivar la memoria y reclamar la reactivación del zigzagueante y tortuoso proceso judicial para que se conozca finalmente la verdad.
Es por todo ello, por la libertad con que cada uno de los realizadores convocados abordaron el tema y por su consecuente estructura episódica, un producto único, difícilmente clasificable. La diversidad de miradas, que vuelve atractivo el film y justifica la expectativa creada en torno de él, trae consigo también su debilidad más previsible: ese desequilibrio propio de las películas en episodios que se verifica aun en obras debidas a un autor único. "18-J" no escapa a la regla y en algún caso la acentúa con algún inesperado cambio de lenguaje.
En el comienzo, tras la breve reseña introductoria puesta en la voz de Norma Aleandro, Adrián Caetano reconstruye los momentos previos al estallido y la explosión misma en la imagen de objetos captados con pulcro detallismo y en cámara muy lenta, una elección que trae cierto eco del cine publicitario. Daniel Burman prefiere un acercamiento documental sencillo y sentido: su recorrido por las calles del Once ofrece pinceladas sobre las transformaciones sufridas en el barrio desde el atentado, para concluir con el cumpleaños sin fiesta de un chico nacido el 18 de julio de 1994. Después, con la colaboración de Adriana Aizenberg y Norman Erlich, Lucía Cedrón pone emoción sin golpes bajos en la historia del matrimonio que el día del atentado se prepara para el viaje que los llevará a conocer a su nieto y volver a ver a su hija, instalada en Israel desde los años de la dictadura.
Una tragedia de todos
Con una escueta anécdota ambientada en Jujuy y sin recurrir a discursos, Alberto Lecchi recuerda lo que no siempre se tiene presente: que la tragedia nos afectó y nos compromete a todos, bastante más allá de un barrio y una comunidad. Juan Bautista Stagnaro apunta al ambiente estudiantil y en él a un chico que debe rendir examen de literatura para vincular bastante forzadamente los versos del Dante con el infierno del atentado. El sentimiento de culpa es objeto de la atención de Marcelo Schapces en "La ira de Dios", en torno de un muchacho de 13 años cuyas dudas religiosas generan un serio conflicto familiar: el sobrado oficio del elenco -Carmen Vallejo, Kutica, Berliner- compensa en parte este esbozo dramático en el que no faltan los clisés.
Más allá de sus valores estéticos, el sombrío y hermético episodio concebido por Mauricio Wainrot -"Lacrimosa", una coreografía suya sobre música de Dmitry Yanov-Yanovsky- impone un brusco cambio de lenguaje y aparece casi como un OVNI entre el episodio anterior y el que lo sigue, un anécdota familiar en torno de la ceremonia de circuncisión de un recién nacido que Adrián Suar dirige con desenvoltura y sin descuidar el efecto melodramático.
Los dos episodios colocados al final son bien opuestos. Alejandro Doria prefiere apoyarse en las palabras (puestas en boca de la siempre expresiva Susú Pecoraro) para evocar la tragedia, sembrar unos cuantos interrogantes y denunciar las abundantes irregularidades que han impedido hasta ahora el esclarecimiento de los hechos y el castigo de los culpables. Ninguna palabra utiliza en cambio Carlos Sorín, que pone un cierre de intensa emoción al film mediante el simple recurso de traer hacia el primer plano los retratos de cada una de las ochenta y cinco víctimas mortales. La sucesión de fotos con el fondo de un aria de la ópera "Rinaldo", de Haendel -"Lascia ch´io pianga la mia cruda sorte"-, recoge el sentimiento que los sucesivos episodios del film han ido generando en la platea y le confieren su mejor elocuencia al descubrir el rostro humano de la tragedia.
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